REVELACIONES PARA ESTOS TIEMPOS

Libro “La Victoriosa Reina del Mundo” por Ediciones Xaverianas, S.A. de C.V. – Ave. Juan Palomar y Arias 694 – Prados Providencia – A.P.1/133-44100 Guadalajara, Jal. (MÉXICO). SOR MARÍA NATALIA MAGDOLNA

 

 

LA VICTORIOSA

REINA DEL MUNDO

 

INTRODUCCIÓN

Sor María Natalia de las Hermanas de santa Ma. Magdalena nació en 1901 cerca de Pozsony, en la actual Eslovaquia. Sus padres eran artesanos de origen alemán. De joven aprendió el húngaro y el alemán, y más tarde el francés. Recibió los mensajes en húngaro. Su vida está llena de acontecimientos históricos y políticos ya que vivió casi todo este siglo. Murió el 24 de abril de 1992, en olor de santidad.

Desde temprana edad percibió claramente su vocación religiosa y a los diecisiete años entró al convento de Pozsony. A los treinta y tres, sus superioras la enviaron a Bélgica de donde volvió al poco tiempo porque se enfermó y la regresaron a Hungría, su patria, donde vivió en los conventos de Budapest y Keeskemet.

En Hungría empezó a tener locuciones interiores y visiones sobre el destino de Hungría y del mundo, aunque ya de niña había tenido fuertes experiencias místicas. Estos mensajes son un llamado a la reparación de los pecados, a la enmienda y a la devoción al Corazón Inmaculado de María como la Victoriosa Reina del Mundo. La mayoría de estos mensajes los escribió entre los años 1939 y 1943.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Sor Natalia aconsejó al Papa Pío XII que no fuera a Castelgandolfo, su residencia de verano, porque sería bombardeada, como de hecho lo fue.

Sor Natalia tuvo que transmitir unos mensajes muy duros a la jerarquía católica de Hungría: que repartieran sus riquezas a los pobres, que dejaran sus palacios y que comenzaran a hacer penitencia. Para muchos este llamado no sólo era una locura sino un absurdo. Sólo unos cuantos hicieron caso al llamado del “Apostolado de la Enmienda”. Sólo después de la guerra, cuando el cardenal Mindszenty en 1945 fue elegido Primado de Hungría, empezó el movimiento de reparación en forma seria. Él quiso la construcción de una capilla en Budapest y concedió el permiso para la fundación de una nueva orden de religiosas, cuya única finalidad sería el hacer reparación y penitencia por los pecados de la nación. Pero desgraciadamente era demasiado tarde y la capilla no se alcanzó a terminar. Las autoridades comunistas no sólo prohibieron la fundación de la nueva orden, sino que dispersaron aquellas ya existentes.

El terror contra el pueblo húngaro fue tres veces más severo que en los países satélites vecinos. El ejército rojo hizo mártires por miles, entre ellos el obispo Apor de Gyor, quien trató de defender a su rebaño, en su mayoría mujeres que buscaban refugio en las iglesias para evitar ser violadas.

Sin embargo el ejército rojo fue indulgente en comparación con los traidores comunistas húngaros, especialmente su líder Matías Rákosi. Esta figura cruel envió a miles de intelectuales al patíbulo y su furia se dirigió principalmente contra la Iglesia Católica. Confiscó todas sus escuelas, dispersó las órdenes religiosas y ocupó sus conventos y monasterios. Todo el mundo se enteró de la trágica suerte del Primado de Hungría, el cardenal Joseph Mindszenty, quien luchó valientemente contra la tiranía roja. Después de haber sido encarcelado durante la Segunda Guerra Mundial por los nazis alemanes por ayudar a los judíos, ahora los rojos lo arrestaron bajo falsas acusaciones y lo sometieron a las más humillantes torturas. Cuando su voluntad de hierro se dobló por as drogas que le administraban, lo sometieron a un juicio de burla. Su rebaño se asustó y se dispersó lentamente al ver vencido al pastor. Sor Natalia compartió la suerte de sus hermanas religiosas y tuvo que vivir escondida, pero su vida mística continuó y bajo la guía de su nuevo director espiritual, en 1981 comenzó a escribir de nuevo su diario.

Tenemos en nuestras manos un tesoro místico de incalculable valor, a la altura de cualquiera de los grandes tesoros de las místicas cristianas, santa Catalina de Siena, santa Gertrudis, santa Teresa de Jesús y santa Margarita María de Alacoque. Encontramos mensajes, enseñanzas y avisos dirigidos a todos y especialmente a los sacerdotes que estamos viviendo este final de siglo. Necesitamos esta guía en un tiempo en el que los pilares tradicionales están tambaleándose y hay confusión hasta entre los mismos consagrados.

Este libro se basa en el diario y otros mensajes que Sor Natalia ha dado a varias personas. Sor Natalia ofreció su vida por los sacerdotes cuando entró al convento. El Señor aceptó su ofrenda: ella ha soportado sufrimientos increíbles, tanto en su cuerpo como en su alma, pues Jesús ha compartido con ella su cruz, el dolor que Él siente por los sacerdotes tibios y también su gozo por los buenos y leales. Ella se identificó completamente con Jesús. Jesús se regocijó y sufrió en ella como él mismo dijo: “Por mis amados hijos sacerdotes”.

Stephen Foglein

INFORME OFICIAL DE UN PROFESOR DE TEOLOGÍA

(21 de enero de 1943)

El informe fue hecho por el padre Jeno Krasznay, STD, un renombrado teólogo europeo de esa época. El profesor Krasznay nació en 1909 en Esztergom, Hungría. Fue ordenado en 1932. Primero sirvió en la Diócesis de Veszprem. Entre 1936 y 1943 trabajó como maestro de religión en una escuela secundaria. Luego fue nombrado auxiliar del obispo Istvan Hasz. Junto a este obispo emigró a Suiza en 1945. Allí se dedicó a atender a los refugiados húngaros.

El padre Krasznay le dio dirección espiritual a Sor Natalia en 1939 y de nuevo en 1943. Después de un cuidadoso estudio, expuso un informe oficial a sus superiores. Citamos a continuación partes de dicho informe:

“Conocí a Sor Natalia durante un retiro que di en el convento de las Hermanas del Buen Pastor de santa Ma. Magdalena en Keeskemet. Con dudas y miedo de sí misma me habló de sus experiencias místicas, las que recibía con frecuencia durante sus oraciones y los sufrimientos que seguían a estas experiencias. Oyendo sus relatos, me pareció claro que ella estaba recibiendo unas gracias extraordinarias. Desde entonces –con el permiso de mis superiores- me mantuve en contacto con Sor Natalia por carta y visitándola una o dos veces al año para darle consejo espiritual.

En vista de sus miedos e inseguridad durante los últimos dos años me cuestionaba: ¿Son sus experiencias reales o no? ¿Está su vida realmente permeada por la actividad mística de Dios? ¿Vienen realmente de Dios las mortificaciones a las cuales se somete a sí misma, por ella y por los demás?

Para obtener una respuesta a mis preguntas, la he sometido a pruebas duras de obediencia. Ella siguió mis indicaciones con obediencia ciega. Bajo orden mía, ella trató de evitar las voces y las visiones. Usé los siguientes recursos para poder hacer un juicio apropiado sobre su vida de oración mística:

–Consulté con unos sacerdotes jesuitas.

–Leí literatura sobre el tema, especialmente la vida de santa Teresa de Jesús.

–Estudié cuidadosamente sus respuestas a mis preguntas y contrapreguntas.

–Consulté con sus superioras.

Estudié psicología anormal, especialmente Die Fulle der Gnaden (La plenitud de la gracia) de Poulain. Por medio de este cuidadoso estudio, la vida espiritual de Sor Natalia gradualmente se me aclaró. Observé las siguientes características en ella: era muy sensible y estaba luchando con dudas que se repetían cada cierto tiempo. Por mucho tiempo no comprendía este fenómeno, pues para mí era difícil relacionar esto con las gracias extraordinarias de las cuales ella hablaba. No obstante, descubrí que este fenómeno viene de la fragilidad humana que a menudo acompaña a las almas en el camino hacia la unión mística.

Más aún, noté que Sor Natalia ya había avanzado mucho en este camino. Noté las señales de virtudes heroicas en ella; entre las más destacadas estaba la voluntad de obedecer y una genuina sinceridad. Después de mi larga observación y cuidadoso estudio llegué a la conclusión de que las experiencias místicas que ella sinceramente me describía eran en verdad reales, que ella verdaderamente recibía esas visiones y mensajes. En el convento ha tenido que sufrir serias pruebas y aflicciones de parte de algunas de sus Hermanas. Ha soportado estas pruebas con una fe firme. Muchas de sus hermanas religiosas me dijeron que ellas no hubieran podido soportar las pruebas por las que pasó Sor Natalia.

Sor Natalia recibió su primera gran revelación después de ciertas experiencias introductorias, en noviembre de 1941, de acuerdo a sus notas escritas antes de agosto de 1942 y entregadas al padre Biro, jesuita, ya fallecido.

En una forma mística, Sor Natalia recibió información acerca de decisiones secretas y planes que solamente conocían unos cuantos hombres en Budapest en esa época.

Por tanto afirmo que ¡estoy totalmente convencido de que en el caso de Sor Natalia vemos la obra sobrenatural de Nuestro Señor Jesucristo!”

I

LA MISIÓN DE SOR NATALIA

(Fragmentos de su biografía)

La tempestad

Todavía no iba yo a la escuela, cuando un día hubo una terrible tempestad. Mi padre me tomó en sus brazos y me llevó a la ventana desde donde yo podía ver, a través del vidrio, el furor de la tempestad que sacudía nuestra casa y los árboles del bosque cercano. Había truenos y relámpagos incesantes. Mi madre, junto con mis hermanos, estaba rezando de rodillas. Yo era demasiado pequeña y no podía participar en la oración. Ni siquiera podía darme cuenta del peligro. Podía ver muy lejos con la luz de los relámpagos que iluminaba el cielo, y me parecía que podía ver hasta el Cielo. Le pregunté a mi padre de dónde venían estos truenos y relámpagos. Mi padre me contestó:

–Sabes, hijita mía, la gente se ha vuelto mala y Nuestro Señor está levantando su dedo chiquito y los está advirtiendo. Él nos advierte que debemos ser buenos.

Yo le pregunté:

–Y ¿qué pasará si Dios levanta su dedo gordo?

Mi padre se quedó pensativo, luego contestó:

–Entonces, pequeña mía, todos moriremos.

Esta fue, quizás, la primera vez que tuve yo un presentimiento de los mensajes que después recibiría del Señor.

El coro y el mandil

Tenía seis años cuando recibí la Primera Comunión. Ese año me trajo dos cosas, una gran dicha y una gran pena.

La razón de mi pena: el cantor de nuestra iglesia había organizado un coro, pero a mí no me habían elegido porque ni mi voz ni mi oído eran lo bastante buenos. Pero antes de  mi Primera Comunión el cantor me dijo:

–Si lo deseas, Marika, puedes venir mañana.

Me puse contentísima y llegué muy puntual. Pero después de dos himnos, me dijo:

–Por favor, puedes irte, porque estás muy desentonada.

Yo lloré muchísimo. Con mucho cariño mi madre me dijo que las oraciones de mi Primera Comunión serían mi canto.

Fui a recibir la santa Comunión con un vestido blanco como la nieve y un mandilito de encaje. Ese día fui la invitada de mi madrina. Su hijo Jano estaba parcialmente sordo. Me ofreció unas cerezas recién cortadas. Cuando comí las cerezas me di cuenta que mi mandilito estaba manchado con el rojo jugo de las cerezas. Empecé a llorar y corrí a decirlo a mi madrina. Ella me consoló:

–No llores, Marikita. Cuando acabe de cocinar te lo lavaré.

Tomé mi mandilito y lo levanté con mi mano. Poco antes del almuerzo, vino mi madrina y me pidió el mandil. Al verlo me dijo:

–Tu mandil está blanco como la nieve, no tiene manchas.

Entonces me di cuenta que fue Jesús, el que vino a mí en la sagrada Comunión y limpió mi mandil.

Una extraña huésped

Empecé a leer la Santa Biblia a escondidas. Lo primero que me llegó a fondo fue: “No juzgues para que no te juzguen y lo que tú hagas por el más pequeño de mis hermanos, Me lo haces a Mí”.

Cuando tenía catorce años hice el voto de la Tercera Orden de los Franciscanos, y a los quince se vio claramente que yo no quería casarme. Sólo Jesús me atraía constantemente. Con los ojos de mi alma vi a mi alrededor a reyes y pordioseros. Observé a los unos en su gran pompa pasajera mientras veía a los otros en su tremenda pero también pasajera pobreza. ¿A quién le daría mi amor? Decidí dárselo al que siempre vive y siempre se regocija en mi amor: a Jesús.

De mis ocho hermanos, hoy sólo sobrevivimos un hermano y yo. Mi hermana Stephanie, que también fue religiosa, había muerto. Ella me ayudaba mucho cuando aún estábamos en nuestra casa. Los domingos, cuando mi madre nos dejaba limpiando la cocina después de la comida, nos turnábamos haciendo esta tarea. Cuando me tocaba a mí, Stephanie siempre me mandaba a rezar y ella hacía mi tarea, quizás porque nunca me peleaba con ella y porque sabía cómo me gustaba orar.

Una tarde de verano, cerca de la puesta del sol, me senté en silencio detrás de la casa, en el primer peldaño de la escalera. Al ver la belleza del cielo, sentí como si mi alma fuera a volar hacia allá. De repente se abrió la reja del jardín y entró una mujer. Yo brinqué y corrí hacia ella. Era hermosa y una felicidad devota y sobrenatural irradiaba de ella. Dijo:

–Quizás ésta va a ser la casa donde se me reciba. Me cerraron las puertas en las otras casas a donde llegué. “No hay lugar”, me dijeron. En otras partes me sacaron sin ninguna explicación. Empecé en esta hilera de casas y no me he pasado ninguna desde el gran puente hasta acá.

Miré su cara y me di cuenta que era un alma devota y que amaba a Dios.

­–Me gusta la gente de buen corazón –dijo de nuevo–. ¿Me das un lugar para hospedarme?

–¡Sí! –le dije.

Corrí dentro de la casa hacia mi madre. Rápidamente le describí a la huésped: “Es una Señora hermosa, diferente de nosotros; su falda es oscura y cubre sus tobillos; pide quedarse con nosotros esta noche. Ni siquiera pide una cama, una silla es suficiente o un banco”. Después de esto corrí con mi padre. Él era un hombre serio y preguntó: “¿Quién es esta desconocida?” Yo se la describí con miedo que la despidiera. Pero mi padre estuvo de acuerdo a que se quedara. “Mira, pequeña mía, –me dijo–, de algún modo podemos acomodar a la inesperada huésped; no tenemos muchos espacio, pero déjala que se quede”.

La noche estaba fría, por eso hicimos un poco de fuego en la casa. La Señora se sentó en una silla en la cocina y yo me senté a su lado en el suelo. Empezó a hablarme del Cielo. Yo escuchaba todas sus palabras y mi alma se regocijaba de felicidad. Le pregunté si quería comer con nosotros, pero ella sólo pidió un poquito de pan y té. Mientras nosotros comíamos, ella me habló de la vida de los Santos; de san Francisco de Asís. Yo le dije que quería servir muchísimo a Dios y ser religiosa.

–Lo serás –dijo, y su voz era firme.

–¿De dónde viene? –le pregunté.

–Vengo de Viena, de un claustro.

–¿De veras? –le dije con alegría–. Por favor, lléveme allí a mí también; no importa que yo sea aún pequeña –le supliqué.

–A dónde voy yo ahora, no te puedo llevar. Pero sí, más tarde –me contestó.

La campana de la iglesia tocó el Ángelus. La señora estaba absorta en oración, parecía ensimismada, de toda su persona irradiaba majestad y belleza celestiales. Yo estaba asustada, solamente más tarde me di cuenta que era Nuestra Madre Santísima.

Era tiempo de ir a la cama. Le dije a la Señora, bajando mis ojos de vergüenza, que nosotros no teníamos una recámara para huéspedes, así que ella tenía que dormir en la mía mientras que mis padres irían a otro cuarto. Ella estuvo de acuerdo con el acomodo.

–Nosotras tendremos lugar suficiente –dijo.

Mi corazón se alegró. Yo era una muchacha delgada y le dije que podía quitarse su pequeño chal.

–No importa –ella dijo sonriendo. Pero se lo quitó igualmente. Su hermoso pelo cayó como un velo, denso y fluido como una cascada. Corrí donde mi padre y le dije:

–Papi, yo no sé qué hacer. Le pedí a la señora si quería dormir conmigo.

–Está bien, si tú lo quieres. Pero si ella no quiere ir a la cama, déjala dormir en la silla. Yo me acostaré en la banca del otro cuarto; de este modo estaré cerca por si algo pasa.

Regresé con la señora. Nos sentamos en la cama sin quitarnos la ropa. Ella me platicó durante toda la noche acerca del Cielo. No pude cerrar los ojos por lo bonito y hermoso de su plática. Por la madrugada le dije que yo iría a misa. Ella quiso ir conmigo.

Durante la misa casi no me atreví a moverme. Fuimos juntas a comulgar. Después de la misa un acólito vino a decirme:

–El señor cura quiere hablarte.

–Voy en seguida, pero déjame acompañar a mi huésped afuera del pueblo.

En efecto la señora estaba tomando el camino de Stomfa, un pueblo cercano. Le pregunté si conocía el camino, y le expliqué:

–Primero sube usted al cerro, luego bajando verá en seguida las casas del pueblo.

Ella me dio las gracias por pasar la noche en mi casa. Una vez más le dije:

–Me gustaría ser religiosa.

¡Laudetur Jesus Christus! –me contestó en latín (Alabado sea Jesucristo).

Después de haber dado unos pasos, me volteé para verla de nuevo, porque era difícil separarme de ella; y cuál fue mi sorpresa, no la vi por ningún lado. En mi infantil ingenuidad pensé: “Quizás, ¡ni el Señor Jesús la puede alcanzar!

Mientras tanto el señor cura me estaba esperando con impaciencia.

–¿Quién era esa señora, Marikita? –me preguntó–. ¡Por cierto no era de este mundo!

–A mí me dijo que si yo rezo mucho podré ser religiosa –le contesté con un cierto orgullo de niña.

El sacerdote estuvo un poco pensativo, después me dijo:

–Yo vacilé en darle la comunión. Cuando le ofrecí la sagrada Hostia, su rostro estaba esplendoroso, lleno de luz; y luz también salía de su boca. La sagrada Hostia voló de mis dedos. Ella tomó la comunión en esta luz. Realmente tuve miedo de este fenómeno extraordinario. Ella misma me pareció la eternidad gloriosa. Aun en la sacristía seguí temblando.

Muerte pospuesta

Cuando tenía treinta y tres años, mis superiores me mandaron a Bélgica. Nuestro convento tenía pocas religiosas que pudieran llevar adelante los trabajos materiales. Aunque yo no era muy fuerte y con frecuencia me enfermaba, me gustaban los trabajos de la casa, como pintar, lavar los trastes, limpiar los baños, acarrear el carbón a las estufas, y hasta el trabajo del establo. Cuando tenía un poco de tiempo, me gustaba leer. Sin embargo, por estos trabajos pesados, me adelgacé muchísimo, hasta quedarme en los huesos. Mi superiora tuvo miedo de que yo no resistiera mucho e hizo saber a la superiora de la Casa Madre de Pozsony (Bratislava) que, humanamente hablando, yo no tenía mucho tiempo de vida.

Una noche el Señor me dijo:

–Tú me pediste que querías imitarme y que Yo te llevara conmigo cuando tuvieras treinta y tres años. Ha llegado la hora: te estoy llamando. Pero si tú aceptas seguir sufriendo en la tierra para salvar almas, yo puedo prolongar tu vida.

Le contesté que yo deseaba sufrir para salvar muchas almas del infierno. Entonces Él me prometió que me dejaría en la tierra para que pudiera salvar las almas inmortales de los hombres; le dije:

–Jesús, dame la gracia de poder consolarte hasta que sea una anciana, y cuando muera, déjame llevar almas al Cielo hasta el final de los tiempos. Concédeme que yo pueda orar ante miles de sagrarios abandonados mientras Tú permanezcas en la tierra en la sagrada Hostia.

Jesús me lo prometió. Después me dijo:

–¿Qué más deseas pedirme en tus treinta y tres años?

–¿Qué más puedes darme, si Tú te das a mí totalmente? –le contesté.

–Tienes razón; Yo no puedo dar más que a Mí mismo; pero pídeme algo para ti misma. La profundidad del pozo de mi gracia es infinita.

–Mi querido Jesús, puesto que has vivido entre nosotros treinta y tres años, te pido que nos des 33 regalos.

–¡Está bien! Yo te daré estos regalos para honrar a mi Madre. Estas 33 promesas se realizarán en los que, con un corazón puro, un deseo sincero y un ferviente amor, consuelen al Inmaculado Corazón de mi Madre.

El don de la palabra

En los años cuarenta y tantos, estando yo en uno de nuestros conventos, la madre superiora me invitó a dar una plática para unas 150 religiosas de varias partes del país. La Orden se encontraba entonces en una fuerte crisis vocacional y varias religiosas querían salir para casarse. Yo estaba muerta de miedo, y le dije:

–Madre, por favor, no me obligue a esto. ¿Cómo puedo yo, sin estudios, dirigirme a esas religiosas, cuando muchas de ellas tienen diplomas y son maestras? Yo nunca he hablado así en público y mis nervios me impedirían pronunciar una sola palabra.

Pero mis excusas no me sirvieron de nada y la madre superiora, por obediencia, me ordenó dar la plática. Ya no podía insistir más, sólo le pedí que me diera un poco de tiempo para consultarlo con Nuestro Señor.

Así pues, le dije a Jesús que yo no era nada, solamente una pobretona, y que no podía cumplir con la obediencia si Él no me fortalecía con su gracia. Entonces oí la voz confortante de Jesús:

–No tengas miedo, no vas a hablar tú, sino Yo hablaré por ti a las Hermanas, tú serás solamente mi instrumento. Yo necesito que alguien se me entregue en alma y corazón.

Las palabras de Jesús fueron muy consoladoras y hermosas, pero yo seguía atemorizada y le dije que prefería hacer cualquier otro trabajo, aunque fuera de los más bajos, que dar una plática. Entonces oí otra vez la voz de Jesús:

–Te dije: ¡No tengas miedo! ¡Yo hablaré! Dile a la madre superiora que estás lista para dar la plática.

Me abandoné completamente a Jesús y llegué a la capilla puntualmente. Se me ocurrió que, mientras las personas sabias preparan sus notas antes de dar una plática, yo hablaría improvisando, casi al aire. Di un vistazo al sagrario y una felicidad sobrenatural me invadió. Oí otra vez su voz: “¡Tú eres solamente un instrumento. Yo hablaré!”.

Me senté a la mesa. No me atreví a mirar a nadie; solamente empecé a hablar. Fui como un instrumento musical en las manos de mi Señor Jesús; tal vez un violín, cada sonido, cada palabra, todos los acordes rápidos de la escala llegaban a tiempo a mi alma. Todo esto era la voz de Jesús. La pequeña capilla del convento se convirtió en un bosque encendido; todo estaba encendido e irradiaba una extraña luz. Me convertí en una vasija de dulce bebida y yo fui la primera en gustarla. Yo fui la primera en oír y guardar esas palabras. Fui la discípula, como los apóstoles en el sermón de la montaña. Yo estaba absolutamente segura de que alguien estaba hablando en mí de cosas que yo nunca había pensado antes.

¿De qué estaba hablando Jesús? El oro de sus palabras brilla aún en mi alma. Habló de las religiosas, de las que quieren dejar la Orden, de las que quieren casarse, del descontento, de la desobediencia, de la falta de respeto y obediencia a las superioras, de la crítica a sus órdenes. Habló del proceso de desintegración que se encuentra en casi todos los conventos. Yo estaba tan llena de gozo que no podía ni siquiera oír mi propia voz y no sentía que mis labios se movían. No fue una plática que Jesús dio, fue una música sobrenatural que inundó la pequeña capilla y todas cantamos con Él. Estábamos llenas del alegre espíritu de la pobreza evangélica, de la obediencia y de la castidad. A medida que Jesús hablaba, yo iba desapareciendo completamente.

Hablé cerca de dos horas. No cerré mi boca ni por un momento. Estaba llena de gracia sobrenatural y no supe cómo terminé la plática. Después, desaparecí rápidamente corriendo por la escalera a mi cuarto. Pero las religiosas me siguieron también muy rápidas y me alcanzaron. Estaban asombradas de lo que yo había dicho.

Después la superiora me informó que muchas de las que querían dejar la Orden prometieron ser fieles a sus votos.

–¿Ves, Natalia? –dijo–. Yo tenía razón en insistir que tú les hablaras.

Yo le dije que no fui yo, sino Jesús mismo quien les habló; que yo misma aprendí mucho porque su voz salía de mí; yo solamente oía su divina melodía que resuena aún en mí: “Sólo mi gracia te mantiene viva, mi misericordia vive en tu corazón”. Me quedé en la luz de sus pensamientos.

La vocación de Sor Natalia

Así me dijo el Señor:

–Hija mía, dile a tu confesor: “Si yo encuentro un alma, pura y pronta a hacer sacrificios, a través de ella yo puedo salvar no solamente un millar de almas, sino naciones enteras”.

–Te has olvidado, Señor mío, quién soy yo.

–Verdaderamente tú no eres nada ni nadie; lo único que tienes que hacer es transmitir mis mensajes, tal como yo te diré.

Esto me dio paz; de esta manera puedo permanecer en mi insignificancia.

En otra ocasión me quejé con el Señor de que yo no hablaba la lengua húngara muy bien y por eso yo esperaba que Él me libraría de esta ardua tarea. Él contestó:

–Tú no sabes nada, creatura torpe. ¿Para qué crees que Yo te he dado a tu confesor y a tu maestra de novicias? Ellos estarán a tu lado y te ayudarán.

Le pregunté a Jesús cuáles eran sus intenciones para mí. Él me contestó:

–Hija mía, a través del amor y del sufrimiento, serás víctima por los sacerdotes, por los pecadores y por las almas del purgatorio. Sé pronta para toda clase de sufrimientos por ellos. Cuando Yo pida un sacrificio, tú deberás comunicarlo a tus superioras y a tu confesor. Si ellos no aceptan, Yo te daré sufrimientos internos. Por esto ellos sabrán que soy Yo el que te pide este sacrificio.

Lo que me dijo ocurrió. Los sufrimientos en mi alma fueron tan tremendos que yo preferiría mejor cualquier dolor físico.

Un día, Jesús me atrajo hacia Él con tal fuerza que perdí completamente el control de mis sentidos y no pude decir mis oraciones vocales. Cuando recobré el conocimiento, estaba avergonzada porque había interrumpido la oración de la comunidad. Sufrí mucho porque Jesús me mostró las catástrofes que sobrevendrían sobre el mundo y la perdición de las almas.

Mis superioras me ordenaron que le pidiera a Jesús que me enviara sus regalos sin signos sensacionales externos, de otra manera no podría participar en la oración comunitaria ni tampoco quedarme en la comunidad de las Hermanas de santa Ma. Magdalena. Comuniqué esto a Jesús que me contestó:

–Muy bien. En el futuro tú recibirás mis gracias sin signos visibles. Yo viviré y actuaré en ti como lo hice cuando vivía entre los hombres. Yo viví, oré y trabajé como cualquier otro hombre. Mientras pasaba el tiempo con mi Padre en éxtasis, el mundo no se percataba.

La misión que yo recibí de Jesús me causó mucho sufrimiento. Cuando yo me quejé con Jesús, Él dijo:

–¡Hija mía! Yo salvé al mundo en la cruz. Yo di mi sangre por ti; tu confesor y tu maestra de novicias todavía no han derramado su sangre. No olvides que los sufrimientos son el precio de la tierra en la que Yo estoy preparando un futuro más feliz para tu país y para todo el mundo.

En 1940, cuando yo tuve dudas acerca de la autenticidad de los mensajes que recibía, Jesús me habló:

–¡No tengas miedo! Yo fui el que te habló; Yo, el Amor duradero y la Verdad duradera. Mi deseo y voluntad son  que el mundo reconozca a mi Madre Inmaculada como Reina del Mundo. Este mensaje debe llegar a los sacerdotes. Mi Corazón no puede descansar hasta que mi Madre Inmaculada haya subido públicamente al trono del mundo como Reina del Mundo.

Tímidamente le contesté:

–Yo no puedo decir esto a los sacerdotes, porque mi húngaro es pobre, y hay peligro que no pueda transmitir tus mensajes correctamente.

Al oír esto, el Señor me consoló diciendo:

–Yo soy el Dios del poder; Yo soy pequeño con los pequeños, pero soy grande con los grandes. No vaciles, solamente dile todo a tu confesor. Él no malentenderá ni mi voluntad ni mi divina intención.

Algunos días después, Jesús me urgió así:

–¡Si Yo hablo, tú debes hablar también. Siempre y cuando Yo esté callado, ¡tú debes estar callada también! ¿Por qué tienes miedo? Tú no fracasarás. ¡Mi Madre Inmaculada recibirá los honores que Ella merece! ¡Esta es la última vez que Yo te confío algo! ¡Ve y has lo que te ordené que hicieras! ¡Tú no debes retrasar el gozo que mi Corazón quiere realizar por medio tuyo y completar contigo!

En una visión me di cuenta que mi querido país no sería una excepción en la catástrofe que se avecinaba y pensé que sería inútil escribir y comunicar todo esto. Jesús me reprendió dulcemente:

–¿Qué? ¿Yo corrí y dejé mi misión cuando vi mi cruz y mi muerte? ¡Tú debes hacer lo mismo que Yo! ¡Tú debes continuar escribiendo aunque mueras mañana y todo se perdiera! Yo soy el Único que da la orden sobre mi proyecto; nadie puede pedirme cuentas. ¡Nadie puede entrometerse en lo que Yo hago!

–¿Y si mi confesor me prohíbe escribir? –le pregunté.

–¡Entonces no escribirás! ¡La palabra de tu confesor es la Mía! Conserva tus escritos cuidadosamente porque se necesitarán después de la guerra (Segunda Guerra Mundial). El padre Gologi continuará mi trabajo como mi apóstol.

En otra ocasión Jesús me consoló:

–Tú tienes que recibir mis órdenes divinas con paz en tu corazón. Tú encontrarás esta paz interior solamente si enfocas tus pensamientos sólo en Mí. Yo quiero que digas mis mensajes  a tu confesor. Tú eres el instrumento con el cual Yo quiero abrir la puerta y alcanzar a mis sacerdotes.

–¡Oh Jesús, buen Pastor! ¿Qué es lo que has hecho? ¿Qué es lo que estás pensando, escogiéndome a mí y rebajándote tanto?

Es imposible para mí resistir los deseos de Jesús; yo quiero obedecer cada uno de sus deseos mientras que Él así lo quiera para que todo esto le glorifique en todo porque Él lo es Todo y yo soy nada.

II

EXPERIENCIAS MÍSTICAS

La prenda de la vida eterna

Un día, mientras barría el corredor del convento, me encontré de repente en éxtasis en Nazaret y oí una voz que me dijo que debía recorrer el pueblo. Yo siempre había anhelado encontrarme con Jesús de Nazaret y ahora tendría la oportunidad. Empecé a recorrer la calle de casa en casa. De una casa salió un hombre que me preguntó:

–¿A quién buscas?

–A Jesús de Nazaret –le contesté, tan preocupada en encontrarlo que ni siquiera me fijé en él.

–Entra –me dijo– y encontrarás a mi madre; ella te dirá dónde lo puedes encontrar –y se fue.

Entré en la casa y vi una mujer sentada. Por su dulce cara reconocí al instante a la Virgen María. Corrí feliz hacia Ella diciéndole que andaba en busca de Jesús.

–Acaba de salir –me dijo.

Me puse muy triste porque creí que Él se me había escondido.

Entonces la Señora me dijo:

–Mi Hijo me dijo que tú vendrías y que yo te enseñara algo.

Entonces ella sacó una prenda de vestir, tan bonita, tan preciosa que me dio miedo hasta mirarla.

–Esta es la prenda de la vida eterna –me explicó–. Esta prenda es de Sor Córdula, quien llegará hoy a tu convento cerca del mediodía.

Nadie sabía nada de la llegada de esta religiosa.

–Tú tienes que orar mucho por ella –añadió Nuestra Señora. Luego me mostró otra prenda aún más hermosa.

–Y esta es para Sor Marcela –siguió diciendo la Virgen–. Ella fue tu compañera cuando viajaste a Bélgica. Mi Hijo me dijo que te dijera que también rezaras mucho por esta religiosa, porque si no, no podrá recibir las gracias con las que Él desea colmarla.

Entonces me mostró una tercera prenda, diciéndome:

–Y ésta es tu prenda de la vida eterna.

Por un momento creí que me moriría ante la belleza de esa prenda.

Entonces Nuestra Madre Santísima con dos dedos levantó un poquito la manga de mi hábito de religiosa y añadió:

–Mi Hijo también me dijo que tendrás que quitarte este hábito para que puedas ponerte esta prenda de la vida eterna.

De repente salí de mi éxtasis y me encontré terriblemente confundida. Al otro día, después de misa, le conté todo a la madre superiora, quien me escuchó con comprensión y cariño; le pregunté llorando cómo y cuándo me quitaría el santo hábito y por qué tendría que salir del convento. Ella no supo contestarme. Entonces oré delante del sagrario, haciéndole a Jesús la misma pregunta que seguía molestándome. Oí su voz:

–Cuando tú tengas que quitarte el hábito religioso, todas las demás religiosas con las que tú vives también se quitarán el suyo.

Esto fue lo que pasó después de la Segunda Guerra Mundial cuando en mi país fueron dispersadas todas las órdenes religiosas.

Al mediodía, como Nuestra Señora me había dicho, sonó el timbre y una nueva religiosa, llamada Córdula, llegó de nuestro convento de Pozsony (Bratislava). Se había escapado de su convento porque entonces el convento de Pozsony y todo el territorio había pasado a Checoslovaquia y ahora ella tenía que empezar su noviciado con nosotras.

La cuerda de la campana

Además de las visiones, tuve que sufrir muchísimo por causa de Satanás. El espíritu maligno sabía que yo soy un instrumento en manos de Dios y puedo ayudar a salvar a muchísimas almas con la oración y el sacrificio. Todo lo que se gana para Jesús es pérdida para Satanás. Mi vida estaba llena de tentaciones y mortificaciones.

En una ocasión el demonio me llevó al campanario de la iglesia. Me ofreció la cuerda de la campana invitándome a que me colgara. Yo estaba entonces muy abatida y no encontraba razón para seguir viviendo más. La tentación era tan fuerte que casi estaba condescendiendo. De repente, la campana grande empezó a tocar. Era el mediodía. Como de costumbre recé el Ángelus y mientras rezaba sentí que la opresión diabólica iba disminuyendo. Estuve escondida en el campanario hasta el anochecer, cuando mi madre superiora, con la ayuda de una lámpara llegó y me encontró cerca de las diez de la noche. Me dio una Medalla y rezamos. Satanás, batiendo en retirada, como un animal asqueroso, me dijo:

–¡No importa que esta vez no pude llevarte conmigo, pero te aseguro que tú serás mía a la hora de la muerte!

En ese momento oí la voz de Jesús que dijo:

–¡Ella no será tuya, porque no tú, sino Yo soy el que derramé mi sangre por ella!

Entonces me sentí completamente aliviada en mi alma y en mi cuerpo y todas mis dudas desaparecieron.

La lancha salvavidas de la Gracia

Un jueves, al anochecer, Jesús me llevó al huerto de Getsemaní. Completamente agotada de tanto sufrir le pedí que me librara de cierta clase de sufrimientos, pero Él me contestó:

–Yo te di este sufrimiento como una gracia especial y es por esto que no te lo quitaré. El martirio físico y temporal es una lancha salvavidas para esas almas que navegan hacia el infierno con la multitud de sus pecados. Si te quito este sufrimiento, como tú Me lo pides, la lancha salvavidas, con todas las almas a ti confiadas, se hundirá para siempre. Te bendigo regalándote los sufrimientos de los mártires. Cada vez que tú aceptas este sufrimiento de mi mano, Yo puedo salvar muchas almas por medio tuyo. Mi querida hija, es una gracia misteriosa, un sufrimiento misterioso que te hace morir, aunque más bien tú vives de nuevo. Por este sufrimiento, Yo no sólo puedo salvar almas sino puedo también darle al mundo la gran gracia de la paz.

El quebrantamiento de los huesos

Una mañana, mientras rezaba, Jesús me llevó al Calvario y vi cómo los soldados quebraban los huesos de los dos ladrones crucificados con Él. Era algo terrible; yo estaba feliz de que no le quebraran los huesos a Jesús. Mientras estaba meditando en esto, Él me dijo:

–Si el amor misericordioso del Padre celestial no hubiera decretado que Yo me muriera antes, el enemigo hubiera quebrado mi sagrado Cuerpo así, como lo hicieron con esos dos. Querida hija, será un secreto para el hombre el por qué mi Padre celestial hizo esta excepción con su Hijo. Esto será revelado a los ángeles y a los hombres en el juicio final. Hija mía, únete a Mí y reza una acción de gracias por esto. Yo cargué en mis hombros todos los pecados más horribles del mundo entero mientras moría en la cruz. Por eso gané el favor de mi Padre celestial.

¡Era tan tierno Jesús cuando me decía todo esto!

Cómo cumplir con los quehaceres del día

Una mañana, durante mi oración, estaba preocupada por las tareas que tenía que hacer. Entonces Jesús me dijo:

–No pude ver tu preocupación sin tratar de ayudarte. Tú deberás hacer tus trabajos de la siguiente manera: debes empezarlos y terminarlos concentrándote totalmente y pidiendo la bendición de mi Madre. Empieza tu jornada escribiendo lo que te digo. La razón es que, mientras pones por escrito mis palabras, estás ocupada Conmigo y tu alma se llena de Mí. Tú necesitas esto, y también a Mí me gusta. Así, empieza a seguir el ejemplo de mi Madre y en la felicidad de mi presencia empieza tus tareas, coser o lo que sea. No te olvides que cada letra que tú escribas o cada puntada que hagas, simbolizan un alma. No te intereses en cuántas almas has salvado; Yo, el Salvador de las almas, marco cada alma que tú has salvado y tú podrás contar el número cuando entres en la vida eterna. Todas esas almas estarán muy agradecidas, irán a tu encuentro y te felicitarán en su eterna felicidad. Querida hija, es mi deseo divino que tu mayor interés en esta vida sea la salvación de las almas. A los ojos de mi Padre celestial, la vida de una persona es una página vacía si no se ha esforzado en salvar almas.

Oración por las almas del purgatorio

Una noche Jesús me pidió que orara por las almas del purgatorio. Eran las cuatro y media y yo quería terminar de escribir mi diario, cuando Jesús me dijo:

–Hija mía, aunque respeto tu cansancio, quiero pedirte que no te vayas a dormir hasta que pongas por escrito el estado de sufrimiento de las almas del purgatorio. Yo quiero que mis hermanos sacerdotes se unan a la cruzada de oración en favor de las almas que sufren en el purgatorio. Ahora quiero aliviar a aquellas que durante su vida con frecuencia me pidieron a Mí y a mi Madre, en la oración, que tuviéramos piedad de ellas en el momento de su muerte y cuando estuvieran en el lugar del sufrimiento.

Jesús me llevó entonces a un lugar tan grande que yo no podía ver el final. Aunque el lugar estaba oscuro, las almas allí parecían estar calmadas. Había un sinnúmero de almas: llevaban ropa negra y estaban arrimadas unas a otras. Todas parecían inmóviles, sin palabras y muy tristes. Mi corazón casi se quebraba al verlas así. Supe que estas almas no recibían ayuda alguna de nadie en la tierra, ni oración, ni sacrificios. Sabían que la hora de su liberación no había llegado todavía pero confiaban en que no dilataría mucho.

Después de eso Jesús me llevó a otro lugar similar. Allí las almas tiritaban en sus túnicas negras. Pero cuando me vieron entrar con Jesús, todas empezaron a agitarse. Yo tenía mi rosario en la mano para rezar por ellas. Cuando vieron el rosario, todas empezaron a gritar: “¡Rece por mí, querida hermana, rece por mí!” y trataban de sobreponer su voz, gritando más fuerte, solicitando mis oraciones, como una nube de abejas. Aunque todas gritaban a un tiempo, yo podía distinguir la voz de cada una. Reconocí a muchas entre ellas, personas a las que conocí cuando estaban en la tierra. Vi a algunas religiosas de otras órdenes y también de la mía. Me espanté cuando una madre superiora se volteó hacia mí y me pidió humildemente que rezara por ella.

Después de esto, una religiosa, conocida mía, con sus manos juntas y tocando mi rosario, me suplicó: “¡Por mí, por mí!”, mientras un extraño sudor, no sé si en el alma o en el cuerpo, corría sobre ella.

Después Jesús me llevó a un tercer lugar donde había un sinnúmero de religiosas, paradas y sin movimiento, mientras un fuerte sudor corría sobre ellas. Se volvieron hacia mí y me suplicaron que rezara el rosario por ellas. En ese lugar había luz. Yo pensé: “¿Por qué será que ellas me piden el rosario?” Entonces Jesús me mostró un rosario, en el que en vez de las cuentas había flores y en cada flor vi brillar una gota de la Sangre de Jesús.

Cuando decimos el rosario, las gotas de la Sangre de Jesús caen sobre la persona por quien lo ofrecemos. Las almas del purgatorio están implorando continuamente la Sangre salvadora de Jesús.

El juicio particular

En varias ocasiones Jesús me llevó al lugar del juicio individual. La última vez que fui, oré por un alma pecadora. Mi confesor me dijo que le preguntara a Jesús si esa alma se había salvado. Entonces Jesús me permitió ver cómo esta alma había sido juzgada.

Yo pensaba que iba a ver algo aparatoso, mientras no vi nada de eso. Puedo describir esta experiencia sólo en imágenes. Vi a esta alma mientras se acercaba al lugar del juicio. A un lado estaba el Ángel de su Guarda y al otro Satanás. Jesús, en su divina majestad los estaba esperando porque Él es el Juez. El juicio fue rápido y en silencio. El alma pudo ver en un instante toda su vida, no con sus propios ojos, sino con los ojos de Jesús. Vio las manchas negras, grandes y pequeñas. Si el alma va a la eterna condenación, no siente ningún remordimiento por lo que ha hecho. Jesús permanece callado y el alma se aparta de Él y entonces Satanás la arrebata y la arrastra al infierno.

Sin embargo, durante la mayor parte del tiempo, Jesús, con un amor indescriptible, extiende su mano y muestra el lugar al cual el alma debe ir. Jesús le dice: “¡Entra!”, y entonces el alma se pone un velo, similar al que he visto en el purgatorio, blanco o negro, y ella se dirige al purgatorio. La acompañan Nuestra Señora y su Ángel de la Guarda tratando de consolarla. Estas almas son muy felices porque ya vieron su lugar en el Cielo donde les espera la felicidad eterna.

Nuestra Señora no está presente en todas las fases del juicio, pero antes de que se pronuncie la sentencia, Ella le suplica a su Hijo, como abogada defensora, exactamente como hace el abogado con su cliente, defendiendo en modo particular a las almas que durante su vida le fueron devotas. Pero cuando el juicio empieza, Ella desaparece, sólo su gracia está irradiando sobre el alma. A la hora del juicio, el alma está completamente sola frente a Jesús. Después del juicio, cuando el alma está cubierta con el velo del color apropiado, entonces la Virgen aparece otra vez, se pone al lado del alma y la acompaña por el camino del purgatorio.

La Virgen casi se pasa su tiempo en el purgatorio, irradiando sus gracias consoladoras y salvadoras.

El purgatorio es un lugar de purificación, pero también un lugar de felicidad. Las almas que esperan allí están aguardando felices el momento de entrar a la felicidad eterna. El énfasis es en la felicidad y no en el sufrimiento. Olvidaba decir que el pecador que mencioné al principio, sí se salvó.

Le pregunté un día a Jesús:

–¿De qué depende nuestra salvación?

Y Él me contestó:

–La salvación no depende de hoy, de mañana o de ayer, sino del último momento. Por eso ustedes deben arrepentirse constantemente. Ustedes se salvan porque Yo los he salvado y no por sus méritos. Solamente el grado de la gloria que ustedes reciban en la eternidad depende de sus méritos. Por lo tanto, ustedes tienen que practicar constantemente dos cosas: el arrepentimiento de sus pecados y decir con frecuencia: “Oh Jesús mío, en tus manos encomiendo mi alma”.

Uno no debe tener miedo al juicio. Jesús, como humilde cordero, rodea las almas con un amor indescriptible. El alma que ansía estar limpia llega al juicio para poder encontrarse con el Amor mismo de Quién ella estará enamorada eternamente. En cambio, el alma orgullosa, detesta este Amor, ella misma se distancia de Él y esto en sí mismo es el infierno.

Una vez, apoyada en el hombro de Jesús, yo lloré preguntándole:

–¿Por qué creaste el infierno?

Para contestarme, Jesús me llevó al juicio de un alma muy pecadora, a quien le perdonó sus pecados. Satanás estaba furioso:

–¡Tú no eres justo! –gritaba–. ¡Esta alma fue mía toda su vida! Este cometió muchos pecados, mientras que yo cometí sólo uno y Tú creaste el infierno para mí.

–¡Lucifer! –Le contestó Jesús con amor infinito–. ¿Tú, alguna vez, me pediste perdón?

Entonces Lucifer, fuera de sí, gritó:

–¡Eso nunca! ¡Eso nunca lo haré!

Entonces Jesús se volvió hacia mí, diciéndome:

–Ya lo ves, si él me pidiera perdón tan sólo una vez, el infierno dejaría de existir.

Es por esto que Jesús nos pide que vivamos en continua conversión. Debemos meditar todo lo que Él sufrió por nuestros pecados para que podamos alcanzar la salvación. Hemos de amarle por su amor profundo. “Cada alma es un mundo único”, me dijo. “Una no puede reemplazar a otra”. Jesús ama a cada alma con un amor especial, y ese amor no es el mismo amor que tiene para las otras.

Cómo prevenir las tentaciones del demonio

–Mira, hija mía, si tienes un gran pesar, y no puedes orar, si estás confundida acerca de algo, si estás lastimada, si te sientes apagada y no tienes fuerzas para nada, dime solamente con confianza y amor: “¡Jesús, Jesús!”. Entonces, oyendo mi Nombre, los ángeles, los santos y mi Madre Inmaculada, se postran ante Mí y me adoran y el infierno se cierra, ya que el infierno está también bajo el poder de Dios y debe inclinarse ante mi Nombre. En efecto está escrito en la Biblia que el cielo y la tierra deberán inclinarse ante mi Nombre. ¿No crees que el pronunciar mi Nombre es una oración poderosa?

–Si durante la oración, tú no puedes hacer más que pronunciar mi Nombre con amor y confianza; hazlo cada vez que respires, y así tú habrás rezado muy bien y podrás alcanzarlo todo.

Es por esto que nosotros no debemos convertir a los demás con la fuerza. Si alguien se encuentra lejos de nosotros, por ejemplo el padre, la madre o los hijos, es suficiente que recemos por ellos. De esta forma ellos son rodeados por una santa fuerza invisible. Todo esto debe ser a través de la Santísima Virgen, porque nosotros no podemos acercarnos a Jesús sin su Madre si queremos ser recibidos favorablemente por Él. Un hombre orgulloso no es capaz de hacer esto. Así Lucifer no pudo humillarse. Nuestra Madre lleva a todos sus hijos en sus brazos, los acaricia, les da sus méritos y hace que Jesús pase por alto sus faltas. Si alguien desea acercarse a Jesús, entonces deberá dirigirse a su Madre y entregarse totalmente a Ella. Entonces la Virgen seguramente protegerá y llevará a esa persona hasta Jesús.

María no eclipsa a Jesús

Yo era muy devota de María, pero cuando Jesús se me apareció, esa experiencia me llenó de tal forma que ya no podía pensar en nadie y en nada más que en Él. Por eso le pregunté un día a Jesús:

–¿Acaso no estoy ofendiendo a tu Madre, si Te amo a Ti?

–Si tú quieres alegrar el Corazón de mi Madre Inmaculada –me contestó Jesús sonriendo–, entonces dime: “Yo te amo”.

–¡Jesús mío, desde ahora te diré siempre “Yo Te amo” para darle gusto a tu Madre!

Si nosotros trabajamos para nuestra Santísima Madre como sus apóstoles, no debemos pensar, ni por un momento, que Jesús esté ofendido por esto. Por esto un día Jesús me dijo: “Mi Madre Virgen no existe por Ella misma. Mi Madre Inmaculada y Yo somos uno. Si alguien Me ama, mi Madre Inmaculada se regocija”.

La Madre de Jesús es indeciblemente feliz cuando nosotros le somos fieles a Jesús, Quien vive entre nosotros en el altar. En cambio, Jesús no es feliz si alguien descuida el honor a su Madre. Jesús dijo: “Todo lo que tú le digas a mi Madre Inmaculada, Me lo estás diciendo a Mí, y si tú le pides algo a Ella, tú Me lo estás pidiendo a Mí”.

¿Qué piensa Jesús de los hombres malvados?

En la pantalla de la televisión vi a un hombre que lanzó un perro tras unas personas que huían y el perro las despedazó. A mí me impresionó mucho que un hombre pudiera causarle tanto sufrimiento a otra persona y deseaba que el perro despedazara al hombre que lo había azuzado contra la gente. Entonces oí la voz triste de Jesús:

–Los que son torturados por otro hombre y mueren, reciben unas gracias especiales de mi parte y recibirán una indescriptible felicidad en la eternidad.

–¿Pero qué le ocurre a quien ha cometido un mal semejante?

–Aquel hombre también es mi hijo, también por él he muerto. ¿Y tú ahora, quieres golpearlo? El mal que él cometió Me da menos pena que si tú a quien Yo tanto amo, lo golpeas a él. Con este golpe tú Me hieres a Mí. Te ruego que no Me hagas daño. Mejor ruega por él para que pueda arrepentirse y no merezca ir a la eterna condenación sino que sea uno de los míos.

Entonces Jesús me mostró qué tan ardientemente ama a los pecadores. Él me ama a mí como los ama a ellos. Jesús cubre nuestros pecados con los cuales lo estamos lastimando. No me atreveré a cometerlos de nuevo, porque no quisiera causarle dolor. Entendí que en el juicio final, cuando veamos nuestros pecados ya perdonados, seremos resplandecientes a causa del amor de Jesús.

¿Qué piensa Jesús de nuestras acciones?

Un día le pregunté a Jesús qué tenía que hacer para complacerle. Me contestó:

–No importa lo que hagas, si estás sentada o acostada. Tú puedes hacer cualquier cosa. Lo único que importa es que tú estés siempre cerca de Mí y que Me ames. No debes nunca dar un paso lejos de Mí. Dime todo, también tus pensamientos. No dejes de hablarme. Lo único que te pido es que no Me ofendas. Yo haré el resto por ti: también Me encargaré del bienestar material y espiritual de tu familia. Si tú Me amas, tú no necesitas pedirme nada. Tú tienes solamente una tarea: ¡Amarme! Me gustaría que lo entendieras de una vez. Todo lo demás te será dado, mi pobre y preciosa hija.

La confesión

Hay que ir seguido a confesarse. Vi que cuando alguien se está confesando, Jesús abre sus Llagas y su preciosa Sangre fluye de sus heridas, gota a gota, mientras el sacerdote da la absolución.

Jesús me dijo: “Hija mía, ve a confesarte y di algo porque Yo quiero derramar otra vez mi Sangre por la humanidad. Yo pido que se arrepientan”.

Jesús en busca de almas

Una vez me asusté al ver a Jesús vestido como un pordiosero, y le pregunté apenada:

–Mi querido Jesús, ¿dónde estuviste?

–A visitar a mis sacerdotes –me contestó.

–¿Qué es lo que querías de ellos?

–Les pedía almas.

–¿Obtuviste algunas?

–No, ninguna.

–Y, ¿por qué?

–Porque están más preocupados por sí mismos que por salvar almas. Ellos deberían trabajar incansablemente en la salvación de las almas, deberían negarse a sí mismos y dejar toda clase de diversiones, pero no lo hacen, aunque Yo oré por ellos en la cruz: “Padre, en tus manos pongo sus almas, para que ni uno de ellos se pierda”. Hija mía, por favor, reza por ellos día y noche. Cada sacrificio hazlo por mis sacerdotes, para que en el último juicio no estén con las manos vacías, tal como ahora los encontré.

“Tu sola preocupación: ¡Amarme!”

Con frecuencia gocé de la presencia de Jesús y María juntos. Les pedí que no me convirtiera en espectáculo para este mundo. Yo deseaba seguir en el anonimato en esta tierra, con un solo deseo y un solo gozo: “Ustedes y yo”. “Señor, si mi vida fuera diferente y mejor que la tuya, tendría vergüenza de mirarte. ¡Señor mío, que mi vida esté oculta al mundo como fue la tuya!”

A causa de las manipulaciones del demonio, sufrí mucho pensando que me condenaría. Después de largos sufrimientos, Jesús así me habló: “Tu sola preocupación debe ser amarme. Ya no te preocupes más por tus pecados. No trabajes para ser una santa, déjamelo a Mí eso. Yo te haré santa. Tu sola preocupación es la de amarme. Cree firmemente que Yo te amo también. De este modo recibirás mis gracias y en todo momento tu alma estará llena de alegría”.

III

MENSAJES A LOS SACERDOTES

 

“Sacrifíquense y recen por las almas”

Una noche, Jesús me dijo lo siguiente, dirigiéndose a los sacerdotes: “Vine al mundo por el bien de las almas. Es su vocación y su deber salvarlas. Si ustedes permanecen en Mí y en mi amor, saldrán victoriosos”.

Luego se volteó hacia mí y me dijo: “Esposa mía, que padeces Conmigo, esta noche unos sacerdotes me van a ofender gravemente. Por los méritos de tu sacrificio libraré a algunos de ellos de sus pecados, pero ¿quién hará sacrificios por los otros? Moriría por ellos de nuevo, cada vez que ellos infieren sus heridas mortales a mi Corazón”.

Yo sufrí junto con Jesús por esas almas. Aceptaría todos los sufrimientos del mundo si pudiera evitar un pecado grave que ofendiera a mi Jesús. Le dije:

–Mi querido Jesús, estoy dispuesta a hacer cualquier sacrificio.

Él contestó:

–Flagélate hoy; así puedo librar a mis extraviados sacerdotes del pecado y acogerlos de nuevo en mi Corazón.

En ese tiempo mis superioras me dispensaron de la oración comunitaria a causa de las gracias extraordinarias que ellas veían tan claramente en mí, y así pude hacer en secreto lo que Jesús me pedía.

Jesús se queja de los sacerdotes

En 1944 el Señor me dijo: “Quiero enviar un mensaje al Santo Padre para que reafirme la práctica del ayuno del viernes, porque, debido a esto, muchos sacerdotes me ofenden. Ni los hombres ni las almas a Mí consagradas están dispensadas de la abnegación. Mi Iglesia debe saber que, al disminuir el espíritu de renuncia, aumentan los pecados”.

Después de la santa Comunión el Señor me mostró cómo un sacerdote cae en el pecado por falta de espíritu de mortificación. Vi a un sacerdote sentado a una rica mesa. El Señor le sugirió que no tomara el postre, puesto que ya había comido bastante. Él dudó un momento, luego rechazó la inspiración, con este pensamiento: “¿Abnegación, por qué?” El paso siguiente fue la pereza, luego vino la relajación, sus pensamientos se hicieron siempre más mundanos y el pecado entró a través de sus ojos. Entonces entró la muerte en su alma, y empezaron las dudas acerca de la presencia real en la Eucaristía. Finalmente dejó el sacerdocio y se volvió ateo. Fue especialmente doloroso para Jesús que por mucho tiempo ese sacerdote ofreciera indignamente el santo Sacrificio.

En otra ocasión, para consolarme, Jesús me dijo que es un gran placer para Él bajar al altar cuando un sacerdote lo llama con clara conciencia de sus actos. De estos sacerdotes santos me dijo: “Son mi deleite, mi orgullo, mi consuelo y mi esperanza”.

El amor a la cruz

El Señor me dijo:

–Hay solamente unas cuantas almas sacerdotales que aman la cruz. Muchos de ellos no quieren ni oír hablar del sufrimiento y la abnegación. Esto es porque ni siquiera Me piden tener amor por el sufrimiento. Los sacerdotes deben pedir diario el amor a la cruz para ellos mismos y también para las almas a ellos encomendadas. Si hicieran esto, se les daría la gracia del amor al sufrimiento, llegaría a serles agradable y podrían hacer actos heroicos. Yo aniquilaría en ellos todo lo que pudiera matar el amor y aumentaría en ellos el amor a la cruz. Les daría el don del amor pobre y humilde. Recibirían la gracia mística de poder enterarse de los secretos especiales de mi Corazón. Me gustaría darles a conocer esta gracia especial en este tiempo en que se aproximan los sufrimientos de mis escogidos.

En una ocasión Jesús me enseñó esta oración:

Señor mío, dame la gracia de amar

sufriendo como Tú lo hiciste.

Dame la gracia de llevar mi cruz

como Tú lo hiciste.

Señor mío, dame la gracia de poder siempre

reconocer y cumplir tu voluntad

y permanecer siempre unido a Ti,

glorificándote en todo lo que haga.

María, Madre de Jesús y Madre mía,

enséñame a amar sufriendo. Amén.

En una de mis visiones, Jesús se dirigió a un grupo de sacerdotes, diciéndoles:

–¡Sacerdotes míos, los amo! Vengan a mi divino Corazón que está abierto para ustedes y los espera. Este Corazón no es solamente mío sino que pertenece a todos aquellos a quienes Yo amo. Vengan a este cálido hogar para que Yo pueda avivarlos; purifíquense y revístanse de mi poder divino. Ustedes no necesitan más que amarme y estar unidos a Mí. Si Me aman de este modo, Yo los conduciré no solamente al Calvario sino también al monte Tabor. ¡Oh alma! ¿Por qué estás tan vacía? ¡Oh Gólgota! ¿Por qué estás tan abandonado? ¡Oh pecado, oh carne, oh infierno! ¿Por qué están tan poblados? Algunos sacerdotes están tan llenos del mundo y de sí mismos que no tienen ningún lugar para Mí en sus almas. Ni siquiera aceptan las gracias que Yo quiero darles. Desprecian mi misericordia y dicen: “¡Es suficiente si amamos al Salvador!”, y nunca piensan que su amor debería parecerse un poco al Mío. Así bloquean mis esfuerzos para aumentar su fe y la reemplazan con su amor fingido. El verdadero alimento del amor es el sufrimiento, y con este alimento Yo nutro a todas las almas.

La labor del confesor de Sor Natalia

–Dile a tu confesor que ya es tiempo que se cumpla mi palabra. ¡He traído fuego a la tierra! ¿Qué otra cosa puedo desear sino que ese fuego arda? Mi llama todavía no ha purificado la tierra completamente. Esta luz será difundida por mis sacerdotes de una manera maravillosa y no habrá fuerza alguna que pueda extinguirla. Con la llama de mi amor soldaré el Cielo con la tierra. Mis sacerdotes alimentarán este fuego; mi divino Corazón dará las gracias necesarias y la gente sabrá qué tan dulce es mi yugo y tan ligera mi carga. Por medio de mis sacerdotes quiero repetir lo que hice en el templo de Jerusalén. Ahora estoy haciendo el látigo con el que expulsaré las oscuras nubes del pecado, primero de ellos, y luego a través de ellos, de las almas a Mí dedicadas.

Un poco más tarde, Jesús me dictó lo siguiente para mi confesor:

–Hijo mío, mi querido hijo, levántate y ve en busca de mis hijos para salvarlos. Ve y conduce de regreso al rebaño los extraviados pastores, para que los sane y los santifique. No te mando a estudiar ni a enseñar, sino a ser un apóstol y a convertir. Toma el camino y vete hacia el mundo.

Pregunté: “Señor, ¿a dónde irá?”

El Señor me contestó:

–Debe ir de un extremo a otro del país. Quiero que mi llama ilumine las almas y se extienda más allá de las fronteras. Quiero hacer volver del camino de la perdición a todos los sacerdotes que viven en el pecado, dondequiera que vivan. Cuando el mundo marcha a una batalla, primero manda a los exploradores. Estoy dispuesto a luchar contra el demonio y quiero que mis apóstoles, mis hijos y servidores me preparen el camino.

Visión de las ruinas

Mientras el Señor dictaba lo anterior, en una visión vi poblaciones, granjas, conventos, sagrarios sucios y abandonados e iglesias en ruinas. Jesús se quejaba:

–Oh sacerdotes míos, purifiquen las iglesias para que Yo no tenga que abandonarlas. ¡Ay de las ciudades y poblaciones en las que la luz de la vida está por extinguirse!, pero más aún por los sacerdotes culpables de que Yo Me vea forzado a castigar al mundo. ¡Ay también de los obispos que viven en lujosos palacios, pero Me olvidan completamente!

Por un sagrario abandonado oí lo siguiente: “¡Sacerdote mío, sacerdote mío! ¿Por qué me has abandonado?” Vi a un sacerdote que visitaba un templo abandonado. Vi cómo una gran llama irradiaba del doliente Corazón del Salvador, la llama de su gozo. Y vi también que Él se regocijaba con aquellos sacerdotes y obispos que lo reverenciaban y lo amaban en la eucaristía.

El Señor le dijo esto a un sacerdote ferviente: ¡Tengo sed! ¡Dame almas! ¡Dame templos limpios! ¡Dame almas que puedan experimentar qué tan bueno y maravilloso es vivir cerca de mi Corazón! ¡Muéstrales cuánto las amo, cuánto anhelo buscarlas, cuánto quiero estar siempre cerca de ellas!”.

El costado herido de Cristo

Vi la llaga en el costado de Jesús. Él abrazaba a uno de sus sacerdotes hacia la herida y le decía: “Hijo mío, escóndete en esta llaga y toma fuerza de ella para llevar la cruz que te he preparado”. Luego vi que el salvador puso una cruz sangrante en el hombro de este sacerdote. Era para simbolizar los sufrimientos, espirituales y físicos, que lo esperaban. Jesús me dijo: “Quiero que este hijo mío persevere en su labor a pesar de todas las adversidades. Él debe mirar hacia delante, sólo hacia la cruz. Por sus sufrimientos el podrá obtener una vida nueva para muchas almas”.

Amor purificador

–Hija mía, si un alma no se purifica en mi amor, sus acciones no tienen mucho mérito ante Mí. El alma debe hacer su tarea con la más pura intención por mi gloria. Debe unir su sacrificio al Mío y al de mi Madre Inmaculada; solamente así llegará a ser fructífero. Quiero esto de todas las almas consagradas a Mí.

Acerca de la penitencia

–Dile a tu confesor que en la tierra Yo logré lo que el Padre me confió con oraciones y sacrificios. Yo pasé muchos sacrificios. Tuve hambre, tuve sed, pasé muchas amarguras y cansancio; recé largamente durante la noche y acepté toda clase de sufrimientos para obtener de mi Padre el poder de curar, de resucitar y de expulsar demonios. Por lo tanto no ordeno ni mando, sino que sólo pido. Con toda la humildad de mi Corazón ruego a mi Iglesia por medio de tu confesor. Congrega a todos los sacerdotes que puedan hacer sacrificios para que por medio de ellos la voluntad de mi Corazón se lleve a cabo. Su sacrificio me será agradable sólo si las almas no Me ofenden al mismo tiempo, ni con la lengua ni ofendiendo a su prójimo. Si alguien dice: “Señor, Te amo”, pero al mismo tiempo me golpea la cara, ¿cómo puede amarme uno así? Dirijo este mensaje especialmente a las religiosas. Las amo mucho y tengo mis ojos puestos en ellas día y noche. Conozco su fidelidad, pero también su pereza. Por lo tanto quisiera exhortarlas para que mortifiquen la lengua y los sentimientos, porque estas dos cosas las inclinan a cosas malas y extinguen en ellas la llama de amor.

Pecados de la lengua

Jesús me dijo muchas cosas sobre los pecados de la lengua. Me mandó decirle a mi confesor que debe hablar sobre los pecados de la lengua y sobre otras imperfecciones, porque seremos castigados por todo esto. Con firmeza me enfatizó esto: “¡No permitiré ser despreciado ni que se burlen de Mí! ¡Apartaré mi vista de los sacrificios y de las personas que actúan bajo tales condiciones!”

Una vez vi la cara de Jesús: Él estaba sufriendo visiblemente. Su cara estaba llena de heridas. Me dijo:

–Mira cómo sufro por los pecados de la lengua. Dile a tu confesor que cuelgue en la pared del convento el siguiente texto: “Oh almas consagradas, su lengua es más hiriente que una espada. Cada golpe que recibo es más doloroso que si fuera un puñal. Durante un solo día en un convento recibí 64 golpes por el pecado de la lengua. ¿Qué he hecho para merecer esto? Denme sus corazones, porque si no lo hacen, me volveré contra ustedes con la misma espada”.

En otra ocasión Jesús me dijo:

–Quiero que las almas consagradas guarden estrictamente el silencio porque sólo así el pecado se alejará de ellas y crecerán en la virtud. Deben estar atentas al toque de la campana. A través de la voz de su conciencia Yo soy el único que les está diciendo: “Silencio”. En cambio el enemigo susurra: “No molesten, solamente hablen”. Soy feliz cuando veo que en ciertos conventos están floreciendo la obediencia, la humildad, el amor y las demás virtudes. Deseo que los superiores me imiten, sobre todo en el amor, la bondad y la mansedumbre. Ellos deben consolar y animar al triste, a aquellos que sufren, como Yo lo hice durante mi vida terrenal.

Después de esto se dirigió a sus sacerdotes, sus cooperadores:

–¡No tengan miedo! ¡Siempre ataquen de frente, siempre! No piensen ni en su vida ni en su muerte, ni siquiera en los resultados. Todo está en mis manos. Esto será su tesoro y su gloria.

De vez en cuando el Salvador me decía que los sacerdotes no deberían pensar en lo que les pueda suceder en el futuro ni cómo deberán adaptarse a la nueva situación que posiblemente será dominada por el enemigo. En cambio ellos deben pedir gracias al Padre celestial y suplicar el perdón. En otra ocasión Jesús dijo a sus servidores:

–Sacerdotes míos, les di a conocer mis planes; vayan y llévenlos a cabo. Mientras haya tiempo ustedes deben hablar, escribir y trabajar; háganlo mientras la luz esté con ustedes, porque cuando la luz se les quite, será llanto y crujir de dientes.

Resistencia a los superiores

En 1941 Jesús me dijo: “Tienes que emprender valerosa y fervientemente la realización de mi plan divino (El apostolado de la reparación)”. En el mismo año, durante la cuaresma, vi cómo los superiores y algunos sacerdotes hacían planes para mi confesor. El Señor no aprobó sus propósitos porque se oponían al apostolado de la reparación y me dijo: “Ellos no deben contrariar mi divina voluntad. Mi meta es hacer que los sacerdotes regresen a mi Sagrado Corazón a través del camino escogido por Mí”.

Los superiores me dieron una pregunta para Jesús, en la que manifestaban que el proyecto de la reparación no podía comenzar sino cuatro o cinco años más tarde. Recibí la siguiente respuesta del Señor:

–Hija mía, dile a tu confesor, y a través de él a tus superiores, que la reparación debe empezar ahora para que Yo pueda salvar a los sacerdotes y a las almas consagradas. ¿Se puede posponer la cosecha si el grano ya está maduro? ¿O puedes hacer esperar a un huésped de alto rango cuando él quiere entrar a tu casa? Si ustedes no se apresuran, la lluvia y el granizo arruinarán la cosecha, y el huésped buscará otro anfitrión.

¿Puede suceder lo impensable?

Los superiores pensaban que sobraba tiempo para hacer reparación. Para ellos era increíble que la guerra pudiera perderse y que la contienda llegara a Hungría. “No puede ser”, dijeron, “no hay nadie en este país que quiera la guerra”, y pensaron en encerrarme en un manicomio.

Ni siquiera cuando sucedió lo impensable, quisieron admitir que en verdad ya había llegado el tiempo para que todo el país emprendiera muy en serio la orden de Jesús de hacer penitencia y reparación. Jesús, a petición de ellos, durante la guerra, hasta les había dado un signo. Jesús me dijo que la primera bomba que cayera en la ciudad destruiría el templo de Varosmajor. Finalmente, a petición del cardenal Mindszenty, se empezó la construcción de la capilla de la reparación. La comenzaría él mismo poniendo la primera piedra. Muchos llevaron piedras, en espíritu de penitencia, al lugar donde se iba a construir la capilla.

¿Quién será responsable?

El Señor advirtió:

–Si los superiores retardan el comienzo de la reparación, que contesten la siguiente pregunta: “¿Se hacen ellos responsables de las almas que se perderán, pero que podían haberse salvado por medio de mis instrumentos?” ¡Deben pensarlo tres veces antes de contestar! Yo, el Señor de las almas, no puedo dejar que culpen a otros por su irresponsabilidad. Los superiores deben obedecer mis deseos y dejarme actuar libremente a través de mis elegidos.

Resistencia a la petición del Señor

Cuando mis superiores decidieron cambiar a mi confesor a una escuela como maestro de religión, Jesús me dijo: “No quiero que el padre enseñe. Quiero que trabaje con sacerdotes y con almas consagradas. Estoy esperándolo en los sagrarios sucios y abandonados. No puedo vivir más entre las desmoronadas paredes de los templos ni en las Hostias que han empezado a descomponerse. No puedo tolerar que muchas almas se pierdan por la negligencia de muchos sacerdotes. Quiero que esta obra de reparación empiece tan pronto como sea posible”.

En otra ocasión, el Señor dijo hasta con mayor énfasis dirigiéndose a mi confesor: “Hijo mío, ven. Estoy esperándote a ti y a tus seguidores. ¡No tengan miedo de la tarea! Estoy con ustedes y permaneceré con ustedes. Confíen en Mí, síganme y entonces verán mis milagros en las almas y mi gloria en la Iglesia”.

Algunos resistieron al apremio de Jesús. Él les contestó:

– ¿Se sorprenden ustedes cuando una madre quiere salvar a su hijo de un peligro mortal? ¡Hipócritas! ¿No es el amor del Señor más grande que el de una madre? He esperado por siglos para empezar la purificación de mi Iglesia y destruir el pecado a través de mis sacerdotes, para derrotar a Satanás y manifestar mi poder que es más grande que cualquier poder.

En una visión vi cómo esta purificación empezaba abarcando todo el mundo; su rapidez y eficacia dependían del celo de los sacerdotes.

Fin del pecado, no fin del mundo

Cuando alguien le preguntó al Señor sobre el fin del mundo, Él contestó: “Está cerca el fin del pecado, pero no el fin del mundo. Pronto terminará la perdición de muchas almas. Mis palabras se cumplirán y habrá solamente “un solo rebaño y un solo Pastor”.

Vi a gente de otras denominaciones entrar en la Iglesia purificada y santificada, pero solamente después que el pecado sea vencido y Satanás encadenado.

¿Puede Jesús enviarnos mensajes hoy?

Jesús contestó así a los que no creen que Él pueda enviar mensajes:

–Sacerdotes míos, que Me aman, ¿cómo pueden creer que Yo no pueda enviarles mis palabras para que las almas mejoren? Yo les dije: “Estoy con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). ¿Puedo estar inactivo cuando estoy con ustedes? ¿Puedo estar mudo cuando sé que mis palabras pueden salvar miles de almas? ¡Puedo desenmascarar a los falsos profetas y lo haré! Si no pudiera, ¿cómo puedo ser el Dios de amor, luz y providencia? He pedido arrepentimiento hasta con los primeros hombres: Adán y Eva. He pedido arrepentimiento por medio de mi precursor, Juan el Bautista. ¿No les he puesto Yo mismo el ejemplo de reparación y vida de sacrificio? Esta es la razón por la que permanezco en los sagrarios, para llevar a las almas al amor y a la penitencia. ¿No es esto por lo que todavía vivo entre ustedes en los templos, en donde consuelo al Padre celestial tan ofendido? Entonces, si Yo mismo bajo hasta ustedes con tan noble gesto, ¿por qué se apartan de Mí?

Unos días más tarde, después de la sagrada Comunión, Jesús me dijo: “Si mis sacerdotes pudieran ver al mundo a la luz de la verdad, verían que lo he conservado solamente por las obras de reparación de los justos. Las oraciones y reparaciones de los justos mueven mi Corazón a tener misericordia con mi pueblo y a disminuir los bien merecidos castigos”.

Dignidad del sacerdote

Fue duro y difícil para mí llevar estos mensajes a los superiores, especialmente cuando se trataba de fuertes advertencias y reprensiones. Me era difícil escribir hasta una sola palabra por motivo de la santidad y dignidad de los sacerdotes. Sentía mi insignificancia ante ellos desde el momento en que el Señor me mostró su dignidad. Sacrificaría mi vida miles de veces por los sacerdotes. El Salvador –aunque censuró a los sacerdotes por sus pecados– los protege ante su Padre celestial. Él oró por ellos de este modo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen; si lo supieran, no Me ofenderían sino Me amarían. Por favor, ten piedad de ellos, cese tu justa cólera”.

Después de esta oración vi cómo el Salvador presurosamente llevaba sus gracias a aquellas almas sacerdotales por las que había rogado; las gracias llegaron a los sacerdotes en parte a través de inspiraciones y en parte a través de las palabras de otras personas.

–Hija mía, ora y sacrifícate por aquellos superiores que rehúsan reconocerme en las almas. Sufro mucho por esos superiores porque los amo y deseo que Me reconozcan en las almas confiadas a su cuidado. Reza para que la luz se haga en ellos. Que sepan que Yo soy el Superior de los superiores. Yo soy el único Señor y puedo actuar libremente. Soy aquel a quien nada ni nadie puede atar. Vicarios míos, deberían saber por qué les dirijo estas palabras tan duras. Mi reino no es el despotismo. Mi poder no es la fuerza. Si hablo, es por consideración a ustedes; obedezcan antes que sea muy tarde.

Luego de esto, el Señor no volvió a hablarme de los superiores por dos meses. Después vi de nuevo al Señor. Parecía muy triste mientras miraba a aquellos superiores que preparaban cuerdas para atarlo. Me dijo: “Quitaré a estos superiores de mi camino. Hija mía, escribe mis palabras con tu propia sangre y envíaselas a ellos: lo que he comenzado, lo terminaré; lo que deseo, lo conseguiré; si no ha de ser con ellos entonces será con otros”. Entendí que el Señor señalaba la muerte de algunos superiores; la muerte era una gracia para ellos, porque así se les evitaba un mal mayor: la continuación en sus errores.

Obstáculos

Desde 1943 el Señor ha pedido siete veces a los superiores que le quiten las cuerdas. En una ocasión me dijo: “Deseo que lleves mi mensaje a Roma y a los superiores de mi hijo, el padre G.; aparten de Mí los impedimentos si quieren ver mi gloria y quieren recibir mis bendiciones. Hija mía, es mi última advertencia a tus superiores. Si no permiten que, por medio de mi hijo (el padre G.), Yo fortaleza a esas almas debilitadas y cansadas, no podrán evitar mi castigo”.

Cuando el Señor me hablaba así, yo también sufría mucho. Hubiera preferido morir a ver a Nuestro Salvador en ese estado de agonía y escuchar sus quejas sin poder ayudarlo.

Justicia en lugar de misericordia

En una ocasión el Señor me reveló el secreto de las gracias perdidas. Me mostró dos grupos de almas. Las oraciones y sacrificios del primer grupo se elevaban al cielo hacia Él, mientras Él extendía sus manos llenas de gracias sobre la tierra. El otro grupo, que no llevaba una vida de oración y sacrificio, se burlaba del primero y le causaban una gran pena a Jesús. Ellos bloqueaban intencionalmente los esfuerzos de Jesús por derramar sus gracias sobre la tierra. Por eso Jesús me dijo: “Mira, querida hija: las almas buenas me piden las gracias y Yo se las daría de todo corazón, pero luego intervienen las almas malas y no dejan que Yo reparta mis gracias”.

Le pregunté al Señor cómo es posible que un espíritu malo pudiera llegar a oponer un obstáculo tan grande, y Él me contestó: “Lutero era un hombre e Ignacio de Loyola era un hombre. ¡Pero, qué diferencia entre las obras de ambos! La relajación y la tibieza de mis elegidos me causan tal dolor, que tú morirías de sufrimiento si pudieras sentir aunque sólo una parte. ¡Ay de aquellos que por sus acciones o falta de acción impiden que las gracias de Dios lleguen a la gente! No solamente serán juzgados los que rechazan las gracias, sino también los que impiden a otros recibirlas”.

– ¡Ay de ustedes, sacerdotes ingratos y tercos! ¡Cuán fácil sería para ustedes quitar todos los obstáculos! ¡Qué fácil sería para ustedes salvar a su país y al mundo! Pero su falta de fe Me mantiene atado hasta en aquellas almas en las que Yo podría llevar a cabo mi plan. Ustedes atraerán sobre sí mismos los golpes del justo castigo, porque sus faltas cancelan mis planes y mi voluntad. ¡Hija mía, mi amor misericordioso tiene que dejar paso a mi justicia!

La proximidad de los sufrimientos

Vi con los ojos del alma los sufrimientos que pronto tendríamos que pasar. Sin embargo, esta visión no era tan dolorosa como el ver al salvador sufriendo. Jesús me miró y dijo: “Hija mía, ayuna y ora por los sacerdotes que trabajan en contra de Mí. Ellos no viven de acuerdo a las  enseñanzas de la fe. Observo todas sus palabras y obras. Esto es solamente el comienzo de la angustia. Y si esto es solo el principio, ¿qué seguirá si ellos no se convierten?”

Vi a algunos religiosos en Roma, y también a algunos obispos locales, que actuaban contra Jesús. Por esto Él sufría tanto. Pero vi cómo soportaba pacientemente, esperando y esperando. En cuanto a los sacerdotes desobedientes, Él dijo: “Esta es su hora, ¡pero también mi hora viene ya!”.

El sufrimiento de escribir

Un día, durante la Misa, Jesús me advirtió que debía darme prisa para escribir sus mensajes y pasarlos, porque se acercaba rápidamente la hora en la que se me prohibiría todo esto. Comencé a quejarme desesperada de lo mucho que yo sufría por tener que estar trabajando siempre en estos escritos. Jesús no aprobó mis palabras y por un tiempo no se me apareció. Cuando regresó, me dijo: “Hija mía, ¿piensas que otros instrumentos míos, a los que Yo he hablado, no han sufrido lo mismo? Te aseguro que ellos trabajaron mucho y siempre recuperaron su fuerza. Siempre les di la gracia necesaria como lo hago también contigo”. De esta manera recuperé nuevos bríos para continuar.

Súplica de un milagro

Un día fui al Santísimo para pedirle ayuda a Jesús para los superiores que no acataban Su voluntad. Le pedí que hiciera un milagro, no uno pequeño sino uno grande, para despejar todas las dudas sobre el origen de los mensajes. El Señor me contestó: “¡Deberías dejar este asunto en mis manos! Mi hora no ha llegado aún. Cuando llegue, los ojos de todos se abrirán y el velo desaparecerá. Entonces todos aquellos que sufren y trabajan Conmigo ahora, se maravillarán ante mi obra maestra. Ellos saborearán sus frutos para siempre”.

Muchos no aceptaron esta respuesta, y yo volví a pedirle al Señor alguna señal. En tono severo Jesús me dijo: “Hija mía, hice lo que era necesario. ¿Por qué no pueden ellos aceptar esta respuesta? ¡Yo soy el Señor de mis siervos! ¿Por qué no toman mi mano y me siguen por el camino por donde ellos pueden reconocerme?” El Señor entonces mencionó cierta señal, por la que algunos casi lo reconocieron, pero aún estaban indecisos de tomar el camino correcto. Entonces el Señor dijo: “¿Por qué es alma, a la que Yo le di la luz, y casi me reconoció, se alejó de Mí? ¿Por qué ese superior en particular, influenciado por sus subalternos siguió atando mis manos? Él tiene el poder de permitir que mi sacerdote trabaje entre sus compañeros sacerdotes y entre mis almas consagradas para hacer reparación. ¡Ay de aquellas almas que ponen resistencia! ¡Pero más desgraciados aquellos que alientan a otros a no inclinarse ante Mí!”.

“¡Milagros, no!”

Después de cierto tiempo Jesús me dijo:

– ¡Mis sacerdotes deberían saber que ellos no pueden exigir ningún milagro! Este no es el tiempo de multiplicar panes. Este es el tiempo para la conversión milagrosa de los pecadores. ¡Si ellos creen, se salvarán; si no, sufrirán!

–No se aflijan por el hecho de que mis sacerdotes Me reconocen con tanta lentitud y Me desobedecen con tanta facilidad. Este es mi destino en la tierra. No resulta tan doloroso para Mí que las almas se Me acerquen tímidamente, pero taladra mi divino Corazón la manera en que algunos de ellos rehúsan reconocerme. ¡Hasta tú dudaste de Mí! Te aseguro que no sufrirás ningún daño a causa de mis mensajes.

“Yo soy el Todo”

Me había propuesto guardar silencio sobre los anteriores mensajes, pensando que Jesús podía lograr lo que Él deseaba sin mí, y así podía evitar la desazón que me causaba mi torpeza. Pero Él me dijo: “Hija mía, ¿no sabes que mi yugo es dulce para los que me aman? ¿Puede ser duro cuando es suave? ¿Puede algo dulce ser amargo? ¿Puede algo ser desagradable cuando es agradable? ¡Yo soy el Todo! Soy tu alegría, no solamente cuando te hablo sino siempre, también cuando te digo que hables de mis mensajes. ¡No puedes guardar silencio!

Mensaje al Papa Pío XII

Un día, durante la Segunda Guerra Mundial, Jesús expresó sus preocupaciones por Roma. Me dijo: “Es mi voluntad que lleves el siguiente mensaje a mi bendito hijo, el Papa: ‘¡No dejes el Vaticano! ¡Si sales, el enemigo lo destruirá inmediatamente!’ Se entregó el mensaje y el Santo Padre se quedó en el Vaticano. Una bomba cayó en Castelgandolfo (la residencia del Papa) a donde había pensado ir”.

–Hija mía, en el pasado dije al mundo que un Papa reinaría en este tiempo, que sería un hombre angelical, que viviría una vida santa. Su humilde santidad y su vida de penitencia por la humanidad me impulsó a derramar mis gracias sobre el mundo entero.

Una vez vi al Salvador secando las lágrimas de los ojos del Santo Padre, lágrimas que derramaba por los pecados del mundo. Fue para mí una experiencia conmovedora. Siempre amé y respeté al Santo Padre pero mi simpatía y mi amor han crecido aún más desde que Jesús me contó un sinnúmero de cosas de él. Jesús me dio este mensaje para el Papa:

–Hijo mío, mi hijo bendito, mira a tu alrededor y limpia las ciudades de aquellos que luchan contra la verdad y destruyen la vida auténtica. Pon guardias a las puertas de las ciudades, impide la entrada a los hogares de bestias aún más maléficas. En medio de tu arduo trabajo levanta tu vista a mi Madre Inmaculada; agarra su mano maternal y tomarás nuevo vigor. Ella te llevará hacia la montaña de la victoria, al lugar donde mis discípulos presenciaron mi transfiguración. ¡Confía en Ella! He puesto mi poder y mi reino en sus manos.

La cadena interminable de fuego

Ante el apremio de Nuestra Santísima Madre llevé a cabo la hora de reparación nocturna por los sacerdotes que habían abandonado a Jesús y a la Iglesia. Hacia la una de la madrugada, Jesús me habló: “Algún día todos verán la interminable y ardiente cadena a la que mis hijos sacerdotes están atados, por haber cambiado el confesionario, lugar de misericordia, en un lugar de pecado. Estas almas sacerdotales maldicen el confesionario incesantemente con gritos dolorosos desde el infierno, recordando los pecados cometidos allí”.

Entonces Jesús me enseñó algo raro, pues continuó diciendo: “Hace años envié una petición a Roma para que la Jerarquía de la Iglesia regulara el asunto de la confesión y cómo debía ésta llevarse a cabo”.

Jesús me hizo saber que Él no desea que los pecados contra el sexto mandamiento sean discutidos en detalle en la confesión: lo importante es la contrición sincera. Él continuó: “Han pasado cuarenta años y mi petición no ha sido tomada en serio. Todo se ha quedado igual. ¿Quién es  responsable de las almas de los sacerdotes que se condenan? El hecho de que los jefes de la Iglesia recomendaran el cuarto de confesiones en lugar del confesionario tradicional dio a algunos sacerdotes una nueva ocasión para pecar”.

Llamado a unos sacerdotes desleales

Jesús se dirigió de esta manera a un sacerdote que lo había abandonado a Él y a la Iglesia:

–Esta es mi hora para hablarte de nuevo: pero se acerca la hora en que tú deberás hablarme a Mí. ¡Mi querido sacerdote! Detente un minuto y piensa en tu sagrada vocación. Piensa cómo me rendirás cuenta de tu vida cuando entres en la eternidad. Tú, hermano mío, que te abandonaste y te entregaste al mundo, ahora que vives de acuerdo a los deseos de la carne, ¿eres feliz? ¡No puedes serlo! Mi amor, a causa de tu pasada lealtad, guardó una chispa de gracia para ti y ahora esta chispa, como la voz de tu conciencia, no te deja tranquilo. ¡Regresa a Mí! Mi Corazón es una fuente de misericordia. Si diriges a Mí tus ojos y olvidas al mundo, Yo olvidaré tus pecados; ¡pero si tú te olvidas de Mí, se te juzgará por tus pecados!

El manto de María

–Si rezas por mis sacerdotes, hija mía querida, acude siempre a mi Madre Inmaculada. Ella es la Madre de las almas sacerdotales; Ella escuchará tus plegarias y protegerá del peligro a sus hijos predilectos. Ella es su Reina y los cubrirá con su manto y velará por ellos con amor maternal para que no se condenen.

El manto de las divinas virtudes

Jesús exhortó así a sus almas consagradas:

–Mis queridos sacerdotes, me regocijo cuando veo que responden a mi amor y perseveran a mi lado en las dificultades. Revístanse con el manto de mis virtudes para que el gran enemigo de sus almas no se les acerque con sus astutas mentiras.

–Revístanse con mi manto de humildad. Sean ustedes las mansas ovejas en medio de los lobos hambrientos. Mírenlos con comprensión y oren por ellos incansablemente. Extiendan su mano con amor al ambicioso y al altanero, no les nieguen el beneficio de orar juntos. Muéstrenles la luz para que abandonen el camino de la arrogancia. Vengan a Mí y beban de la fuente de mi humildad. Si hacen esto, bendeciré la vida de esos pecadores con el sacramento del arrepentimiento sincero y salvaré sus almas de otros peligros.

–Revístanse con el manto de la amabilidad para servir. Traigan a la senda de la humildad a aquellos hijos míos sacerdotes que ya sienten una falsa seguridad, como si estuvieran en la montaña de la victoria. Digan a mis orgullosos hijos: “Yo, Jesús, amo a los pequeños pero acepto también a los grandes. Los acepto y los abrazo si trabajan para salvar las almas, si frenan su orgullo y crecen en la humildad. Los convertiré en apóstoles a causa de su vida de oración y penitencia”.

–Revístanse con el manto esplendoroso de la santidad. Que este manto brille en aquellos que viven en el abandono, los que están en la oscuridad espiritual y me buscan con timidez. No los juzguen. Son víctimas de la negligencia. A causa de la negligencia se han vuelto esclavos de la carne y del pecado. Irradien la luz de la gracia en la vida de todas las almas sacerdotales, aisladas y abandonadas. Fíjense en sus heridas y encuentren su curación. ¡Deben hacer el bien cuando aún hay tiempo! ¡No olviden que “Cuando lo hicieron con alguno de esos más pequeños, que son mis hermanos, lo hicieron Conmigo”! (Mt 25, 40).

– ¡Mis queridos hijos sacerdotes, hagan que su vida diaria irradie gozo y felicidad! Vivan aquí en la tierra la felicidad de las almas en el cielo. Con esto el mundo quedará limpio y podrá recibir la gran gracia de la futura paz mundial. Esta gracia llegará a su tiempo; ¡estén listos y oren!

“¡Vivan una vida mística!”

– ¡Mis queridos hijos sacerdotes! Me consuela ver cómo sus corazones me desean; cómo tienen sed de Mí y cómo puedo llenar sus corazones con mi presencia divina. Deben saber que Yo vivo en ustedes místicamente para que la gloria de mi Padre pueda ser revelada. Por lo tanto, vivan una vida pura, que no haya espacio para un amor desordenado a las creaturas.

“¡Háblenme!”

– ¡Mis queridos hijos sacerdotes! Su vida deberá ser serena y recogida. Deberán amar la oración contemplativa. Deberán amar los lugares tranquilos sin distracciones. En la quietud, observen cómo la gracia trabaja en sus almas. Piensen en Mí con frecuencia. Deberán amar el pensar en Mí. Cuéntenme sus pensamientos, sus preocupaciones, háganme compañía y platíquenme. En el momento santo de la gracia mística descansen en Mí. Notarán las gracias así ganadas cuando regresen a su quehacer diario. ¡Verán qué diferente será su modo de pensar, de trabajar y de hablar después de este encuentro Conmigo! Escucharán mi voz y la reconocerán inmediatamente. Si alguien tiene oído para  oír y sigue mi llamada, si está dispuesto a perder la vida del mundo y vivir en Mí, éste Me encontrará aquí en esta vida.

– ¡Mis queridos hijos sacerdotes! Quisiera reunirme con ustedes no solamente en el momento del Sacrificio del altar, sino también en la pesada vida diaria de este mundo, cuando el mundo y sus perseguidores los ataquen, cuando por mi causa son perseguidos injustamente.

– ¡Mis queridos hijos sacerdotes! Han oído lo que les dije: “Ustedes son sacerdotes para siempre según el orden de Melquisedec”. Han entendido que su camino por este mundo ha de ser corto y estrecho; acordaron no desear otros placeres y gozos fuera de aquellos que les esperan en la vida eterna. Aceptaron haber muerto Conmigo en la cruz y aceptaron esta muerte. ¿Por qué quieren entonces resucitar en este mundo? ¿Por qué buscan la perdición eterna? ¡En verdad les digo: “Encontrarán aquello que buscan”!

Acerca de la naturaleza

– ¡Mis queridos hijos sacerdotes! No deben pensar que es la naturaleza la que les provee su pan de cada día y todo lo que necesitan para sostener su cuerpo. No deben dar las gracias a la naturaleza, que es simplemente una servidora, sino al Dueño de la naturaleza. Cuando esta vida terrestre termine para ustedes, la naturaleza ya no tendrá ningún significado. Si hacen de la naturaleza su dios, morirán junto a ella para siempre. ¡Cuidado, no sean víctimas de la naturaleza! Me deben ver a Mí en todo. Vean mi Belleza en la belleza de la naturaleza. Cuando se recreen en su belleza, recréense en Mí, porque Yo soy el principio y el fin de todas las cosas, soy el origen del universo y nada se ha creado sino por Mí.

A un sacerdote arrepentido

– Yo, Jesús, soy la alegría y la felicidad eterna. Tú, mi querido hermano sacerdote, Me encontraste de nuevo a pesar de las oscuras nubes de la vida terrenal. Te he estado buscando por largo tiempo y te llamaba, pero tú antes no Me podías encontrar. Ahora Me has encontrado a Mí y Yo a ti. ¡Eres mío! Consérvate leal a Mí siempre, porque Yo te amo mucho. ¡Ven a Mí con confianza y no tengas miedo! Te envuelvo en mi Corazón. Infundiré en tu alma mi amor, mi eterna felicidad y mi santa paz. Te bendigo con mi fuerza divina, de manera que Me puedas amar con todo tu corazón y así ayudarme en la salvación de las almas.

Cómo ayudar a los agonizantes

– ¡Sacerdotes míos que me aman y están dispuestos a dar incluso sus vidas por Mí, escúchenme! Si los llaman junto al lecho de un moribundo cuya alma está a punto de dejar su cuerpo, no se molesten ni se quejen. ¡Dejen a un lado todo y corran a salvar esa alma!

Las palabras de la Sangre redentora

– ¡Sacerdotes míos! Ahora les habla la sangre que fue derramada en la cruz para salvar las almas, almas ahora confiadas a su cuidado. Esta Sangre omnipotente los purificó y santificó a ustedes también. De la misma manera ustedes deberán limpiar y hacer santas esas almas que deposité en sus manos en el instante de su consagración sacerdotal. Comuníquenles el secreto de su redención para que puedan venir hacia Mí, a donde estoy esperándolas. Les pido por mi Sangre redentora que no dejen que se pierdan las almas confiadas a su cuidado:

¡Ofrézcanles el agua-que-da-vida, porque tienen sed de Mí!

¡Ofrézcanles el Pan de vida, porque tienen hambre de Mí!

¡Denles el descanso, porque están cansadas de buscarme!

¡Díganles palabras de consuelo, porque el mundo las tortura!

¡Enséñenles a orar, porque están secas como el desierto!

¡Cúrenlas con la medicina del Cielo, porque el pecado las ha herido!

¡Enséñenles el camino de la libertad, porque el maligno las tiene atrapadas!

– ¡Sacerdotes míos! Para salvar a un alma deberán renunciar al mundo, con todos sus bienes pasajeros; renuncien a sí mismos. Llenos de santa esperanza, vuélvanse a Mí en el momento de la partida de un alma. Yo estoy escuchando su fiel llamada y con nuestras fuerzas unidas podemos vencer a la bestia infernal. ¡Confíen en Mí! ¡Aún aquellos que en el momento de su muerte se están dirigiendo a la perdición eterna, pueden alcanzar la vida eterna por la fuerza de sus santas oraciones!

“Escuchen mi llamado”

–Hija mía, ¡amo tanto a mis sacerdotes que pienso en ellos día y noche! Soy totalmente de ellos en el momento de la consagración de la santa Misa. Estoy a su lado en la dura tarea de su vida diaria y en sus diarios sufrimientos, y sin embargo, muchas veces ellos Me ignoran. Se colocan antes que Yo. Piensan que son más importantes que Yo. Les hablo, pero no Me escuchan; se aman sólo a sí mismos. Se tapan los oídos con el fango de la egolatría, la ambición, la vanidad, los celos, el orgullo y la altanería. De esta manera se ciegan y viven la vida, que les di como un regalo, en la ceguera y la sordera.

– ¡Sacerdotes míos, mis queridos sacerdotes! Escuchan mi llamada, vengan a Mí. Dejen el camino obscurecido por el humo del infierno. ¡Conviértanse, porque el tiempo se está acortando! Si Me pierden a Mí, nadie los podrá ayudar ya.

“Aceptaré sus plegarias”

Estaba rezando por los sacerdotes y por la Iglesia, cuando de repente nuestra santa Madre me habló:

–Mi querida hija, tus plegarias son bien recibidas. Vengo presurosa para librar a la Iglesia de sus ataduras y para salvar a aquellas almas sacerdotales que se encuentran en peligro de perderse. Bendije tus oraciones y tus sacrificios con mi Corazón Inmaculado y de este modo muchas almas arrepentidas han aceptado las gracias de mi Hijo.

Supe por Ella que por medio de mi penitencia muchas almas se habían arrepentido, no solamente en Hungría sino en otras partes del mundo.

La proximidad de los tiempos terribles

– ¡Hijos míos sacerdotes! Ahora mi Corazón se dirige a sus corazones: Vendrá un tiempo como nunca se ha visto antes en la tierra. Oren sin cesar por las almas y por ustedes mismos, para que el Padre celestial acorte estos sufrimientos, que no permita que perezcan aquellos que con sus plegarias y sacrificios mantienen al mundo. ¡Pidan misericordia!

–Les digo una y otra vez: “Aunque Yo retrase mi venida, porque estoy esperando que se conviertan algunos de mis hijos sacerdotes, ustedes no pueden demorarse en su tarea. Con cada minuto de demora, se alargan los sufrimientos de las almas. En cambio, cada conversión sin retraso, es una victoria para el Cielo”.

El Mediador

Le dije a Jesús:

–Señor, ¿por qué hablas a través de mí a tus sacerdotes?

–Tú no me has escogido a Mí, más bien Yo te he escogido a ti. Tu ofrecimiento incondicional y tu celo hicieron mi elección más fácil. Tú eres mi altavoz, para que muchos puedan oírme, entiendan mis palabras y hagan mi voluntad.

IV

ENSEÑANZAS DE JESÚS A SOR NATALIA

  1. ACERCA DE LA FE

Lo que es necesario para una vida mística

Una vez Jesús me dijo: “La vida de todo hombre viene del soplo de Dios y este soplo es el alma que mantiene la vida. Si Dios toca el alma, se encuentra Consigo mismo pues está unido Consigo en amor. El cuerpo es sólo un vehículo. Cuando Dios se encuentra a Sí mismo en un alma, el alma siente que el cuerpo ya no existe”.

De esta manera entendí que la vida es el soplo de Dios. Yo no me encuentro con Dios, sino que es Dios quien se encuentra Consigo mismo cuando Él toca mi alma.

Otra vez le pregunté a Jesús si en la santa Comunión Dios está dentro de nosotros o nosotros estamos en Dios. “Las dos cosas –me contestó Jesús-. Mi Cuerpo y mi Sangre están en ti. Yo vivo en ti y tú vives en Mí”.

La Madre de la Iglesia

Otra vez Jesús me dijo: “A través del bautismo cada uno puede recibir la gracia de experimentar a Dios en su vida. Satanás no puede saber lo que está sucediendo entre el hombre y Dios, porque no puede leer nuestro pensamiento. Él sólo observa a la persona y trata de adivinar por su expresión facial lo que le está pasando. Si lee maldad en su semblante, él está seguro de que la victoria es suya”.

En esta lucha debemos recordar lo que dice la Biblia: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje: ella aplastará tu cabeza, mientras tú acechas su calcañar (Gn 3, 15). La Santísima Virgen María se convirtió en la Madre de la Iglesia para cuidar siempre a sus hijos. Ella no pide más de lo que cualquier madre normalmente les pide a sus hijos: fe y confianza.

La unión con Dios

Dijo también Jesús: “Ustedes no deben estar tan ansiosos acerca del destino de los difuntos. Si quieren orar por ellos, sólo digan: ¡Jesús mío, yo no me inquieto por esta alma, confío en tu misericordia y bondad. Hágase tu voluntad; Tú sabes cómo quería esa alma! Ni tampoco deben estar angustiados de cómo hacerse santos. Sólo ámenme y sumérjanse en Mí. Piensen siempre en Mí y háblenme. Traten de encontrarme en cada momento de su vida. Yo soy el único que puedo hacerlos santos. Si ustedes viven así, lo que recibirán de Mí sobrepasará todas sus expectativas. La esencia de la unión Conmigo es el saber que Yo soy para el alma y el alma es para Mí”.

¿Dónde está Jesús?

Una vez que estaba totalmente agotada, sentí que Jesús no estaba conmigo. Asustada empecé a llorar y a llamar:

–Jesús mío, ¿dónde estás?

Entonces Jesús me contestó:

–Yo estoy siempre donde tú estás, pero tú no siempre estás donde Yo estoy.

–Jesús mío, ¡benditas sean tus palabras!

La santa Misa

 

Me había dado cuenta cómo en el purgatorio las almas están sedientas de la Sangre de Jesús. Le pregunté a Jesús de esto y Él me dijo:

–Mientras en la tierra se siga celebrando una sola santa Misa, mi Sangre seguirá cayendo abundantemente sobre la humanidad y las almas serán purificadas. La plenitud de este misterio es conocido sólo por la Santísima Trinidad y permanecerá un misterio hasta que la última persona deje la tierra.

–Jesús mío, ¿y qué pasará si solamente una santa Misa es celebrada en la tierra?

–Aún entonces mi Sangre será derramada abundantemente en las almas, tanto en la tierra como en el lugar de la purificación.

El amor de Jesús para los pecadores

Una noche, mientras conversaba con Jesús, al ver cómo amaba a los pecadores, le pregunté:

– ¿Hay algo en el cielo o en la tierra que pueda hacerte rechazar a los pecadores?

–Solamente el pecador puede hacer esto –me contestó-. Por lo demás, no hay poder en la tierra o en el cielo que pueda desviar mi amor misericordioso. Queridos hijos, todas las vidas tienen valor si éstas se viven en Dios. Pero como la naturaleza humana está inclinada a la maldad, ustedes deben confiar en mi amor misericordioso. Constantemente perdonaré sus fragilidades. Cuando su fragilidad los lleva al pecado venial (aquí enfatiza que Él no habla de pecados mortales) y ustedes sienten un sincero arrepentimiento por ellos y vienen a Mí, Yo los besaré, no por cometerlos sino por su contrición. Si ustedes caen diez veces al día, les daré diez besos por arrepentirse.

Lo más importante acerca de la perfección

Una noche le dije a Jesús al levantarme:

–Aquí estoy, Señor, para velar Contigo.

–No es importante lo que tú hagas –me contestó-, lo importante es que tú siempre estés Conmigo.

Leí un día en la Sagrada Escritura: “Sean perfectos” (Mt 5, 48), y, volviéndome a Jesús, le dije:

–Mi buen Jesús, ¿cómo puedes pedirnos semejante cosa? ¿Cómo podemos nosotros ser perfectos, cuando estamos agobiados de fragilidades y pecados?

–Si un alma vive en Mí –me contestó-, entonces Yo soy la perfección en ella.

Fiat

Jesús me dijo:

–En la tierra Yo repetí muchas veces: “Padre, hágase tu voluntad”, por lo tanto ustedes no tienen otra tarea más que repetir lo que Yo dije. Lo que Yo hice como hombre, lo hago aún ahora en mi Divinidad.

Cuando Jesús me dijo “en mi Divinidad”, Él me dio a conocer el significado profundo de esta palabra. Con su infinita gracia pude entender cómo Él constantemente vive este Fiat, al que frecuentemente se refiere. En el momento en que Él dice este Fiat, vi que su Humanidad y su Divinidad lo dicen simultáneamente. Vi claramente que la voluntad de Dios sería llevada a cabo aunque Él no hubiera creado ninguna creatura. Vi que el Fiat de Dios no tiene principio ni fin. Este Fiat es la encarnación de su voluntad, lo cual no es nada más que amor. Vi que este Fiat es un hilo que conecta a las creaturas y tiene dos líneas separadas, hechas por el poder de Dios y su voluntad. En relación a las almas esto significa: salvación eterna o condenación eterna. Sin embargo, mientras Dios pronuncia libremente el Fiat de la salvación eterna, pronuncia con renuencia, como si algo lo forzara, el Fiat de la condenación eterna. Con relación al Fiat de la salvación, Jesús me dijo:

–Hija mía, quería mostrarte cómo el alma debe llevar a cabo este Fiat. Si un alma lo dice, no solamente con palabras sino con su vida entera, entonces Yo me uno a ella en la misma manera como las Tres Personas de la Trinidad están unidas. Si Yo Me uno de este modo con un alma, tales almas no quieren saber, ver, poseer, amar ni gozar nada fuera de Mí. Si esas almas me son leales, Yo me comunicaré con ellas. En tal comunicación pueden conocerme a Mí como Yo Me conozco a Mí mismo. Tal alma verá y gustará del Cielo ya que Yo soy el Cielo mismo y donde sea que Yo esté y viva, allí encontraré gloria. Yo compartiré mi felicidad y gozo con los que son mi gloria. Los que vivan el Fiat experimentarán un gozo especial que reflejarán. Sin mi gozo, hasta un alma, ardiendo en el fuego de mi amor, puede perder su disposición espiritual y su tranquilidad.

Acerca del gozo, el Señor no quiso hablar del gozo mundano y pecaminoso sino del gozo del Cielo, santo, lleno de paz y tranquila serenidad, que da calor al corazón y se irradia a los demás. Este gozo puede fortalecer el alma y la llevará más cerca de Dios.

Yo soy un alma indigna, al vivir la realidad de este gozo, no por mi mérito, sino por la gracia de Dios. Experimenté a Dios en la parte más recóndita de mi alma. Jesús me lo explicó para que yo pudiera comunicarlo a los demás. Nunca había oído esto antes y soy inexperta en comunicar tales experiencias: por eso estoy un poco reacia a hablar de ello, porque tengo miedo que se me mal interprete.

Jesús me enseñó cosas maravillosas acerca del alma humilde. Un alma humilde casi fuerza a Dios a bajar hacia ella. Si un alma es verdaderamente humilde, Dios no puede resistir a su llamado. El secreto de los secretos es: ver todas las cosas en Dios, y entonces tú serás capaz de hacer todas las cosas con Dios. ¡Mundo insensato! ¡Hombres insensatos! ¿Cómo pueden buscar alguna cosa fuera de Dios? ¿Por qué Dios no les basta?

  1. LA PERFECCIÓN DE LAS VIRTUDES

Jesús dijo: “No debes pensar que Yo hago una excepción contigo. No. Yo derramo mi gracia abundantemente en todas las almas. Su única tarea es reconocerla”.

Jesús en su infinita bondad muchas veces tocó mi alma con la ternura de una madre que se inclina sobre sus hijos. En estas ocasiones trato de esconderme al reconocer mi mezquindad y quisiera convertirme en nada. Y cuando trato de esconderme en mi miseria, Jesús se me acerca y me trata aún más tiernamente. Él me subyuga y me instruye con amor sobre las cosas divinas. Algunas veces Él quiere que yo escriba lo que oigo y que lo comparta con los demás. Esto es lo que estoy haciendo ahora. Me es doloroso por mi miseria y obedezco aunque muy imperfectamente”.

En el otoño de 1942, al estar en mi corazón, el Señor me enseñó lo siguiente: “Hay tres cosas necesarias en las que Yo puedo construir mi trono en un alma en breve tiempo. Esas tres cosas son las siguientes: el cristal, un par de alas y una partícula de polvo. Me gustaría que mis sacerdotes, especialmente los que dirigen almas, hablaran con frecuencia de estas tres cosas”.

El cristal

–El cristal –dijo Jesús- simboliza no solamente la limpieza del cuerpo, sino también la limpieza del corazón y del alma. El alma debe estar limpia no sólo de pecados mortales, sino también de los veniales. Es más, el alma debe estar limpia de malas intenciones y de negligencias. La infidelidad, aun en las cosas de poca importancia, también mancha el alma. Para alcanzar esta limpieza son necesarias cuatro cosas:

  1. Negar al cuerpo todo lo que sea un placer desordenado.
  2. Limpiar el corazón del apego a aquellas cosas que no se originan en el amor de lo sobrenatural.
  3. Alejarte de toda cosa que te conduzca a hacer el mal.
  4. Alejar de tus pensamientos lo que es terrenal, todas las preocupaciones del pasado, presente y futuro, porque todo esto empaña el alma y Me impide unirme a ella.

Un par de alas

–Estas simbolizan la libertad del alma. El alma debe estar libre del cuerpo, del amor de las creaturas, del mundo y al mismo tiempo estar llena de cosas santas. El alma debe estar libre hasta del deseo de guiarse a sí misma, porque Yo puedo elevar solamente a un alma verdaderamente libre.

La partícula de polvo

–El polvo simboliza la humildad. Es necesario que el alma reconozca quién es sin Mí. Por eso es necesario que se humille en mi presencia y ante los demás. No puedes permitirte el pensamiento de que eres “alguien”, porque en el momento en que esto entra en tu mente, te distancias de Mí y pierdes mi gracia. Si un alma sinceramente reconoce su miseria y se golpea el pecho implorando perdón, si se regocija en el hecho de que no es nada en verdad y no vale nada, y si este pensamiento no le causa dolor es porque está muy cerca de Mí.

–Esta alma no se sentirá herida si Yo le llamo la atención por sus faltas porque ella sabe que la santidad no consiste en no caer sino en la voluntad de levantarse otra vez. En el pleno conocimiento de su pequeñez, dicha alma confiará completamente en Mí, y vendrá a Mí con confianza y amor, no sólo para recibir mis regalos, sino también para hacer reparación por sus faltas y consolarme. En su humildad, dicha alma siente que es digna de la condenación y no de la gracia. Por eso, sin darse cuenta, esta alma está haciendo una escalera de oro con la cual escalar, desde su profundidad, las alturas celestiales. Al mismo tiempo, esta alma Me obliga a bajar hacia ella y a poner mi trono en su corazón.

Mientras el Señor me hablaba de estas cosas y en particular de la libertad del alma, vi a una cierta alma que no era capaz de alcanzar su libertad porque estaba llena de admiración por sus habilidades, su cuerpo, su belleza y se complacía en esta vanidad. Esta alma se tranquilizaba con el pensamiento de que esto no era una falta porque veía y reconocía las mismas cualidades en otros también. Estos pensamientos no le gustan a Dios, y son peligrosos porque dejan la conciencia en una falsa paz. Vi que esa alma estaba encadenada y vi también que el Divino Salvador no conseguía entrar en esa alma con su belleza y gracia.

En verdad un alma recibe las gracias divinas sólo si está completamente libre. Vi obstáculos también en otras almas que impedían la entrada total de la Luz divina. Esas almas irradiaban solo a su alrededor, pero dentro sólo había oscuridad. En cambio, aquellas almas que no impedían la entrada de la Luz divina irradiaban desde adentro. La Luz divina las penetraba hasta su más profundo ser y las santificaba. Solamente en estas almas el Señor se complacía y encontraba en ellas gloria, belleza y santidad. ¡En ellas Él era todo!

El valor de un alma humilde

En una ocasión el Salvador me hizo ver a una superiora muy humilde, y me dijo:

–Hay entre mis esposas algunas muy ciegas que no se dan cuenta lo que Yo Me bajo hacia ellas a través de sus superioras. Son tan frías que no se dan cuenta de lo que Yo derramo en sus almas a través de sus superioras. Hija mía, mis palabras son verdad: el alma humilde tiene un valor tan grande ante Mí que, si Yo no hubiera creado al hombre, lo crearía sólo por un alma así. Si Satanás pudiera recibir la gracia, es decir, si Yo le permitiera vivir por un momento junto a dicha alma humilde, esto lo afectaría tanto, que junto con sus legiones de ángeles caídos, vendrían a Mí más rápido que un alma fría y endurecida y me pediría perdón. Oh esposas mías, ¡ustedes están caminando en la luz de mis gracias y todavía siguen ciegas! ¡Ustedes viven junto al fuego y todavía siguen frías! Pero Yo te digo que vendrá el tiempo en que se calentarán al lado de sus excelentes superioras y sus ojos se abrirán.

Mientras Jesús hablaba así, yo pude ver la humildad de cierta persona y se me permitió escribir lo siguiente. Vi un profundísimo valle del cual salían enormes llamas, y oí una voz que dijo: “Las más grandes llamas salen del más profundo valle”, y entendí que el valle es la humildad y la llama, el amor de Dios.

Jesús me enseñó a nunca sentirme ofendida. Eso era algo que yo tenía que aprender bien, y Él me resumió en tres puntos lo que debo hacer cuando me ofenden:

  1. Cuando tú estás herida, en seguida reflexiona que Yo ya lo sabía de antemano y lo permití.
  2. Por favor, acéptalo y perdónalo, aunque en este caso no tenga la razón, porque tú debes humillarte por otros pecados secretos.
  3. Si es posible no cuentes a nadie lo que te pasó.

Jesús escondido en el superior

El Salvador añadió:

–Oh, si mis esposas adivinaran qué tan triste está mi alma, cuando Yo les ofrezco mis gracias a través de sus superioras y ellas en cambio la rechazan con sus murmuraciones y críticas. A través de sus superioras Yo les ofrezco no sólo mis tesoros, sino también a Mí mismo. Pero ellas me rechazan porque quiero enseñarles mi camino y no sus caprichos. Si no aceptan estar Conmigo a través de sus superioras, entonces Yo no puedo mirarlas como mis esposas, sino solamente como unas sirvientas cualquiera. El título de esposas es solamente para aquellas que viven en concordia y sacrifican sus vidas por la comunidad. Si las almas consagradas al servicio de Dios quieren ser reconocidas como esposas, entonces no deben vivir según sus caprichos sino conforme a mi voluntad. Ellas deben recibir con alegría lo que Yo les envíe, ya sea a través de sus superiores o de las circunstancias.

Discernimiento

En otra ocasión el Señor me instruyó:

–No les está permitido distinguir entre los superiores. Ellos son designados de acuerdo con el reglamento. Tan pronto uno es superior, éste me representa a Mí. Es una falta grave no mirarlo así. Ellos son responsables, y serán llamados a rendir cuentas, por las almas que les han sido confiadas. Aquellos que los desprecian y los desobedecen son culpables de una grave falta porque me desprecian a Mí. Me gustaría escribir en sus almas con mi propia Sangre: “Yo estoy en ellas solamente cuando ellas están unidas con sus superiores, y sólo en la medida en que me reconozcan en sus superiores”. El alma que me reconozca en sus superiores encontrará que su amor se une con el mío, como una gota de agua se une al océano, ni buscará sus intereses sino los míos.

Unas palabras del Señor a los superiores

–Los superiores deberían esforzarse por el perfeccionamiento de sus hermanos así como por el propio. Si ellos ven una piedra en el camino, es su deber apartarla y preocuparse que estas piedras no se amontonen allí para que no creen un muro de separación entre Mí y mis consagrados. Los superiores deben estar alerta y prevenir los males que puedan causar la pérdida de una vocación.

El Señor me mostró las faltas de los religiosos: la pérdida del amor de uno hacia el otro, las antipatías, la falta de paciencia, la hipocresía, etcétera. Estas son las piedras que los superiores deben tratar de quitar.

La pobreza

Alguien me preguntó acerca de las enseñanzas del evangelio sobre la pobreza. Jesús me respondió:

–La persona que piensa que es pobre porque solamente tiene un cuartito, está equivocada. Lo que importa es que el alma no esté apegada a los bienes de este mundo, ya sean personas o cosas. Si tú Me colocas antes que todas las cosas, entonces puedes vivir en un palacio dorado, y eres pobre. Si tú posees algo, da gracias a Dios, y si lo pierdes, da igual gracias a Dios. Si alguien necesita algo que tú tienes, dile: “Aquí está, es tuyo”. La esencia de la pobreza es que las cosas del mundo no absorban tu alma, que tú puedas correr libremente hacia el Señor. Ser feliz si tú tienes, pero también estar listo, a la hora que sea, a devolvérselo al Señor, pues son sus regalos.

“Lo que es mío es también de ustedes”

Un alma que le era muy fiel a Jesús una vez me pidió que le preguntara a Jesús qué más podía hacer ella. Jesús le contestó: “¡Ámame! Tu amor hace que nuestros dos corazones se unan en el amor. Yo quiero darte grandes gracias, pero tú debes renunciar a muchas cosas materiales. Tú debes usar las cosas materiales como si no existieran, o como si tuvieran una única finalidad de ayudarte a unirte más a Mí. Para ti no debe haber nada ni nadie sino Yo. Cuando estemos unidos en el amor, tu vida y todo lo que es necesario para su mantenimiento, vendrá a ser de mi incumbencia. En recompensa por este amor, lo que es mío es también tuyo”.

Esta verdad se manifestó en mi propia vida cuando yo tuve que renunciar a todo, después de la guerra, hasta la última aguja, lo que fue muy difícil de hacer. Lo más difícil es renunciar a lo que nosotros menos queremos renunciar, cosas sin las que nosotros nos imaginamos que no podemos estar. Pero una vez hecho este sacrificio, en seguida el alma llega a sentirse tan libre que aunque en ese momento pudiera recuperar esas cosas que tanto ha estimado, no lo hace por el gozo de sentirse libre.

Cuando entendí esto claramente, fue como si me hubiera abierto un libro: de repente vi la gran cantidad de tesoros que estaban escondidos en esta enseñanza. Realmente es difícil expresar lo que está contenido en las palabras de Jesús: “No busques consuelo en las cosas materiales, sino en Mí. Sírveme en alegría y felicidad”.

Amargura

–No me gusta que te complazcas en la amargura. Cuando estás en gracia, no tienes motivo para estar triste. A veces tú les dices a todos lo que te duele, buscando consuelo, y Yo soy el último a quien tú recurres. ¿Por qué son tan sólo las cosas del mundo que te causan alegría? Me gustaría ser el primero, el más amado por ti, el primero a quien recurras cuando tengas problemas. Si tú confías solamente en Mí, no tienes motivos para tener amargura.

La lengua es un puñal

–Hija mía, la lengua es como un puñal; causa heridas y hasta puede matar espiritualmente. La persona que hiere con la lengua a su vecino está en el camino de la perdición, todo su trabajo está destinado al fracaso. Y a las personas que se sienten heridas por los pecados de la lengua les digo: “Deben tomar esta humillación con serenidad y humildad, porque nada es útil para el alma como la humillación. Recuerden: Yo fui humilde. Mediten en esto. Yo quiero vivir en las almas profundamente humildes.

Ayuno

–No es suficiente ayunar a pan y agua. El ayuno debe incluir también la abstinencia de la ira, de la murmuración, de las ofensas. Sin esto, su ayuno y sus oraciones serán en vano, y Yo no los escucharé aunque ustedes oren con los brazos extendidos. Con frecuencia sus labios están todavía mojados con mi Sangre de la sagrada Comunión, y sin embargo, me ultrajan. Y por eso que sus noches de vigilia y sus brazos extendidos no surten efecto.

La más pequeña espina

En una ocasión Jesús me dijo:

–Yo te regalé, para toda tu vida, el dolor de una de mis más pequeñas espinas de mi corona. No importa que tu naturaleza esté en contra del dolor. Lo importante es que tú lleves esta espina con amor; bendíceme y glorifícame por esto, como lo harás por toda la eternidad. Mientras tú sientes el dolor de la espina, tu corazón se levantará hacia Mí, y mientras tu corazón esté Conmigo, no sentirás el dolor. Tú Me puedes probar que realmente Me amas si aceptas estos sufrimientos de mi mano divina. ¡Por eso recibe con amor los dolores causados por la espina!

Los dos enemigos más grandes

Jesús me dijo que debemos estar en guardia contra Satanás y contra el amor propio, que son los dos enemigos que nos llevan al pecado. Si alguien te hace una observación, acéptala sin discutir. Tu amor propio se sentirá herido por esto. Corre con Jesús y dile: “Mira, Señor, éste soy yo”. Tampoco hay que argumentar con Satanás, porque él encontrará siempre algo para separarte del amor de Jesús. Tú nunca debes dar un paso que te saque de tu unión permanente con Jesús.

Depresión

La más efectiva herramienta en las manos de Satanás en contra de nosotros es la depresión, el espíritu abatido, la tristeza. Con esto Satanás quiere acorralarnos dentro de la desesperación y privarnos de la ayuda de la gracia. En este estado de ánimo hay que repetir: “Jesús mío, Te amo”. Entonces Satanás desaparecerá

Una vez Satanás me tentó, diciéndome:

– ¡Maldíceme!

– ¿No estás lo suficientemente maldito? –le contesté.

– ¡Solamente maldíceme! ¡Me gustaría que tú expresaras odio! ¡Si tú lo haces, tendré un desquite con Él!

Amor indulgente

Yo pensaba en mis faltas y cómo podría corregirlas, cuando oí que Jesús me dijo:

–Si tú no tuvieras faltas, Yo te las daría. LO importante es que tú Me ames siempre. Si tú Me amas, Yo no veré ni me fijaré en tus faltas y pecados. El amor me ciega. Tú siempre estarás imperfecta. ¡Si Yo esperara hasta que tú te limpiaras, Yo nunca podría amarte!

“Hágase tu voluntad”

–Tú no debes querer nada, ni vivir ni morir. Porque cuando tú deseas algo, esto no me permite hacer mi voluntad en ti. ¡No! Ni siquiera tú debes querer ser una santa. Porque si tú quieres la santidad, tú no la puedes alcanzar al grado en que Yo puedo concedértela. Si tú no quieres nada, entonces mi voluntad obra en ti completamente, porque Yo mismo soy la perfección y la santidad en ti. Puesto que tú eres imperfecta y miserable creatura, tú no eres capaz de querer algo que sea realmente perfecto, noble y santo. Es por esto que tú debes dejarme a Mí que quiera en ti todas las cosas. Por eso di con frecuencia: “Hágase tu voluntad”. Yo, el Hombre-Dios, hago lo mismo aún ahora.

Jesús entonces me enseñó a no pensar en cómo convertirme a mí misma con mi propio esfuerzo. El esfuerzo humano ata sus manos, pone límites a su libertad. Si Satanás ve que no puede obtener un alma, para hacerlo usa su última arma: empieza a incitar en el alma el deseo de un mayor grado de santidad. Con esto el alma empieza a concentrarse en sí misma y no en Dios.

Si yo sé que estoy en estado de gracia pero todavía me atormenta el pensamiento de mis pecados pasados, yo debo decir: “¡Aléjate, Satanás! Ya sé que yo no soy nada, pero Jesús me ama como soy”. Nosotros debemos correr a Jesús y pensar solamente en Él.

Pureza

Jesús dijo: “Hija mía, el alma está limpia solamente si Yo vivo en ella. Hay una sola cosa a la que Yo no puedo resistir: el amor”. Yo le pregunté: “Jesús mío, ¿qué es lo que Tú amas en mí?” Me contestó: “¿Qué más puedo Yo amar en ti sino a Mí mismo? Tú solamente ámame, calladamente y en paz, y no te preocupes por ninguna otra cosa. Si tú estás ocupada con alguna cosa, que no sea Yo o Mía, Yo no puedo hablarte”.

Lamentación

Jesús dijo: “El hombre quejumbroso hiere a mi divina bondad con innumerables pecados. Los lamentos de una persona así, generalmente vienen del egoísmo, de la envidia, de las mentiras y del orgullo. Muchos, muchísimos son condenados por pecados de la lengua”.

Mensaje de la Virgen a un alma angustiada

–Querida hija mía, es penoso para mí que tú dudes. Confía en mí aún al grado de parecer tonta. Yo no te dejaré caer. ¿No soy yo una Madre amorosa? ¿No soy yo mejor que tú? Sé contenta y feliz con el destino que mi Hijo ha marcado para ti. Pon tus propios planes dentro de mi Corazón maternal. De esta manera tú serás agradable a mí y a Jesús. Como ustedes quieren a sus hijos y los cuidan, Yo los quiero aún más y cuido de ustedes. Yo te llevo en la palma de mi mano y te baño con mis gracias, en proporción de como tú te aferres a mí.

–En respuesta me gustaría pedirte que sonrías siempre cuando tú me hables a Mí, a tu familia y a todos los que encuentres. Podría ser este el pan de gracia diario hasta tu muerte. Siempre que tú sonríes a alguien yo te sonrío a ti. Este será el secreto de amor entre nosotras dos. Tú debes leer mis mensajes, especialmente cuando la amargura de la vida te llegue al corazón.

  1. VIDA DE ORACIÓN

¡Sólo mírame!

–Tú solamente tienes que mirar a Jesús, pensar en Él y abrazarlo. Si tú haces esto, Él te abrazará en silencio. Míralo en silencio y permítele crecer en ti mientras tú estás disminuyendo. Tú debes gozarlo, verlo, sentirlo y disfrutar su mirada. Tú debes descansar en Él y experimentar su amor divino.

Adviento

En noviembre de 1985 le pregunté a Jesús:

–Querido Jesús mío, ¿cómo debemos vivir durante este Adviento?

–Tú debes vivir en silencio total –me contestó-, tanto del cuerpo como del alma. Vive una vida santa, adora mi divinidad y mi humanidad, que fueron escondidas dentro del Corazón de mi Madre Inmaculada. Tú que vives en el seno de mi divino amor debes esperarme y recibirme con el calor de tu corazón limpio. Si tú quieres alabar a mi Madre Inmaculada en este santo período de Adviento, reza el Ave María, tres veces al día, de rodillas. De rodillas, porque Ella recibió el saludo del ángel y la encarnación del Verbo de rodillas. Es un pequeño sacrificio que mi Madre recibe con gran alegría y te recompensará con la gracia de la humildad. Además Ella te llevará más cerca de Mí, hacia el Verbo que se hizo hombre en Ella.

Orar es amar

–¡Estate ocupada Conmigo, no contigo misma! –Jesús me dijo en muchas ocasiones-. Si tú haces esto, nos volveremos uno en el amor. ¿Por qué necesitas tú correr a mis brazos? ¿Por qué no me permites hablar? ¡Ámame! ¡Bendíceme! En mi vida terrenal Yo siempre alabé a mi Padre celestial. Como Hijo suyo, Yo lo bendecía por todas las cosas que me pasaban. Yo siempre estaba en Él. Alábame, adórame, bendíceme. Pide que Yo esté en ti en cada momento de tu vida, en cada palabra que tú pronuncies, en cada pensamiento que pase por tu mente y que Yo sea tu meta final para que tú puedas subir desde la profundidad hasta la cumbre.

Cómo orar

Jesús resumió cómo debemos orar todos los que queremos ir más allá de las oraciones convencionales:

  1. Vive siempre en la santa presencia de Dios.
  2. Experimenta como una verdadera realidad que Yo vino en ti.
  3. Encuéntrame en cada momento de tu vida, como Yo te encuentro a ti.

–Jesús mío –le pregunté-, ¿qué debo hacer para no perder tu presencia cuando hablo con los demás?

–Aún entonces quédate en Mí –me contestó-. Nunca des un paso fuera de Mí. Mientras tú escuchas atentamente a tus hermanos, ofréceme su caso y su alma. Si Yo te envío alguien que te pida oración y te pide suplicar para que pueda recibir algún favor, sólo responde: “Sí, lo haré”. Yo te escucharé cuando realmente esa persona lo necesite. Pero si esto es en perjuicio de su alma, Yo me rehusaré.

Desde entonces actúo siempre según este consejo de Jesús. Mientras mis hermanos hablan, los escucho en Jesús, los ofrezco a Él y oro por ellos. Cuando Jesús me mostraba cómo Él sufría en ellos por causa de sus malos hábitos, entonces yo me proponía hacer penitencia por ellos. Yo hago esto por todos los que encuentro en mi vida.

Jesús me dijo muchas veces que Él no puede aceptar algunas oraciones porque la persona no confía en Él totalmente. A veces nosotros queremos que Él arregle nuestros asuntos a nuestro modo, y no pensamos que Él es el único que sabe qué es lo mejor para nosotros, el que puede arreglar nuestros asuntos para nuestro beneficio y alegría.

Yo estoy en ellos

A veces, cuando hablaba con las personas, decía: “Jesús está aquí, presente, a nuestro lado”. Pero Él me corregía: “No, hija mía pequeña, no. ¡Yo no estoy a tu lado, ni entre ustedes, sino dentro de ti, dentro de ustedes!” Entonces Él me demostró que Él está vivo en cada alma. Además, aprendí también, lentamente, que yo mientras oraba, no debía imaginarme a Dios en las nubes mientras oraba, sino que yo debía buscarlo en mí. Dios está mucho más cerca de  nosotros que lo que nosotros estamos de nosotros mismos. No hay obstáculo, pues, para hablarle en cualquier momento. Esto me dio alas.

Mientras decía mis oraciones diarias me sentí como en un vuelo encumbrado que nunca había experimentado antes. Antes me sentía impaciente cuando rezaba mis oraciones diarias y deseaba terminarlas rápidamente. A pesar de esto, sentía la dulzura de Jesús; pero cuando entendí esto, mi oración se volvió sin fin, una escucha amorosa. Por eso recomiendo esta clase de oración a todos mis hermanos, si quieren vivir una profunda vida de oración.

Jesús me dijo que si alguien viene a mí, yo lo reciba como su Madre Inmaculada lo recibió a Él. Un día le pregunté:

–Querido Jesús, ¿es un placer para ti si yo hago feliz a una persona que vive en pecado mortal?

Entonces Él me mostró un alma en pecado mortal. Para mi gran sorpresa Él no había salido de aquella alma, Él todavía vivía en ella. Pero, ¿cómo? Exactamente como yo lo había visto a Él muchas veces en el camino del Calvario: todo su cuerpo cubierto de heridas. Él estaba tan desfigurado que ni aún su bendita Madre podía reconocerlo a primera vista. Ella pudo reconocerlo solamente por sus ojos. Así es como Jesús se veía en esa alma. La sangre fluía de sus heridas. Él me miró con ojos llenos de dolor, pidiendo ayuda y exclamó: “¡Ayúdame! ¡Ora por esta alma! Sacrifícate por Mí, para que Yo salve a esta alma”.

Yo así aprendí que tenemos que rodear a los pecadores aún con más amor, porque Jesús sufre en ellos y de esta manera podemos ayudar a Jesús.

Una vez le pregunté a Jesús:

–¿Cómo puedo encontrarte en cada momento de mi vida?

–Mi pequeña hija –me respondió-, si tú tienes éxito al finalizar un trabajo, o te regocija en algo, di en seguida: “¡Bendito sea Dios! ¡Gracias!” Y cuando no tengas éxito, debes repetir lo mismo, porque también en este caso Yo merezco tu gratitud porque tú no sabes qué clase de tesoro te estoy preparando por aceptar de mi mano el fracaso o el sufrimiento.

–Si alguien me bendice en medio de problemas y sufrimientos, hizo todo lo que el hombre puede hacer. Yo no deseo más. Esto es más valioso que si se azotara a lo largo de todo un día o rompiera rocas de la mañana a la noche.

–Desde que tú eres mía, esto es suficiente para que tú seas feliz, ya sea que tú experimentes felicidad o tristeza. Tú debes servirme con alegría y hacer felices también a los demás. Hay muchas almas que están cerca de Mí, pero que todavía no pueden encontrarme en cada momento de su vida. Tanto la alegría como la tristeza pueden separarte de Mí si tú no aprendes a estar Conmigo todo el tiempo. Pero si, tú estás siempre Conmigo, entonces la alegría y la tristeza te serán indiferentes.

¿Qué debemos hacer para convertir a alguien?

Jesús envió un mensaje a un sacerdote quien en su fervor quería convertir almas y almas a toda costa, hasta usando la fuerza y por eso siempre vivía ansioso y preocupado. Jesús me dijo debía contestarle:

–El padre X. no debe hacer nada por la fuerza. Él debe unirse a Mí con más frecuencia. También el éxito de su trabajo pastoral debe confiármelo a Mí. Si descansa en Mí y encuentra paz en Mí, entonces sí tendrá éxito. Él está equivocado si piensa que debe usar la fuerza para lograr resultados. En el alma del padre X. hay un ardiente amor por Mí, él está buscándome, pero no debe querer tener resultados por él mismo y sin Mí. Su ansiedad le impide la unión Conmigo.

  1. REPARACIÓN

 

La efusión de la gracia

Dijo Jesús:

–Muchos que intentan hacer reparación, lo hacen imperfectamente. En algunos casos aún la mentira puede entrar. Hay un solo camino seguro: unir su esfuerzo de penitencia con mi Madre Inmaculada. Con Ella la reparación  será perfecta. Aún si la oración y penitencia están hechas con distracciones, cansancio y otras cosas, serán corregidas por la ayuda y la fe de la Madre Inmaculada.

–Yo aceptaré las oraciones y penitencias de tu pequeño grupo de oración. Su esfuerzo de reparación Me es agradable, porque en la luz de sus imperfecciones ustedes pidieron ayuda a mi Madre Inmaculada. La oración y la reparación traen muchísimas gracias del cielo, ¡pero son tan raras!

La oración más agradable

Un día, durante mi oración de reparación, el enemigo de mi alma me dijo: “Tus oraciones no son dignas, tú estás desperdiciando el tiempo”. Él me dijo esto tan serena y convincentemente, que yo casi pensé que era Jesús, por lo cual me volví a Jesús diciéndole: “Mi Señor, ¿cuándo es que mi oración es realmente agradable a ti?” Él me contestó: “Cuando tú olvidas todas las cosas de tu alrededor, cuando te sumerges totalmente en Mí y no permites que nada de lo que pasa a tu alrededor te perturbe”. Más tarde le pregunté: “¿Cuándo es que yo estoy totalmente inmersa en Ti?” “Cuando en mi presencia te sientas que todo tu cuerpo esté dormido, y al mismo tiempo tu alma esté despierta en Mí”.

La flecha dorada

El Salvador una vez me dijo: “Maldecir es como una flecha ponzoñosa que hiere mi Corazón. Hija mía, Yo quiero que tú hagas reparación por las maldiciones y las blasfemias contra mi Nombre; de esta manera Yo te daré una flecha de oro”. Entonces Jesús me enseñó la siguiente oración:

Alabanza, veneración,

amor y adoración

sean dados al Santo Nombre de Dios

por todas las creaturas que viven en el cielo,

en la tierra y debajo de la tierra.

Especial adoración y alabanza

sean dadas al Divino Nombre de Jesús,

presente en todos los sagrarios,

y también a su sagrado Corazón

y al Inmaculado Corazón de María.

Oh mi Jesús,

deseo que tu amorosa sed de amor

por las almas sea siempre satisfecha,

y que todos los corazones de los hombres

Te amen y Te consuelen. Amén.

V

LA VICTORIOSA REINA DEL MUNDO

El Rey y la Reina

Fue en la festividad de Cristo rey de 1939 cuando tuve la visión del Salvador como mi real esposo. Su figura era majestuosa y su rostro muy hermoso. Todo irradiaba amor. El manto real colgaba de sus hombros y una corona de tres piezas brillaba en su cabeza.

Cuando estoy frente a un hombre ilustre, mi corazón late con fuerza, pero en ese momento no. Sentí que Él me atraía a su divino Corazón con su ardiente amor. Esto sucedió con tal fuerza que corrí hacia Él y me postré a sus pies. Él se inclinó y me levantó, cubriéndome con una punta de su real manto.

–Mi Salvador y mi Rey –grité-. ¡Por favor, reina siempre en mí!

–Mi real trono está ya en tu corazón –me contestó-. En ti mi reino está completo. Pero donde reina mi amor, será levantada mi cruz.

Entendí que Jesús quería algún sacrificio de mí. Me volví hacia Él con alegría, dispuesta a obedecer, y le dije:

–Mi buen Jesús, quiero que reines en mí según tu voluntad; ¡estoy dispuesta a llevar la cruz por ti!

Él me miró complaciente y mientras yo descansaba en su pecho, pude ver cómo Él lanzó una mirada a todo el mundo. Comprendí que anhelaba algo.

– ¿Cuál puede ser el deseo de tu Corazón? –pregunté-. Él se inclinó hacia mí con indescriptible amor y me dijo:

–Si el mundo reconoce al Hijo como Rey, es justo, correcto y propio que la Madre del Hijo reciba el honor de Reina. Es por esto que Yo quiero que mi Madre Inmaculada sea reconocida por todo el mundo como la Victoriosa Reina del Mundo. ¡Este reconocimiento debe ser proclamado abierta y solemnemente!

Cuando el Salvador dijo “solemnemente” vi que de una brillante nube salió una maravillosa procesión. No puedo describirla en detalle, porque era una procesión celestial y el lenguaje humano no es apto para describir las cosas celestiales. Jesús, sin embargo, la miró con gozo. Vi entonces que los ángeles llevaban un trono celestial y sentada en el trono como una reina, a la Santísima Virgen. Llevaba un real manto y una triple corona. La corona tenía una referencia especial a la Santísima Trinidad, ya que la Virgen es al mismo tiempo hija, esposa y madre de Dios.

La Virgen María tenía el cetro de Reina en la mano derecha y una esfera en la izquierda. En la esfera estaba sentado el Niño Jesús, también en pompa real, pues sobre la cabeza de Jesús vi también una corona. En la mano izquierda del Niño había una pequeña cruz, que Él apretaba a su Corazón y en su mano derecha el real cetro. La procesión iba acompañada por una música maravillosa.

De repente, la visión de la procesión desapareció y vi otra vez a Jesús como Rey. A su derecha estaba su Madre como Reina del Mundo. Entendí que la procesión celestial era la precursora de esas otras muchas procesiones que vendrían a celebrar a María como Reina en todo el mundo: en pueblos y en aldeas, por los campos y las montañas, en los hogares y en los corazones, como la Victoriosa Reina del Mundo.

Durante esta visión, el Salvador me hizo saber que esta solemne fiesta sería celebrada durante el reinado del Papa Pío XII (esto ocurrió en 1954 durante el Año Mariano) Además Jesús me hizo saber que Él bendeciría está fiesta de una manera especial. Los sacerdotes escogidos para promover esta devoción sufrirían mucho y serían humillados. Pero Jesús prometió su ayuda a esos sacerdotes. “Estaré con ellos en sus sufrimientos –me dijo-, y mientras decía esto, puso su mano derecha en su Corazón y la levantó para bendecir: la gracia fluía como un río sobre las almas escogidas de esos sacerdotes.

Entonces vi cómo su mirada se posaba sobre mi padre confesor y entendí lo que le dijo: “Las bendiciones de mi Corazón, la llama de mi Amor y la fuerza de mi Voluntad estarán con mis sacerdotes fervientes; ellos serán la escalera por la que mi Madre Inmaculada subirá hasta el trono de su gloria como la Victoriosa Reina del Mundo”.

La sociedad de María

Entendí también que Jesús deseaba establecer una nueva congregación religiosa con el nombre de la “Sociedad de María”. Entendí que esto debía comunicarse lo más pronto posible a los sacerdotes: ésta era la voluntad de Dios para salvar almas.

Vi que la devoción universal a la Santísima Virgen como la Victoriosa Reina del Mundo comenzaría en Hungría. Me di cuenta que el Salvador ardientemente deseaba que se estableciera esta devoción. Con esto, el Padre celestial quiere probarle al mundo que la Santísima Virgen, como Reina del Mundo, será victoriosa sobre el mundo, el pecado y el infierno.

Después de esto el Salvador me dijo que Él concedería la paz prometida al mundo sólo si se extiende por todo el orbe la devoción a su Madre Inmaculada como Reina del Mundo y se establece la Orden de María. También vi que hablando de paz el Salvador no se refería a la paz que seguiría a la Segunda Guerra Mundial, sino a la que vendría después de la purificación del mundo.

La palabra “paz” tiene un significado muy profundo y secreto y por esto, cada vez que la escuchaba de los labios de Jesús, un mar de luz irradiaba de su boca y mi alma se llenaba de indecible felicidad. No me sentí digna de preguntarle sobre este secreto.

La Trinidad y la Virgen María

Un sábado primero de mes el Señor me dio una nueva gracia. Me enseñó a un sacerdote que trabajó en la propagación de la devoción a la Victoriosa Reina del Mundo. El fervor de este hombre consagrado fue tan grato a Jesús que Él se unió a este sacerdote. Jesús dijo a los ángeles del cielo: “Vengan a ver lo que estoy dispuesto a hacer si un alma me lo pide”.

Entonces apareció la Santísima Virgen como Reina del Mundo. Se veía muy joven; en su cabeza brillaba una real corona y sus pies estaban cubiertos con nubes brillantes. La vi que bendecía al mundo. El mundo estaba ceñido con una corona de espinas en la cual había un lirio (uno de los títulos de María es: Lirio entre las espinas). A la derecha de la Santísima Virgen estaba Jesús y a la izquierda el Padre, y sobre ellos revoloteaba el Espíritu santo. Una luz maravillosa irradiaba de la Santísima Trinidad hacia la Santísima Virgen. María extendía sus brazos sobre la tierra como protegiéndola; el brazo izquierdo de Jesús y el brazo del Padre se extendían sobre las manos de María, como para comunicarle su poder. La Santísima Trinidad bendijo al mundo por las manos de María. En el momento de esta bendición, como irradiando de las manos de María apareció en letras grandes y brillantes la palabra PAX (paz).

Pero la palabra no llegó al mundo, sino voló sobre la mano derecha de Jesús y se quedó flotando allí. Por esto entendí que si bien es la Santísima virgen la que debe preparar la paz para el mundo, cuando Ella termine su misión, Ella lo entregará todo a Jesús. A su vez Jesús, dará la paz al mundo sólo cuando “llegue la hora”. Este es el secreto de los últimos tiempos, el secreto de la era más feliz que está por llegar.

El canto de los ángeles

Mientras la Santísima Virgen daba su bendición al mundo, escuché el canto de los ángeles y los santos: “¡Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo, a través de la Santísima Virgen, la Victoriosa Reina del Mundo, ahora y por siempre. Amén, aleluya!”

Entendí que este canto es una oración maravillosamente poderosa, si el alma la entona incesante e interiormente con sinceridad y total abandono. Jesús me hizo saber también que Él derramará gracias especiales sobre las almas que trabajen sin descanso para promover la devoción a la Victoriosa Reina del Mundo.

“¡Arrepiéntanse y hagan reparación!”

Poco después, volví a ver a la Santísima Virgen junto con la Santísima Trinidad. Ella vestía un real atuendo. Bajo sus pies estaba el mundo como un globo. Su figura era majestuosa. Irradiaba una gran humildad y sin embargo era una majestuosa reina. Sus facciones eran tiernas e infinitamente amorosas, pero al mismo tiempo maravillosamente serias. Llevaba un vestido blanco como la nieve, con un lazo azul alrededor de su cintura. Sobre su vestido tenía un manto escarlata con una brillante hebilla dorada; del manto flotaba un velo azul turquesa. Supe que la brillante hebilla dorada representaba su especial relación con la Trinidad. Su cabello castaño estaba partido por el medio y cubierto también con un velo transparente. Llevaba una tiara en la cabeza. En su mano izquierda tenía un cetro y levantó su derecha para bendecir. Las gracias fluían de su mano como una luz que iluminaba el mundo entero, especialmente Hungría, pero fluía ante todo sobre la ahora sufrida y perseguida Iglesia. Bajo su pie vi aplastada la cabeza de la serpiente que se enroscaba alrededor del mundo en una derrota total. La alegría de la Santísima virgen irradiaba como luz hacia la Santísima Trinidad, que aparecía tenuemente en las alturas. Entonces Ella se volteó hacia mí con amor maternal y lentamente me dijo: “¡Haz reparación! ¡Haz reparación! ¡Haz reparación! Porque sólo de este modo serás merecedora de gracias”.

¿Son necesarias las apariciones de la Virgen?

Mucha gente me ha hecho esta pregunta. Yo se la pasé a Jesús, quien dijo:

–Hija mía, como sólo hay un gobernante en un país y los demás son súbditos, así en el universo hay un solo soberano. Como el gobernante terrenal se presenta ante sus súbditos acompañado de su esposa, para que los súbditos vean no sólo el rigor de la ley, sino también el amor de la misericordia, así hace el Señor del universo para que sus súbditos no mueran de espanto al ver sólo su justicia.

–Cuando mi Madre Inmaculada les habla, ustedes oyen las palabras de mi misericordia para que se arrepientan, se conviertan y dejen de pecar. Yo, el Señor del universo, no niego a nadie mi misericordia, aunque viva en el lugar más remoto de mi imperio; Yo los conozco a todos, conozco los secretos de su corazón. Así pues, no te sorprenda que en estos días mucha gente oiga palabras de misericordia. ¡En verdad te digo que si no se convierten, experimentarán el rigor de mi justicia!

En una ocasión me dijo la Virgen:

–He hablado con la gente en todas partes, en el idioma con el que ellos dicen sus oraciones. Les hablo a todos porque la Buena Nueva de mi Hijo es para todo. Ellos se llenan de amor mucho más fácilmente si ven que me parezco a ellos.

¿Cuándo se convertirá el mundo?

Muchas veces Jesús me explicó lo impropio que es quejarse de todo lo que a nosotros nos está pasando, ya sea un simple contratiempo o una verdadera desgracia.

–Hija mía, –me dijo el Salvador- según mi palabra en el Evangelio, todos los que viven por la espada, a espada perecerán (cf Mt 26,52), y debes saber que hablaba de aquellos quienes en vez de aceptar mi voluntad, vagan en los laberintos del mundo. Ellos estiman más las cosas exteriores que las espirituales, confían más en su visión oscura que en mi luz. Si no se convierten, se perderán. Si ves lo depravado que es el mundo, no tiembles por la condición del mundo, más bien tiembla por ti misma y sobre todo ten sed de mi Verdad.

–No preguntes cuándo se convertirá el mundo, más bien pregúntate cuándo te vas a convertir tú. ¿Cuándo te darás cuenta que ni un cabello de tu cabeza puede caer sin que lo sepa tu Padre celestial? ¿Cuándo te darás cuenta que no hay mal terrenal que no sirva para mejoramiento de quien tiene el temor de Dios? Hija mía, deberías saber que el fuego que está destruyendo al mundo, el fuego de Satanás, lo permite mi Padre. Mediante la destrucción que este fuego provoca, lo bueno es separado de lo malo. Probados y purificados por el fuego, los buenos se vuelven mejores. ¡Dilo a todos mis hijos!

Sobre el mismo tema la Virgen me dijo lo siguiente:

–El tiempo de la conversión del mundo está escondido en lo más profundo de mi Inmaculado Corazón. Tu obligación es la de orar y tener confianza. Yo, la Victoriosa Reina del Mundo, estoy cerca de ti con mi poder y mi ayuda, más cerca de lo que tú crees. Tú que has aprendido la verdad, ¡regocíjate y espera con paciencia constante!

–Regocíjate, repito: regocíjate, porque el Padre celestial ha hecho cosas grandes en mí. Él me elevó sobre todos los demás, me bendijo con el real poder de una reina y puso en mis manos la tarea de la salvación del mundo. Yo soy la Victoriosa Reina del Mundo, la Reina de todas las almas. ¡Todos los ejércitos del infierno no pueden resistirme! Escucha lo que te digo: ¡la victoria está en mis manos!

Poder sobre el mundo

Muchos me preguntaron cómo hay que entender el poder de la Santísima Virgen sobre el mundo. La respuesta me vino de la misma Santísima Virgen:

–Mi poder sobre el mundo como Reina es una bendición y una gracia para todas las almas, para todas las naciones y para todo el mundo. Si no se me concediera el poder sobre el mundo, el mundo ya se hubiera hundido en el infierno hace mucho. Mi poder es el poder de una madre sobre sus hijos, que sin esa protección habrían sido destruidos.

–Mi poder sobre el mundo significa, además, el poder sobre todos los arcángeles junto con los ejércitos que el Padre celestial ha puesto a mi lado para combatir al demonio y a sus seguidores, cuando venga el momento de mi victoria.

La pequeña Niña de Nazareth

Si pensamos en nuestra Madre, no debemos olvidar que Ella no es solamente “la Mediadora de todas las gracias”, no sólo la “Reina dotada de todo poder”, sino que Ella es al mismo tiempo esa pequeña Niña de Nazareth: joven y linda, llena de piedad, humilde y servicial. Su humildad creció incesantemente y esto es lo más significativo en Ella. Porque es “la Esclava del Señor”, a quien el Señor ha elevado, por su humildad sin medida y su ardiente amor, sobre todas las creaturas. De esta esclava del Señor nació el Salvador del mundo. Ella es la sierva y al mismo tiempo la Madre de Dios. Es la sierva pero también la Reina. Fue humillada y sin embargo su Hijo le concedió todo poder sobre el mundo. Es la más pequeña, como la semilla de mostaza de la parábola y sin embargo, es la primera después de Dios. Ella nos transmite todas las gracias y nosotros no podemos ir a Jesús sino por Ella. Nuestras almas están cubiertas de miseria y pecado pero Jesús nos resucita a través de la Madre de la Iglesia, a través de la Victoriosa Reina del Mundo.

Por la victoria de Nuestra Santísima Madre, todos recuperamos la vida que hemos perdido en el paraíso por el pecado original y en este mundo renovado y limpio la gente vivirá casi sin pecado.

El lirio

Cuando yo vi a la Victoriosa Reina del Mundo y, bajo sus pies, al mundo sumergido en el pecado y rodeado por una corona de espinas, vi un lirio salir de las gruesas espinas. Entendí que este lirio simboliza tanto el alma como está ahora, como el alma cómo será cuando viva en el paraíso. La Santísima Virgen me dijo que el lirio representa la fuerza original de un alma, la parte de un alma que ha conservado la inocencia original, la parte que el pecado no puede ensuciar. Este lirio simboliza la pureza que prevalece sobre el pecado, a pesar de todo el mal. Como resultado de la “purificación”, la humanidad vivirá en la pureza y belleza en que el Padre creó al primer hombre.

Como la Santísima Virgen preparó el lugar para el Salvador en su primera venida con su humildad, pureza y sabiduría, así será en su segunda venida. En la segunda venida, cuando el Padre celestial, por así decirlo, glorifique al mundo, ¡Cristo triunfará! Su victoria es la victoria de la gracia y de la misericordia, la victoria de los rayos del sol sobre el gélido mundo.

VI

MENSAJES ACERCA DE LA REPARACIÓN

Los mensajes en este capítulo se refieren a Hungría, aunque sean provechosos para todo el mundo. La esencia de estos mensajes es: “¡Hagan reparación! ¡Hagan penitencia!” Jesús y María no solamente desean que Hungría haga penitencia, sino también el mundo entero.

Lo que Jesús pide por medio de Sor Natalia se encuentra en la Biblia. No obstante, hay algo nuevo: Jesús pide un “movimiento de reparación mundial” empezando por Hungría. ¿Por qué Hungría? Porque la Virgen ve a Hungría como su heredad.

Dice la Santísima Virgen (1940)

–El rey san Esteban recibió el país del Padre celestial, poco después de que murió su hijo san Emerico (heredero al trono), me entregó a mí el país en 1038. Yo acepté este legado. Me han sido dedicados otros países, pero sólo este país es mi herencia. A lo largo de su historia esta nación ha sufrido mucho pero nunca será aniquilada.

Dice Jesús

–Deseo perdonar al país de mi Madre, si encuentro suficiente número de almas reparadoras. Tengo mis planes para esta nación. Hagan penitencia y reparación, de manera que Yo no me vea forzado a aniquilar este país. Deseo perdonarlo. Quiero que el dulce aroma de reparación surja de este país y se eleve hasta mi Corazón. Esto debe empezar en Hungría y extenderse a todo el mundo. Quiero purificar el país de mi Madre, quiero bendecirlo y abrazarlo con mi Corazón.

–Si el pueblo húngaro deja de ofenderme, deja de pecar sobre todo contra la pureza, deja de blasfemar; si pronuncian el nombre de mi Madre con reverencia, si se arrepiente y hace penitencia, entonces Yo vendré y derramaré mis gracias con abundancia. Así como en el pesebre de Belén empezó la obra de la redención, de la misma manera empezará en Hungría mi gran obra, mi victoria, la destrucción del pecado, la santificación de las almas y la derrota de Satanás. ¡Yo favorezco al pueblo húngaro porque ellos aman y aprecian a mi Madre Inmaculada!

¿Qué clase de reparación pide Jesús?

  1. Ayuno y oración. Jesús dijo: “Estoy buscando a mis hijos y deseo pedirles que ayunen y oren. No deben decir solamente oraciones convencionales, sino estar Conmigo, hacer penitencia, rezar el rosario, y hacer todo esto unidos al Corazón Inmaculado de mi Madre. En los conventos debe haber adoración del Santísimo sacramento día y noche.
  2. El clero no debe ostentar títulos y debe donar todas sus propiedades a los pobres (solamente el cardenal Mindszenty cumplió con este deseo de Nuestro Señor).
  3. Muchos de mis hijos fervientes deberán formar grupos de oración con el objeto de consolarme junto con mi Madre Inmaculada.
  4. Es un consuelo para Mí que la imagen de mi Madre esté acuñada en su moneda, pero más gusto me daría si cada persona la llevara grabada en su corazón.
  5. La blasfemia debe cesar, es el pecado más abominable de la lengua.
  6. Recen la Gran Novena Doble, para alcanzar muchas gracias y honrarme a Mí y a mi Madre Inmaculada.
  7. Deseo la devoción a mi Madre como la Reina Victoriosa del Mundo.
  8. Que la jerarquía construya un lugar para Mí, donde Yo derrame mis gracias y desde donde Yo deseo llamar a mis queridos hijos pecadores de todo el mundo para que se arrepientan (la capilla de la reparación).

¿Cómo fueron recibidas estas peticiones?

Muchas almas fervorosas empezaron a hacer reparación. Las autoridades tomaron bastante tiempo para examinar los mensajes, así que el llamado para la reparación se retrasó y la organización de la reparación realmente no comenzó nunca. El Señor pedía que la reparación empezara dentro de un período de tres años. “Sean valientes –apremiaba-. No rechacen mi voluntad, porque mi deseo es atraer de nuevo a mi Corazón a mi pueblo errante. ¡No pidan que les pruebe mi plan con un milagro! Si ustedes creen, se salvarán. Si no, sufrirán las consecuencias”. (Esto dijo al principio de la Segunda Guerra Mundial).

La jerarquía reaccionó diciendo: “No podemos repartir nuestras propiedades porque si lo hacemos no podremos ayudar a los pobres”. Además, dijeron que la reparación no podía empezar entonces, sino cuatro o cinco años más tarde.

Jesús contestó:

–Hija mía, diles que la reparación debe empezar inmediatamente, para que Yo pueda salvar de su relajamiento moral a mis sacerdotes y a mis hijos pecadores y llevarlos a una vida de santidad. De lo contrario, no dejaré sus pecados sin el castigo debido. ¿Están ustedes dispuestos a hacerse responsables de aquellas almas que se perderán a causa de sus pecados? ¡Piénsenlo tres veces antes de dar su respuesta!

– ¡Vengan y tráiganme almas! ¡No tengan miedo de trabajar! ¿Se maravillan ustedes que una madre quiera salvar a sus hijos de un peligro mortal? ¿Acaso no es mi Amor más grande que el de una madre? ¡Ámenme como Yo los amo! ¡Deseen lo que Yo deseo! ¡Arrepiéntanse y hagan penitencia! ¡Confíen en Mí y ámense los unos a los otros!

Le pregunté a Jesús cómo debería hacerse la reparación.

–Con fe y perseverancia –me respondió-. Si en algún momento se sienten cansados o están preocupados o sienten frialdad, dirijan su mirada a la cruz o al sagrario. Cada uno debe comprender que la gente vive únicamente por mi voluntad y por mi amor. Yo soy el Amor y el fruto de mi Amor es la paz y la alegría. Quiero regalar al mundo los frutos de mi Amor: la paz y la felicidad. Si no hacen penitencia, el mundo entero irá a la ruina por causa del pecado. La guerra no es solamente el castigo por el odio entre las naciones sino también el castigo por los pecados de la humanidad.

Entendí que el mundo entero debía ser lavado del pecado y le pregunté as Jesús por cuánto tiempo debíamos hacer penitencia. “Hasta el fin de su vida”, me contestó.

Esta petición para la reparación nunca fue aceptada oficialmente como Jesús la pedía. Se quedó decepcionado cuando vio que su petición era desatendida y me dijo:

–Hija mía, escribe con tu propia sangre a aquellos a quienes les interese: “lo que Yo deseo, lo llevaré a cabo; lo que quiero, lo realizaré; si no será por ellos, será por medio de otros. Las rosas que he sembrado en esta nación manchada de sangre florecerán, si no ahora, más tarde”. ¡Almas ingratas y tercas, consagradas a Mí! Ya que han desobedecido mi designio, caerán sobre ustedes los golpes de mi justicia. Pero no sólo sobre ustedes, sino también sobre todo el mundo, que sufrirá por la falta de reparación.

Vi que después de la Segunda Guerra Mundial habría un gran caos y odio entre las naciones. Más aún, llegaría inclusive hasta la Iglesia, por el pecado y la falta de fe. El Señor Jesús me dijo entonces:

–La mano derecha de mi Padre aniquilará a todos aquellos que, a pesar de la efusión de la gracia, no se arrepientan.

Vi la catástrofe que aguardaba al mundo y la ruina de muchas almas. La mayor parte del mundo se había convertido en una ruina. Cuando Jesús vio mi espanto, me consoló diciendo: “¡Esto no sucederá si el mundo se arrepiente! Yo conservo el mundo sólo por la reparación de los justos”.

La Santísima Virgen abandona a Hungría

Sucedió en 1944, mientras me encontraba rezando ante el sagrario. La Virgen se me apareció de repente como la Victoriosa Reina del Mundo. Ella miró a nuestro país con una tristeza indescriptible, alejándose de él sin decir palabra. Al ver esto le grité a toda voz:

– ¡Madre nuestra, Madre del cielo, ten piedad de nosotros y quédate con nosotros! ¿Qué será de nosotros si tú nos dejas? ¡Será el fin para nosotros!

La Santísima Virgen se detuvo un momento y mientras miraba hacia atrás vi en sus ojos un gran dolor. Con voz resignada me respondió:

–No, hija mía, no puedo quedarme. Debo irme ahora. Es la voluntad de mi divino Hijo. Pero no me alejo para siempre. Si ustedes me preparan un lugar en sus corazones, regresaré.

Durante la guerra, a causa de los tremendos sufrimientos, noté que la gente, con lágrimas en los ojos, repetía la misma pregunta que yo le había hecho a nuestra Madre: “¿Qué será de nosotros? ¡Todos seremos destruidos!” Entonces en la oración me volví a Jesús y le pedí:

–Jesús mío, ¡ten piedad del pueblo que sufre!

Él me consoló diciéndome:

– ¡Hijos míos, mis queridos hijos húngaros! ¡No teman, sino oren! Quisiera escribir en las puertas de cada hogar húngaro con letras de oro: Hungría no será destruida, sino sólo purificada. ¡Hungría seguirá de pie hasta el fin del mundo! Mi Madre Inmaculada está con ustedes y cuida de ustedes. ¡Por lo cual deben amarla y hacer reparación siempre unidos a ella!

“Deseo perdonar al país de mi Madre”

Dice Jesús:

–Yo acepto con amor también la sangre derramada en la guerra. Pero la muerte, ofrecida a Mí sin el sacrificio voluntario y sin oración, no es suficiente. Por esto deseo que en cada convento unas cuantas almas se dediquen a la reparación y al ayuno. Sus superiores deberán darles permiso para hacer esto.

Con frecuencia yo hacía una hora de reparación de acuerdo con el deseo de Jesús y me mortificaba. En una ocasión Satanás trató de presionarme para que dejara todo aquello, insinuándome que esta clase de penitencia no le agradaba a Dios. Reconocí al maligno y le dije:

– ¡Continuaré a pesar tuyo!

Entonces el demonio desapareció, y apareció Jesús quien me dijo:

–Lo que el enemigo trató de hacer contigo, tratará de hacerlo con otras almas también y muchas lo escucharán. Cuando las almas consagradas experimenten fatiga, frialdad o miedo, deberán contemplar la cruz o el sagrario. Entonces experimentarán el efecto salvador de la práctica de la penitencia. Yo les daré a sus almas fortaleza, perseverancia, valor, amor y alegría.

El mar del pecado

Jesús me pidió con urgencia que la obra de la reparación por los pecados empezara inmediatamente en los conventos y en el mundo. Vi la multitud de pecados que el salvador no podía tolerar más. Eran pecados de la lengua, la vanidad y la inmoralidad. Muchos religiosos lo eran sólo por sus hábitos pues en su espíritu no lo eran. Jesús tenía toda la razón para pedir conversión y reparación. Vi el mar de pecado en las ciudades y aldeas. Vi el número creciente de burdeles en el país. El Señor dijo que si estas casas de pecado no se cerraban Él no podría tener misericordia del país. El Señor quería que las autoridades de la Iglesia junto con las civiles se declararan en contra de esta inmoralidad. Si no había otro camino, entonces estos burdeles debían ser cerrados por la fuerza de la ley, para la salvación de todos los creyentes.

 

El azote del fuego

En esa época (durante la guerra) vi en visión al Padre celestial. Su rostro brillaba de ira y en su mano había un azote de fuego con el que estaba listo para purificar al mundo. Vi que este castigo causaría la muerte de inocentes y pecadores por igual. Pero al mismo tiempo vi que la Santísima Virgen, junto con los ángeles y los santos intercedían con lágrimas por el mundo. El salvador estaba entre el Padre y la multitud suplicante. Él miró a la tierra, luego se volvió hacia mí diciendo:

–Diles a mis sacerdotes que proclamen por doquier: “Si la humanidad no se convierte y se arrepiente, la ira de mi Padre ya no se podrá evitar; Él castigará también a su país; mi palabra debe ser tomada en cuenta sobre todo por los sacerdotes, porque sus pecados pesan más que los de los laicos, y provocan la ira del Padre”.

Algún tiempo después el Salvador me dijo:

–Quiero decir a la Iglesia que un castigo terrible será aplicado sobre tres cuartas partes del mundo, a causa de los pecados de las almas consagradas.

El Señor se refería aquí no al número de pecados sino a su importancia. Al mismo tiempo Él se quejó de la tardanza en comenzar la reparación a nivel mundial:

–Me duele que mis elegidos no luchen con todas sus fuerzas en contra de los pecados públicos. Los llamo de nuevo para que, en cooperación con las autoridades públicas trabajen en el cese de estos pecados. Yo dije muchas veces que deseo hacer grandes cosas por medio de mi Iglesia, pero si los hombres no cooperan Conmigo con sus sacrificios, entonces, aunque soy Omnipotente, no podré hacer mucho por ellos.

Si alguien hubiera visto, por lo menos una vez, el modo como Jesús pedía, casi mendigando, jamás rehusaría hacer algo para Él. El Señor no pide nada para sí mismo, sino para nosotros, y al mismo tiempo Él respeta nuestra libre voluntad.

Almas víctimas

Después de la sagrada Comunión el Salvador me comunicó su gozo, diciéndome:

–Regocíjate Conmigo, hija mía, encontré almas víctimas. Sus superiores no deberán atacarlas cuando estén ayunando, orando y haciendo vigilia nocturna. Yo redimí al mundo con el sufrimiento y orando durante la noche. La reparación es un cambio de vida, de actitudes. Aquellos que han maldecido deben bendecir, los que han robado deben restituir, los que odian deben amar, los que han servido a su cuerpo deben servir a su alma y los que han ignorado mis mandamientos de ahora en adelante deben guardarlos, si no no hay una verdadera conversión. Desearía ver escrito en las puertas de cada convento y de cada familia creyente: “¡Reparación y sacrificio!” Hija mía, di esto a todos: “Si el espíritu de reparación florece en las almas, tendré misericordia de Hungría y de todo el mundo”.

¡Saludo a Hungría!

En una ocasión el Salvador me dijo:

– ¡Yo saludo a Hungría! Sacerdotes míos, hermanos míos, regocíjense Conmigo. El fruto de su reparación ha madurado; si siguen perseverando así, cosecharán un fruto aún más abundante. Quiero felicitar al pueblo húngaro por guardar la imagen de mi Madre Inmaculada en su moneda. Esto es un gran consuelo para Mí, Me glorifica a Mí y a mi Madre Inmaculada en la tierra e igualmente en el cielo. Muchos vieron en estas monedas la imagen de mi Madre Inmaculada y esto despertó en ellos la fe que casi habían perdido, y esto los condujo de nuevo a la salvación. La gente debe saber que, a causa de esta imagen de la Virgen María en sus monedas, va a tener muchos enemigos. Satanás, mi adversario, luchó por largo tiempo contra el pueblo húngaro; él quiere aniquilarlo, ¡pero no triunfará! Vendrá gente que luchará por quitar la imagen de mi Madre Inmaculada, no solamente de las monedas, sino también de los corazones. Pero si la imagen de mi Madre Inmaculada desapareciera de los corazones de la gente, entonces la nación se irá por el camino de la perdición, Yo retiraré mis benditas manos de ella y el suelo se volverá rojo con la sangre. Si ustedes quieren que la imagen de mi Madre Inmaculada no desaparezca de sus corazones, deberán conservarla en sus monedas.

Este mensaje, como Jesús me dio a entender, iba dirigido al jefe de estado (Miktos Horthy, protestante). Pero como yo no sabía nada de política no entendí por qué Jesús me había confiado esta tarea.

¡No todos!

Jesús dijo:

–Sacerdotes míos, mis queridos apóstoles, anuncien con fervor la verdad al mundo y digan a todos que sin el arrepentimiento lo único que les espera es la destrucción. Pero con el arrepentimiento y la reparación podrán experimentar un milagro: Yo derramaré mis gracias sobre el mundo y concederé la paz prometida por medio de mi Madre Inmaculada.

Mientras Jesús hablaba, rayos de luz salían de su persona y un gozo indescriptible fluía de sus palabras. Esta luz y este gozo iluminaban a toda la Iglesia y a los sacerdotes, y a través de ellos, a todo el mundo. Esta visión me dio mucha alegría. Entonces el rostro de Jesús se oscureció cuando dijo: “¡No para todos!” Con esto entendí que esta luz no será gozo para todos ya que no todas aquellas almas que se habían consagrado al Señor, se arrepentirían ni lo seguirían por el camino de la reparación, especialmente en las ciudades y entre los de la clase alta.

La salvación de la Iglesia

El Salvador me pidió que rezara por aquellos que trabajaban incansablemente para Él. Cuando la gran obra de la reparación comenzó a florecer, Jesús me dijo con gran alegría:

– ¿Ves estas almas? Una sola alma, una sola fuerza, un solo corazón trabajan en ellos, y soy Yo. Mis sacerdotes le pusieron obstáculo al plan de la reparación, y sin embargo, sólo esta obra es la que ha impedido que Yo aniquile al mundo. En mi misericordia Yo no dejo fuera ni siquiera a los pecadores.

Y a las almas víctimas dijo:

–Amadas mías, no se escandalicen cuando vean la ingratitud del mundo y cuando Me ridiculicen y desprecien. No se desanimen. No hay resurrección sin crucifixión; pero mi victoria, mi reino y consuelo no demorarán.

Horas de reparación

El Señor pidió que los sacerdotes llevaran a cabo horas de reparación. Pero las autoridades no daban señales de entender. Entonces el Señor, firme, pero aún con su acostumbrado amor, dijo:

–Oh ciegos e ingratos sacerdotes míos, ¿por qué me causan tanta angustia? Yo esperaba gratitud y prontitud de ustedes, y ustedes me contestan ridiculizando y rechazando mi amor. ¿Por qué desean ustedes esconderle a la gente mi amor, mi misericordia y omnipotencia, cuando el enemigo está usando siempre nuevas armas contra Mí y contra aquellos que me aman? Ámenme como Yo los amo. Quieran lo que Yo quiero. Hagan reparación, hagan penitencia, alimenten la confianza y el amor a Mí en ustedes y en las almas confiadas a ustedes.

Luego dirigiéndose a mí, dijo:

–Hija mía, allí donde las almas abandonadas claman sin cesar, por misericordia recibirán mi paz a través de la reparación. Sin reparación no hay gracia, ni misericordia, ni unión. La salvación es diálogo y unión con Dios. Si aquellos que en sus almas mancharon mi belleza divina, reconocen su miseria y vuelven a Mí, serán perdonados; pero los que persistan en sus pecados, irán a la ruina.

El Salvador me enseñó cómo debía hacerse la hora de reparación, y cómo debían ser frecuentes dichas horas. “Mis sacerdotes deberán informar a la gente acerca de las horas de reparación. Deberán animar a las almas con cello, y permitir a estas almas hacer reparación de acuerdo a mi bendito llamado”.

Horas nocturnas de reparación

En vista de los tiempos críticos, Jesús pidió horas nocturnas de reparación. Me apremió para que rezáramos no tanto para que acortara el castigo, sino más bien para la perseverancia en la reparación. De este modo, nuestras plegarias serían oídas por el Padre celestial.

En una ocasión hice una hora de reparación por los sacrilegios cometidos con el robo en las iglesias. El Señor me mostró en una visión cómo ocurría un robo sacrílego, y dijo: “Ves, hija mía, por esto es que he pedido la hora de reparación durante la noche”.

Posteriormente el Salvador me mostró a aquellos consagrados que atacaban su proyecto de reparación. Cuando ellos iban a recibir la sagrada Comunión, vi al Señor en ellos cubierto de sangre y heridas, igual que lo veía en los sagrarios profanados en el robo de las iglesias. Me dijo: “Ves, hija mía, estos rosales dan espinas en lugar de rosas”.

La capilla de la reparación

Con frecuencia el Señor me hablaba de la capilla de la reparación que se iba a construir, urgiendo que se hiciera pronto. Le causaba profunda pena que algunos clérigos se opusieran obstinadamente. En 1942, después del primer bombardeo, el Señor me dijo:

–Ves, hija mía, Yo quería librar al país de esto. Pero ellos no quieren construir la capilla en honor de mi Madre Inmaculada y esta discordia destruye en ellos el templo de mi sagrado Corazón. Esta es una señal, la señal que ellos pidieron.

La visión de la Madre Dolorosa

Un día de 1944, mientras oraba ante el sagrario, vi a la Reina del mundo. Su rostro mostraba un dolor indescriptible al mirar a nuestro país, su vestido era blanco, llevaba un manto color grana, un velo negro transparente y sobre su cabeza, en lugar de la corona que ya había visto anteriormente, una corona de espinas. Sus pies descalzos estaban también cubiertos de espinas. Bajo sus pies vi la cabeza aplastada de la serpiente. Juntaba sus manos para orar mientras lloraba. A cada lado tenía a un ángel majestuoso, vestido de negro. Tenían sus ojos bajos y lloraban en silencio. Su belleza era tal que no se podía comparar con nada terrenal. La Santísima Virgen dijo: “La Iglesia deberá construir un lugar, desde donde yo pueda llamar al pueblo y decirle al mundo entero que hay que convertirse y hacer penitencia”.

El país de María, el país de la reparación

Un día al terminar la hora de reparación por nuestro país y por el mundo, Jesús me dijo:

–La paz está cerca. He acortado el tiempo del derramamiento de sangre en virtud de las plegarias y sacrificios. Pero el cese de las hostilidades no significará la victoria para el país. Un período de sufrimiento les espera, de manera que aprendan a amar mi verdad. El pueblo de Hungría tiene que levantar su vista hacia mi Madre inmaculada y proclamar todo el tiempo: “Tendremos la victoria sólo por medio de nuestra Madre, la Victoriosa Reina del Mundo”. Deseo honrar el país de mi Madre con un nuevo título, no solamente como el país de María, sino también el país de la reparación, y que lleve este nombre ante todas las naciones.

El Señor me mostró la capilla de la reparación que será construida en el futuro. En el exterior era modesta y sencilla pero en su interior era tan hermosa que no parecía haber sido hecha por manos humanas. Dentro de la capilla sobresalía la estatua de la Madre Dolorosa. Al pie estaba escrito: “¡Vengan a mí, queridos hijos! ¡Vengan a consolar a Dios que está profundamente ofendido!”

Muchos milagros se llevarán a cabo en la capilla, que se convertirá en monumento nacional por las muchas curaciones del cuerpo y del alma. Cerca de la capilla vi un monasterio para las religiosas de la reparación y una enorme catedral hecha de rocas blancas como la nieve en honor de la Victoriosa Reina del Mundo. Vi alrededor a otras órdenes religiosas cuya tarea era también la de la reparación.

El cardenal Mindszenty y Sor Natalia

Después que el cardenal Mindszenty fue nombrado Primado de Hungría en 1945, la Santísima Virgen me ordenó que orara incesantemente por él. Desde entonces lo he incluido regularmente en mis oraciones. En una de dichas ocasiones Jesús me dijo:

–Hija mía, dile a mi hijo Joseph que para poder salvar almas es indispensable fundar una institución de religiosas para hacer reparación. Es necesario que la reparación se lleve a cabo incesantemente en este convento junto con la adoración del Santísimo Sacramento. Él debe fundar dicha institución. Que mi deseo le llegue lo antes posible, porque se acerca el tiempo en que él no podrá hacerlo.

Recibí esta encomienda con humildad y le hablé de ella a mi director espiritual. Días después Jesús me repitió:

–Hija mía, mi vicario en Hungría ha sufrido mucho, pero los sufrimientos más severos de su vida le aguardan todavía, aunque no habrá una señal visible de lo que ha sufrido por Mí y mi Iglesia. Después de su muerte le daré un lugar en mi reino, desde donde él pueda ayudar a aquellos que trabajan por Mí en Hungría. Yo exaltaré así a los que fueron humillados en mi nombre. Este hijo mío alcanzará un alto grado de perfección por sus sufrimientos y pruebas, y su nombre será más importante que el de muchos de aquellos que han trabajado y sufrido por Mí anteriormente.

Nunca me encontré personalmente con el Cardenal, pero mis mensajes le llegaron y él los contestó con cartas. La carta en la cual me confiaba la tarea de sostener vivo el plan para fundar la nueva orden, después de su arresto, me la entregó el obispo auxiliar Janos Drahos. Monseñor Drahos me recibió en la iglesia de Krisztinavaros, me dio la carta del Cardenal y me dijo que después de leerla debía romperla. Y esto es lo que hice.

VII

LA PURIFICACIÓN Y EL DESTINO DEL MUNDO

Los mensajes de este capítulo son similares a los de la Salette y de Fátima y a otros mensajes y advertencias contemporáneos. Los signos más significativos de la intervención de Dios pueden ser resumidos como sigue:

  1. El mundo pecador será purificado.
  2. La Iglesia será renovada.
  3. Habrá una era de paz y varias naciones se harán cristianas.
  4. Este tiempo será el tiempo de María y del Espíritu Santo.
  5. Tal vez la Iglesia proclame nuevos dogmas acerca de María.

El secreto del Divino Corazón

Una vez, en una visión, el Señor me mostró cómo la mayor parte del mundo se convertiría en un montón de ruinas. Vi ciudades y aldeas, y todo parecía como un  bosque después de un incendio. No había signo de vida en ninguna parte. De repente apareció el Divino Salvador. Vi cómo caminaba entre las ennegrecidas ruinas. Levantó su mano derecha hacia el cielo, mientras su mano izquierda apuntaba al mundo. Yo le pregunté:

–Jesús mío, ¿qué estás haciendo entre estas ruinas?

Él me contestó:

–Estoy buscando un lugar para sembrar las semillas de la promesa de mi Padre celestial, pero todo está quemado y en ruinas.

Yo entendí que su mano derecha, levantada hacia el cielo, significaba el inminente castigo, mientras que su mano izquierda, apuntando hacia el mundo, representaba su prolongada misericordia.

Conforme yo veía la visión, un escrito aparecía arriba de la diestra de Jesús:

–Esto no sucederá, si mi pueblo se convierte. Por medio de la reparación el Padre celestial tendrá misericordia del mundo.

Entonces entendí uno de los secretos del Divino Corazón: muchos no podrían nacer, si viniera esta ruina total. Su Divino Corazón, infinitamente bueno, tenía pena de aquellas almas que por esto no tendrían la oportunidad de ganar la gloria eterna.

“Yo te digo otra vez”

Jesús me dijo:

–Yo te digo otra vez: “Ora, para que antes que lleguen la santa paz y la gran misericordia para el mundo, los pecadores se conviertan a Dios y acepten mi misericordia, enmendando sus vidas. De otro modo los que no se hayan convertido antes o durante este período de gracia, morirán eternamente. Ustedes, los justos, no deben tener miedo. Oren y confíen en el poder de la santa oración. Regocíjense porque han encontrado misericordia en mi Padre celestial. No tengan miedo, mejor regocíjense, porque mi Madre Inmaculada con su poder de Reina, llena de gracia, junto con las legiones celestiales de ángeles, aniquilará las fuerzas del infierno.

¿Por qué la paz viene tan lentamente?

Así me preguntó un sacerdote y yo recibí la siguiente respuesta de la Santísima Virgen:

–El período de la paz del mundo no está retrasado. El Padre celestial sólo quiere dar tiempo a los pecadores para que se conviertan y encuentren refugio en Dios. Muchos se convertirán, aún de entre los que ahora niegan la existencia de Dios. El mundo ha recibido la gracia por esta ampliación de tiempo antes del castigo, porque el Padre celestial ha recibido con agrado la reparación y los sacrificios de las almas víctimas a través de todo el mundo. Para aquellos que se conviertan antes, las puertas del infierno estarán cerradas y ellos no serán condenados. El poder de su conversión les impedirá caer en el pecado. La reparación tiene poder porque Yo estoy orando contigo y consolando a Dios tan seriamente ofendido. Hija mía, hasta tu respiración debería ser una plegaria de expiación ante Dios.

La furia de Satanás

La Santísima Virgen me dijo que la victoria decisiva, que acabará con las mentiras del mundo y abrirá el camino a la paz prometida, vendrá cuando Satanás haya ganado poder en todas partes, cuando él haya seducido a la mayoría de las almas, cuando en su soberbia que no tiene límites, él sienta que puede arruinar toda la creación de Dios, incluyendo a las almas, cuando la verdad, la fe y la luz sólo vivan en unas pocas almas, porque todas las indecisas se habrán puesto a su lado: entonces la victoria vendrá de repente e inesperadamente.

El poder de María Inmaculada

Jesús dijo:

–Este mundo está obstinado en su maldad. Como esta obstinada maldad progresa, por eso el mundo se está alejando más y más de Mí. Pero Yo no puedo arrepentirme de mi Amor. Yo extiendo mi mano hacia ellos, y es misericordia y castigo al mismo tiempo. Misericordia y amor para aquellos que Me aman, y castigo para aquellos que Me desprecian. Si Yo te hablo a ti, tú oyes la voz de Aquel que está arriba de todas las cosas en el universo. Si extiendo mi mano hacia ti, mi Madre Inmaculada se te aparecerá para que tú puedas ser salvada. Maldad engendra más maldad. El mundo ha alcanzado el punto donde la misma maldad pide tregua. El poder de mi Madre Inmaculada es capaz de devolver los ríos a sus cauces y de calmar el mar embravecido. Ella será tu ayuda.

Desde hace mucho tiempo, en estos días, el Corazón Inmaculado de María ha impedido la catástrofe del mundo. Un terrible destino espera a la humanidad si los hombres no se convierten. El Señor Jesús desea dar sus gracias a través de Nuestra Madre Inmaculada. Es por esto que la Santísima Virgen es la que nos llama al arrepentimiento. El Señor Jesús desea darnos sus gracias a través de la intercesión de nuestra hermosa, bendita y victoriosa Madre, quien incesantemente ora por la humanidad.

Vi al Espíritu Santo de Dios inundar al mundo como un fuego devastador. Este fuego no traía paz ni misericordia, sólo castigo. Dondequiera que la llama del Espíritu Santo penetraba, los espíritus malignos caían al infierno por miles. Pero antes de que todo fuera destruido, vi a la Santísima Virgen de rodillas delante de Jesús, orando e implorando misericordia para el mundo. Jesús no la miró, pero observó al Padre celestial, quien no alejó su mano extendida sobre el mundo en su justa ira. Entonces la Santísima Virgen se quitó del hombro el manto de paz y cubrió al mundo con él. Todas aquellas partes del mundo que quedaron cubiertas con el manto de María, escaparon al castigo y brillaron con el color azul de la paz. Pero donde el manto no cubría la superficie, el color rojo de la ira se podía ver ardiente como un tizón. Entendí que nosotros podemos escapar del justo castigo de Dios solamente si buscamos refugio bajo el manto de nuestra Santísima Madre e imploramos misericordia a través de Ella.

¿Cómo apresurar la victoria?

Un sacerdote me dijo que preguntara a la Santísima Virgen qué debemos hacer para apresurar la victoria. La respuesta vino de la Santísima Virgen:

–Si ustedes quieren apresurar el gran milagro de la victoria de su Reina, con el cual Yo salvaré al mundo, ustedes deben confiar en mí y en mi Hijo, como los niños confían en sus madres, además haciendo reparación, ofreciendo sus vidas y orando. Hasta ahora su confianza no ha sido suficiente y, sin embargo, la eficacia de su oración depende de su confianza. Si ustedes oran con confianza plena, la victoria que están ansiosamente esperando traerá la alegría de la paz al mundo entero. Hijos míos, ¡confíen en Mí! ¡Confíen en Mí, siempre!

Jesús orando

Vi una vez cómo Jesús oraba a su Padre celestial, y le pregunté:

–Jesús mío, ¿por quién o por qué estás Tú orando ahora?

Me contestó:

–Hija mía, Yo oro por aquellos por quienes tú deberías orar también. Imploren al Padre celestial para que la maldad de los hombres en la tierra cese pronto. Oren fervorosamente para que los corazones de los hombres puedan pronto ser llenos de una santa y celestial paz, la paz que Yo traje a la tierra, para que pueda extenderse a todas partes. Con mi oración obtuve de mi Padre que el plazo de sufrimiento terminara pronto para dar cabida a la venida del gozo celestial a ustedes. Pero antes que este tiempo llegue, ustedes deben pasar duras pruebas. Sin embargo, ustedes pueden mitigar el peso de esas pruebas con la oración y la constante reparación. Por eso oren fervorosamente y con gran confianza para que los ángeles y los santos del cielo también supliquen misericordia de mi Padre celestial, junto Conmigo y mi Madre Inmaculada. Consuelen a Dios, profundamente ofendido, no sólo por sus pecados sino por los pecados de los demás. Solamente de este modo puede la gracia del gran milagro hacer efectiva en ustedes la paz prometida.

El tiempo de paz

Jesús me mostró en una visión que después de la purificación, la humanidad vivirá una vida pura y angelical. Se acabarán los pecados contra el sexto mandamiento, el adulterio y también las mentiras. El Salvador me mostró que un amor incesante, la felicidad y el gozo divino serán el signo del mundo futuro. Vi la gracia de Dios derramarse abundantemente sobre toda la tierra, y Satanás y el pecado completamente derrotados. Después de la gran purificación, la vida de los religiosos y de los laicos estará llena de amor y pureza. El mundo purificado gozará de la paz del Señor a través de la Santísima Virgen María. Pero el Señor nunca me dijo cuándo se realizará todo esto.

Las pruebas de la Iglesia

El Señor Jesús me hizo saber que gran confusión y terror reinarán en la Iglesia exactamente antes de la victoria que Él traerá al mundo. La razón de esta confusión será que la impiedad penetrará hasta los santuarios cerrados de la Iglesia; la tradición será dañada y habrá un espíritu mundano en todas partes. Esta calamidad irá junto con el odio entre las naciones, que terminará con el estallido de muchas guerras. Muchos atacarán a la Iglesia: su objetivo será alejar a los creyentes de la Iglesia, para quitarles la confianza en ella y de ese modo se convertirán en presas de Satanás.

El Salvador dijo: “La mano derecha de mi Padre aniquilará a todos los pecadores que, a pesar de las advertencias y el período de gracia y el incansable esfuerzo de la Iglesia, no se conviertan”. Pero el Salvador no me dijo cómo pasará.

La Iglesia renovada

Jesús me dijo también que la Iglesia, purificada y renovada por tan grandes sufrimientos, otra vez se revestirá de humildad y de sencillez y será pobre como en sus comienzos.

No habrá títulos, dados o comprados, ni rangos para distinguir el uno del otro. En lugar de esto el espíritu de santidad penetrará todos los miembros de la Iglesia y todos vivirán según el espíritu del Sermón de la Montaña. Entre más nos acerquemos al fin del mundo, más se vivirá esta sencillez y esta pobreza.

Después del castigo, no tendrá ningún significado el construir grandes palacios y usar ropa lujosa. Cada quien sabrá sus deberes y por eso los títulos no serán necesarios. El título del sacerdote será: hermano sacerdote, y aún el Papa será llamado Hermano Papa.

La Reina de la Paz

Vi que cuando llegue la gloriosa paz y reine el amor, habrá solamente “un solo rebaño y un solo pastor”. María, la Madre de todos los creyentes, guiará la vida espiritual de las almas, apareciéndose bajo varias formas. Ella será la Reina de la próxima era.

La Reina será blanca para la gente blanca, negra para la gente negra y amarilla para la gente amarilla. Ella será la mediadora entre Dios y los hombres. A través de Jesucristo repartirá todas las gracias y los poderes que ha recibido. Su manto cubrirá la tierra entera y su tiara la embellecerá. Su Corazón dirigirá al mundo entero hasta la llegada del juicio final.

Jesús sobre la paz por venir

–Yo traje paz cuando nací, pero el mundo todavía no la ha disfrutado. El mundo tiene derecho a esta paz. Los hombres son hijos de Dios. Dios les infunde su propio Espíritu. Dios no puede permitir que se le avergüence a Él y es por eso que los hijos de Dios tienen derecho de gozar la paz que Yo prometí.

VIII

DESIGNIOS DE DIOS PARA EL FUTURO DEL MUNDO

¡Este es el tiempo de María!

Vi a la Santísima Trinidad hablar sobre el destino de la humanidad ahora inmersa en el pecado. Los ángeles, los santos y todo el cielo postrados al mismo tiempo, la adoraban en silencio. El Padre celestial dijo:

–El mundo inmerso en el pecado tiene que ser destruido de acuerdo con mi justicia.

Luego vi a Jesús, el Amor Misericordioso, cerca del Padre, suplicando; se postró ante el Padre, y aunque unido a Él, Él era sin embargo una persona distinta; dijo:

– ¡Padre mío, soy tu Hijo. Me ordenaste morir por este mundo!

Luego Él mostró sus heridas que ardían como fuego. La mano del Padre celestial –que ahora no parecía una mano paternal, sino una mano pesada, justa y castigadora- cargaba su peso sobre el mundo. Luego Jesús puso su mano herida debajo de la de su Padre y pidió:

–Por favor, ¡ten misericordia por algún tiempo!

Pero la mano del Padre celestial empujó hacia abajo la mano de Jesús y dijo:

–No, Hijo mío, el pecado está clamando justicia.

Esta fue una visión terrible, porque parecía que la justicia prevalecería sobre el Amor Misericordioso. Entonces Jesús miró a su Madre que estaba a su lado y exclamó:

–Madre Inmaculada, ven, ayúdame a sostener la mano de mi Padre celestial.

En el momento en que la Santísima Virgen puso su mano debajo de la de Jesús, el Padre celestial levantó la suya y dijo:

– ¡Hijo mío!, la misericordia ha prevalecido. El mundo pecador ha alcanzado misericordia debido a las súplicas de la Madre Inmaculada de Dios. Encomendaremos a Ella la tarea de salvar al mundo. Para salvar al mundo, Ella necesita poder. Por lo tanto dotamos a la Inmaculada Madre de Dios con los poderes de Reina. Su título será: “La Victoriosa Reina del Mundo”. El género humano que está condenado a morir a causa de sus pecados, recibirá gracia y salvación a través de Ella. Pondremos bajo su manto una multitud de ángeles.

Tan pronto como el Padre celestial pronunció estas palabras, los ejércitos celestiales dieron gritos de alegría, alabando a María. Cuando apareció la Virgen Madre, estaba adornada con sus tres grandes virtudes: pureza inmaculada, amor ardiente y profunda humildad. Viéndola –aunque Él mismo se las había dado- ¡hasta Dios estaba admirado!

Su Corazón estaba lleno de felicidad por aquellas palabras: “la humildad será exaltada”, que como desconocida Niña de Nazareth pronunció en el Magnificat y que se habían realizado en Ella. La Santísima Trinidad la coronó. La brillante corona tenía tres piezas, significando al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Cuando el manto real fue traído, vi que su prendedor estaba reluciente. Esto también significaba su parentesco con la Santísima Trinidad, como hija del Padre, madre del Hijo y esposa del Espíritu Santo.

Dios en tres personas actuó en la Madre Inmaculada, como si el Espíritu Santo la hubiera cubierto de nuevo con su sombra, para que Ella pudiera dar otra vez Jesús al mundo. El Padre celestial la llenó de gracias. De parte del Hijo, indecible felicidad y amor irradiaban hacia Ella, como si Él quisiera felicitarla, mientras decía:

– ¡Mi Inmaculada Madre, Victoriosa Reina del Mundo, muestra tu poder! Ahora serás la salvadora de la humanidad. Así como fuiste parte de mi obra salvadora como Corredentora, de acuerdo con mi voluntad, así quiero compartir contigo mi poder como Rey. Con esto te confío la obra salvadora de la humanidad pecadora; Tú puedes hacerlo con tu poder como Reina. Es necesario que Yo comparta todo contigo. Tú eres la Corredentora de la humanidad.

Entonces vi que su manto estaba impregnado con la sangre de Jesús, y esto le daba un color escarlata. Mi atención luego fue a los ángeles, quienes rodeaban a su Reina con gran reverencia. Los ángeles vestían de blanco, rojo y negro. Entendí que el blanco simbolizaba la futura pureza del mundo, el rojo el martirio de los santos y el negro el luto por el destino de las almas condenadas.

Entonces la Virgen María empezó a caminar suavemente y con majestuosidad hacia el mundo. Vi al mundo como una esfera gigante cubierta con una corona de espinas y que estaba llena de pecado, y a Satanás, en forma de serpiente enrollada alrededor y salían de él toda clase de pecados y suciedad. La Virgen Madre se levantaba erguida sobre el globo como la Victoriosa Reina del Mundo. Su primer acto como Reina fue cubrir al mundo con su manto, impregnado con la sangre de Jesús. Entonces Ella bendijo al mundo y vi que al mismo tiempo la Santísima Trinidad también bendecía al mundo.

La serpiente satánica entonces la atacó con terrible odio; de su boca salían llamas. Temí que su manto fuera alcanzado por el fuego y ardiera, pero las llamas no podían ni siquiera tocarlo. La Virgen María estaba tranquila como si no estuviera en una contienda, y serenamente pisó el cuello de la serpiente. La serpiente no cesaba de arrojar llamas, símbolo de odio y venganza, pero no podía hacer nada, mientras la corona de espinas, hecha de pecados, había desaparecido de alrededor del mundo, y desde su centro una azucena brotó y empezó a abrirse.

Vi también que la bendición de la Virgen Madre había caído en todas las naciones y personas. Su voz era indescriptiblemente apacible y majestuosa cuando dijo:

– ¡Aquí estoy! ¡Yo ayudaré! ¡Yo traeré orden y paz!

Jesús entonces me explicó:

–Mi Madre Inmaculada vencerá el pecado mediante su poder de Reina. La azucena representa la purificación del mundo, la llegada de la era del paraíso, cuando la humanidad vivirá como sin pecado. Habrá un mundo nuevo y una era nueva. Será la era en que la humanidad recobrará lo que perdió en el paraíso. Cuando mi Madre Inmaculada pise el cuello de la serpiente, las puertas del infierno se cerrarán. Los ejércitos de los ángeles tomarán parte en la lucha. Yo he sellado a los míos con mi sello para que ellos no se pierdan en esta batalla.

¿Cómo apresurar la victoria de la Reina del Mundo?

Jesús dijo:

–Mi Madre Inmaculada será la Corredentora de esta era que viene.

–Jesús mío, ¿qué debemos hacer para acelerar la victoria de Nuestra Madre Inmaculada y nuestra Reina?

–Díganle con frecuencia: “¡Madre Nuestra Inmaculada, muéstranos tu poder!”

Cuando repetí esta oración, le pregunté a nuestra Madre:

– ¿Qué quieres que hagamos hasta que llegue tu gloriosa era?

El vestido de la Virgen cambió de color. Estaba cubierto con un velo negro transparente, aunque en su cabeza todavía vi su triple corona. Su feliz semblante de improviso cambió a una expresión de profunda tristeza. Dobló sus manos y rogó por el mundo, llamando a todos: “¡Vengan, mis queridos hijos, y junto conmigo consuelen al Padre celestial que está profundamente ofendido!”

Fue claro para mí que todo el mundo, en especial modo Hungría, tenía que hacer mucha penitencia, reparación y sacrificios.

Jesús me explicó en numerosas ocasiones qué es lo que Él consideraba como  reparación y lo que deseaba que hiciéramos.

  1. La primera forma de entender la reparación es que cada uno se esfuerce por cambiar su vida.
  2. “Yo redimí al mundo con ayuno y oración durante la noche. Yo pido ayuno, oración, rezar la Hora Santa, orar en la noche y aguardar con paciencia los sufrimientos por mi amor”.
  3. Jesús nos pide el rezo del rosario. Vi que cuando se reza cada cuenta, una gota de la sangre de Jesús cae sobre la persona por quien se dice, o sobre aquellas almas que Jesús quisiera salvar. Esto fue pedido especialmente por las almas del purgatorio.
  4. Jesús pide en particular la devoción al Corazón Inmaculado de su Madre.

La oración de la noche

La Santísima Virgen pide una hora de reparación (Hora Santa) los jueves. Puede hacerse individualmente o en familia, o en comunidad; en la iglesia ante el Santísimo Sacramento o en el hogar, rezando el rosario, leyendo y meditando las Escrituras, poniéndonos en la presencia de Jesús y de su Madre Inmaculada.

Cuando uno se despierta en la noche, debe tratar de rezar alguna oración antes de volverse a dormir; mucha gente que no puede dormir en la noche, especialmente personas mayores, pueden llenar su tiempo con la oración, rezando por las almas que en esos momentos estén en agonía. La Virgen Madre dijo: “Si más y más almas oran en la noche, la Llama de mi Amor crecerá proporcionalmente con el número de los que oran”.

IX

OFRENDA DE AMOR

Una pequeña participación en los sufrimientos de Cristo

Durante el Año santo Mariano (1983-1984) la Santísima Virgen me dijo:

–Ustedes, queridos hijos, deben todavía con mayor fervor compartir los sentimientos del Salvador. Miren con compasión cómo sudó sangre en el huerto de los Olivos, miren sus cadenas, las sogas, cómo fue arrastrado de un juez a otro, los salivazos en el rostro, las diferentes torturas, cómo fue azotado, el manto de burla, la corona de espinas, el peso de la cruz, sus caídas y dolorosos encuentros. De corazón deben ustedes seguirle para llegar hasta el monte Calvario y verle allí, desde que le quitan sus vestidos y lo crucifican. Colgado de la cruz, empapado en su sangre en la agonía, cuánto dolor, cuánto tormento hasta exclamar: “¡Todo está consumado!”

–Mi santo Hijo, queridos hijos, realizó la obra de la Redención. Su sacrificio reparador era pleno, pero de él dejó a ustedes también una pequeña participación en cuanto que elige y llama a algunas almas a ofrecer en unión íntima con Él, el sacrificio de su vida. Comparte con ellas sus sufrimientos para gloria del Padre y el bien de las almas para que ni una sola de ellas se pierda. Estas almas son almas enteramente entregadas y pueden hacer mucho para la gloria de Dios y salvación de las almas. Mi santo Hijo encuentra su gozo en ellas.

–En el mundo de hoy, hijos míos, mi santo Hijo tiene cien veces mayor necesidad de corderos para el sacrificio. Pero deben ustedes pensar que la participación en la obra de la Redención sólo puede consistir en el sacrificio. Hay que partir desde el huerto de Getsemaní y seguir el camino que recorrió mi santo Hijo. Sin esto no habría méritos ni ofrenda de vida fecunda.

–Cuanto más pronta es la entrega de un alma, tanto más glorifica al Padre, y por ello, más almas ayuda a salvar y será bienhechor de la humanidad entera. ¡Oh cuántas gracias puede alcanzar para la Iglesia y para los sacerdotes! Un alma así coopera eficazmente a la conversión de los pecadores, al alivio de los enfermos, a la salvación de los moribundos y para que las almas lleguen a la patria de la eterna felicidad. Un alma así realiza, en unión con mi Santísimo Hijo, una verdadera obra redentora.

–Con todo corazón y con entera confianza pueden ustedes, mis amados hijos, contra con su Madre celestial, quien está siempre con ustedes para que juntos podamos seguir al divino Redentor hasta el pie de la Cruz a donde su Madre lo siguió.

– ¡Sean ustedes árboles del Señor que producen siempre buenos frutos, bendición para la tierra y alegría de todo el cielo! ¡Bendita sea la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo por todos los siglos. Amén!

La Ofrenda de Vida lo compendia todo

He sentido gozo al ver cómo una y otra vez los fieles que se encontraban en el templo hacían ofrecimiento de su vida movidos por el celo de mi padre espiritual. Pensaba para mis adentros: ¿Lo estarán viviendo? ¿Es suficiente entregarse una sola vez? ¿Lo recordarán luego? Entonces mi Jesús me habló así:

–Si alguien, hija mía, no hace sino una sola vez el ofrecimiento de vida, ¿entiendes, hija mía? una sola vez, en un momento de gracia se encendió en su corazón el fuego de amor heroico, ¡con esto selló toda su vida! Su vida, aunque no piense conscientemente en ello, es ya propiedad de ambos Sagrados Corazones. Para mi Padre no existe el tiempo. La vida del hombre está ante Él como un todo.

Aunque uno haya hecho otro ofrecimiento, la ofrenda de vida por amor lo compendia todo y está por encima de ellos. Esta será, pues, la corona, el aderezo más precioso y el distintivo de su nobleza espiritual en la Patria Eterna.

A los que tienen la cruz del sufrimiento

La Santísima Virgen dijo:

–Cuando les llega, hijos míos, un gran sufrimiento corporal o espiritual y ustedes lo aceptan con espíritu de oblación, eso puede ser fuente de gracias innumerables. Pueden pagar con ello los pecados, las omisiones de toda su vida y cuando ya han cancelado toda su deuda, pueden ustedes alcanzar, con el restante sufrimiento, llevado con paciencia, la conversión de los pecadores empedernidos y dar gloria a Dios. Las almas salvadas, gracias a los sufrimientos aceptados por ustedes, pueden alcanzar incluso la santidad.

–Cuando pesa sobre ustedes la cruz del sufrimiento, sea por causa de una enfermedad o de un sufrimiento espiritual, recuerden que no son sino peregrinos en la tierra. Más allá de la tumba, hay un mundo maravillosamente más bello, que Dios ha preparado para sus hijos, donde les espera una felicidad muchísimo mayor que la que merecían debido a sus sufrimientos pacientemente sobrellevados. En un estado de felicidad que “ojo jamás vio, ni oído nunca oyó” estarán sumergidas sus almas durante toda una eternidad. Aunque la vida de uno esté llena de sufrimiento, será siempre muy corta, y se acabará pronto. Alégrense, aun cuando estén sufriendo, porque avanzan hacia una meta segura y al final del camino les espera el brazo tierno de su Madre y el amor eterno de la Santísima Trinidad.

–Los llamo a ustedes, mis queridos hijos, a un apostolado de especial elección, para que soporten el martirio espiritual por los pecados de los demás, y para que por medio del sacrificio de sus vidas, ofrecido con gran corazón, Dios pueda derramar ríos de su misericordia. Piensen, mis queridos hijos, qué inmensa multitud de almas pueden salvar de la eterna condenación si llevan con paciencia esa pequeña astilla de la cruz de mi santo Hijo, que Él les ha dado, para que tomando la mano de su Madre participen ustedes también de la obra de la Redención. No pidan, hijos míos, el sufrimiento; pero acepten siempre con humilde entrega, aquellos que el Señor les da.

“No puedo quitar la cruz a las almas escogidas”

Jesús dijo:

–Hijos míos, apóstoles míos: las almas necesitan tanto de los sufrimientos aceptados por ustedes como los enfermos de la medicina. No puedo descargar la cruz de los hombros de ustedes aunque por momentos les parezca que ya van a caer bajo su peso; porque si la quitara, se interrumpiría el proceso de curación de las almas y dejaría perecer a aquellas que todavía pueden ser salvadas. Cuando se cancela la deuda de una o varias almas o termina su tratamiento curativo gracias al sufrimiento ofrecido por ellas, entonces quito la cruz por algún tiempo para que cobre nuevo vigor mi apóstol, destinado a tan sublime vocación.

–Hijos míos, una sola alma que se pone sobre el altar del sacrificio por amor a mí y a sus hermanos, aumenta cien veces la gloria de mi Padre y la alegría de mi querida Madre. ¡Levántense, hijos míos, con un fervor más intenso! Mi Iglesia nunca ha tenido una necesidad tan grande de víctimas generosas como ahora… Hacen falta almas que no estén rumiando sus propios problemas, sino cuya mirada esté puesta en los demás buscando cómo puedan ayudarles en lo corporal y en lo espiritual. Vuelquen sus pensamientos y su amor desinteresado sobre cómo poder salvar a los infieles y a los pecadores, porque saben muy bien que no hay nada tan precioso en el mundo como las almas… ¡Láncense, hijos míos, una y otra vez hacia la sagrada meta de salvar las almas! ¡Háganse santos para que puedan ser verdaderamente mis apóstoles revestidos de Cristo ante la faz de mi Padre!

Mensaje de la Virgen para los que hacen la Ofrenda de Vida

La Santísima Virgen dijo:

–Cuando el Eterno Padre escoge un alma para darle la gracia de ser uno de los elegidos, la destina a que ya en la tierra sea semejante a su Hijo Unigénito. Y, ¿en qué debe ser semejante a Él? En el amor y en la aceptación de los sufrimientos. Si en esto siguen ustedes a su Jesús, el Eterno Padre reconocerá en ustedes a su santo Hijo.

–Las almas a las cuales el Eterno Padre escogió para que hagan el ofrecimiento de vida deben esforzarse por salvar el mayor número de almas para Dios. Lo pueden alcanzar con la oración fervorosa, con la práctica de la caridad activa y servicial, con la mansedumbre, con la humildad, con la mortificación, pero sobre todo con la aceptación paciente de los sufrimientos. Creo que mi Corazón maternal encontrará entre mis hijos, almas que con el ardor de los mártires amen a Dios.

–Aun en tiempo de las más grandes pruebas, mis queridos hijos, deben tomar con confianza ilimitada la mano de su Madre. Juntos vayan ustedes al Corazón Eucarístico de Jesús que es su fortaleza en su peregrinación terrenal. Así, fortalecidos diariamente por Él, continúan ustedes el camino hacia el hogar de la eterna felicidad donde en glorioso éxtasis, se reconocerán entre sí los que hayan hecho de su vida una ofrenda de amor a gloria de Dios y el bien de las almas.

–Entonces, mi santísimo Hijo les va a estrechar a su Corazón inflamado de amor, para sumergirlos en el gozo de la unidad de amor de la Santísima Trinidad, en el estado de la eterna felicidad, para que puedan alegrarse sin fin en compañía de las almas para quienes con su generoso ofrecimiento de vida lograron alcanzar la salvación.

– ¡Amen y tengan confianza, hijos míos, porque Dios está con ustedes! El Señor ama la vida de cada alma que hizo la entrega de sí misma. Precisamente por eso no pongan límite a sus sacrificios. ¡Dar más, amar mejor! Sea ésta la consigna de su vida.

El Amor Misericordioso de Jesús

En cierta ocasión recibí un libro y leí en él que nuestro Jesús se quejaba de que las almas caían al infierno como bajan en invierno los copos de nieve. Al leer esto comencé a ver el mundo que está a mi alrededor y en espíritu lloré a los pies de Jesús. Entonces Jesús me dijo:

–No llores, porque esto viene del maligno espíritu que quiere denigrar el Amor Misericordioso de mi Padre. Entiende, hija mía. Si las almas cayeran al infierno como caen los copos de nieve en invierno, mi Padre jamás hubiera creado al hombre. Pero lo creó porque quiso derramar sobre sus creaturas la felicidad de la Santísima Trinidad.

–Es verdad que el hombre cometió el pecado con su desobediencia, pero mi Padre envió al Hijo, quien con su obediencia lo reparó todo. Sólo caen en las tinieblas exteriores aquellas almas que hasta el último momento de su existencia rechazan a Dios. Pero el alma que antes de abandonar el cuerpo sólo dijera con arrepentimiento: “¡Dios mío, sé misericordioso conmigo!”, ya se ha librado de las tinieblas exteriores.

–Pero mira, hija mía, el Amor Misericordioso de mi Padre alcanza incluso a los pecadores empedernidos. Por eso pido el ofrecimiento de vida que, cual sacrificio unido a mi cruento sacrificio, alcanza que la Justicia Divina sea satisfecha y de esta manera pueda haber misericordia también para los empedernidos, al menos en el último día o último momento de su vida. Por eso convocaré una multitud de almas entregadas para esta pesca apostólica de almas”.

Oración de Ofrecimiento de Vida

Mi amable Jesús, delante de las Personas de la Santísima Trinidad, delante de Nuestra Madre del Cielo y toda la Corte celestial, ofrezco, según las intenciones de tu Corazón Eucarístico y las del Inmaculado Corazón de María Santísima, toda mi vida, todas mis santas Misas, Comuniones, buenas obras, sacrificios y sufrimientos, uniéndolos a los méritos de tu Santísima Sangre y tu muerte de cruz: para adorar a la Gloriosa Santísima Trinidad, para ofrecerle reparación por nuestras ofensas, por la unión de nuestra santa Madre Iglesia, por nuestros sacerdotes, por las buenas vocaciones sacerdotales y por todas las almas hasta el fin del mundo.

Recibe, Jesús mío, mi ofrecimiento de vida y concédeme gracia para perseverar en él fielmente hasta el fin de mi vida. Amén.

Jaculatorias de arrepentimiento

Jesús mío, ¡Te amo sobre todas las cosas!

Por amor a Ti, me arrepiento de todos mis pecados.

Me duelen también los pecados de todo el mundo.

¡Oh Amor misericordioso!, en unión con nuestra Madre Santísima y con su Corazón Inmaculado, Te suplico a Ti perdón de mis pecados y de todos los pecados de los hombres, mis hermanos, hasta el fin del mundo!

¡Mi amable Jesús!, en unión a los méritos de tus Sagradas Llagas, ofrezco mi vida al Eterno Padre, según las intenciones de la Virgen Santísima Dolorosa.

¡Virgen María, Reina del Universo, Intercesora de la Humanidad y esperanza nuestra, ruega por nosotros!

Cinco promesas de la Santísima Virgen para los que hacen el Ofrecimiento de Vida

  1. Sus nombres estarán inscritos en el Corazón de Jesús, ardiente de amor, y en el Corazón Inmaculado de la Virgen María.
  2. Por su ofrecimiento de vida, unido a los méritos de Jesús, salvarán a muchas almas de la condenación. El mérito de sus sacrificios beneficiará a las almas hasta el fin del mundo.
  3. Nadie de entre los miembros de su familia se condenará, aunque por las apariencias externas así parezca, porque antes de que el alma abandone el cuerpo, recibirá en lo profundo de su alma, la gracia del perfecto arrepentimiento.
  4. En el día de su ofrecimiento, los miembros de su familia que estuvieran en el purgatorio, saldrán de ahí.
  5. En la hora de su muerte estaré a su lado y llevaré sus almas, sin pasar por el purgatorio, a la presencia de la Gloriosa Santísima Trinidad, donde en la casa hecha por el Señor, se alegrarán eternamente junto Conmigo.

X

LAS DOS GRANDES NOVENAS A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y MARÍA

El 15 de agosto de 1942, Jesús me dio una enorme gracia. Durante una visión me dio una gran promesa para aquellos que hicieran una novena en honor de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María. Me dijo:

–Hija mía, mira a tu Madre como Reina del Mundo. Ámala y trátala con la confianza de un niño. Esto lo quiero de ti y de todos.

Entonces levantó un poco el manto de su Madre, me mostró su Inmaculado Corazón y, volteándose hacia el mundo, dijo:

–He aquí el Corazón Inmaculado de mi Madre en el que he puesto mis gracias para el mundo y para las almas. Este Corazón es la fuente de mis gracias, del que fluyen la vida y la santificación del mundo. Como el Padre celestial Me lo dio todo a Mí, del mismo modo Yo le dio mi victorioso poder sobre el mundo y sobre el pecado al Inmaculado Corazón de mi Madre. A través de mi hija, Margarita María Alacoque, le prometí al mundo grandes cosas, pero como mi bondad es infinita ahora ofrezco todavía más.

–Si la gente desea ganar los beneficios de mis promesas debe amar y venerar el Inmaculado Corazón de mi Madre. La señal más grande de esta veneración es que comulguen, bien preparados y arrepentidos, en nueve consecutivos sábados primeros, paralelamente con los nueve viernes primeros. Sus intenciones deberán consolar a mi Corazón al mismo tiempo que al Corazón Inmaculado de mi Madre.

Entendí que Jesús estaba pidiendo lo mismo por su Madre que lo que había pedido a santa Margarita para sí mismo. Le pregunté a Jesús:

– ¿Debemos consolar también a tu Madre, ya que ella recibe tantas ingratitudes?

Jesús respondió:

–Querida hija, si alguien me hiere, esta persona hiere también a mi Madre. Si alguien me consuela, consuela al mismo tiempo a mi Madre, porque mi Madre y Yo somos uno en el amor.

Cuando el Salvador me dijo esto, entendí muchas cosas sobre la unidad de los dos Sacratísimos Corazones.

Jesús me dijo también que si alguien se confiesa con regularidad una vez por mes, no hace falta que se confiese para ir a la comunión, si no ha cometido ningún pecado mortal desde la última confesión. Jesús me enseñó esta oración para los primeros sábados:

“Sacratísimo Corazón de Jesús,

te ofrezco esta santa comunión

por medio del Corazón Inmaculado de María,

para consolarte por todos los pecados

cometidos contra Ti”.

Las 33 promesas de Jesús para aquellos que hagan la doble novena

  1. Todo lo que me pidan por medio del Corazón de mi Madre –a condición de que la petición sea compatible con la voluntad del Padre- lo concederé durante la novena
  2. Sentirán en cada circunstancia la extraordinaria ayuda de mi Madre, junto con sus bendiciones.
  3. Paz, armonía y amor reinarán en sus almas y en las almas de los miembros de sus familias.
  4. Protegeré a sus familias de contrariedades, engaños e injusticias.
  5. Los matrimonios se mantendrán juntos y, si uno ya se ha ido, él o ella, volverá.
  6. Los miembros de sus familias se comprenderán unos con otros y perseverarán en la fe.
  7. Las madres, en particular las que esperan, recibirán una especial protección para ellas, así como para sus hijos.
  8. Los pobres recibirán alojamiento y comida.
  9. Los llevaré a amar la oración y el sufrimiento. Aprenderán a amara a Dios y a sus prójimos.
  10. Los pecadores se convertirán sin dificultad aunque sea otra la persona que hace esta novena por ellos.
  11. Los pecadores no volverán a caer en su estado anterior. No solamente recibirán perdón por sus pecados sino que, a través de una perfecta contrición y amor, recuperarán la inocencia bautismal.
  12. Aquellos que hagan esta novena en su inocencia bautismal (especialmente los niños) nunca ofenderán a mi Corazón con pecados graves.
  13. Los pecadores que se arrepientan sinceramente escaparán no sólo del infierno sino también del purgatorio.
  14. Los creyentes tibios se volverán fervorosos, perseverarán y alcanzarán la perfección y la santidad en un corto tiempo.
  15. Si los padres u otros miembros de la familia hacen esta novena, ninguno de esa familia será condenado al infierno.
  16. Mucha gente joven recibirá el llamado a la vida religiosa y al sacerdocio.
  17. Los descreídos se volverán creyentes y aquellos que andan sin dirección volverán a la Iglesia.
  18. Los sacerdotes y religiosos permanecerán fieles a su vocación. Los que no fueron fieles recibirán la gracia de una sincera contrición y la posibilidad de regresar.
  19. Los padres y la gente de posiciones de mando recibirán ayuda en sus necesidades espirituales y materiales.
  20. El cuerpo estará libre de tentaciones del mundo y de la carne.
  21. El orgulloso se volverá humilde; el impetuoso se volverá amoroso.
  22. Las almas fervorosas sentirán la dulzura de la oración y el sacrificio; nunca serán atormentadas por la inquietud o la duda.
  23. Las personas agonizantes no sufrirán los ataques de Satanás. Se irán súbitamente, con una muerte inesperada.
  24. Los moribundos experimentarán un deseo vehemente de la vida eterna; de este modo, ellos se abandonarán a mi voluntad y se irán de la vida en los brazos de mi Madre.
  25. Sentirán la extraordinaria protección de mi Madre en el juicio final.
  26. Recibirán la gracia de tener compasión y amor hacia mi sufrimiento y el de mi Madre.
  27. Aquellos que se esfuerzan por ser perfectos obtendrán como un privilegio las principales virtudes de mi Madre: humildad, amor y pureza.
  28. Estarán acompañados con cierta alegría exterior e interior y con paz a los largo de sus vidas, estén enfermos o sanos.
  29. Los sacerdotes recibirán la gracia de vivir en la presencia de mi Madre sin ninguna adversidad.
  30. Aquellos que progresen en su unión Conmigo recibirán la gracia de sentir esta unión. Sabrán lo que significa: “ellos ya no vivirán, sino que Yo viviré en ellos”. Es decir, amaré con sus corazones, oraré con sus almas, hablaré con sus lenguas, y serviré con todo su ser. Experimentarán que lo bueno, hermoso, santo, humilde, manso, valioso y admirable en ellos, soy Yo. Yo, el Omnipotente, el Infinito, el único Señor, el único Dios, el único Amor.
  31. Las almas de aquellos que hagan esta novena estarán radiantes como lirios blancos alrededor del Corazón de mi Madre por toda la eternidad.
  32. Yo, el Divino Cordero de Dios, unido con mi Madre y con el Espíritu Santo, nos regocijaremos para siempre viendo las almas que a través del Inmaculado Corazón de mi Madre, ganarán la gloria de la eternidad.
  33. Las almas de los sacerdotes avanzarán siempre en fe y en virtud.

La gran promesa de María

“Las puertas del infierno estarán cerradas el primer sábado de cada mes. Nadie entrará al infierno en ese día. Sin embargo, las puertas del Purgatorio estarán abiertas. Así muchas almas podrán alcanzar el cielo. Esta es la obra del Amor misericordioso de mi Hijo. Esta es la recompensa para esas almas que veneran a mi Corazón Inmaculado”.

Cuando el Salvador me habló de los primeros sábados no estaba yo enterada que la Santísima Virgen en Fátima había pedido solamente cinco primeros sábados, en comparación con los nueve de los mensajes que yo había recibido. Por lo tanto, las autoridades de la Iglesia quisieron saber por qué el Salvador pidió nueve mientras la Virgen María en Fátima había pedido sólo cinco.

El Divino Salvador contestó: “La petición de mi Madre de cinco sábados es signo de su humildad. Aunque Ella es glorificada en el cielo, vive en el espíritu de la humildad y por lo tanto Ella no se considera merecedora de recibir ninguna devoción que sea igual a la Mía. Mi petición es una señal de mi amor, que no puede soportar la idea de recibir más que Ella quien está tan unida a Mí en este amor”.

Por esto entendí que la razón por la que debe hacerse reparación en los nueve primeros sábados es porque Jesús pidió nueve viernes para Él a santa Margarita María Alacoque. Con eso nosotros consolaremos a Jesús y honraremos a Nuestra Señora, entregándonos a ella, y así por medio de su Inmaculado Corazón llegaremos a Jesús.

XI

MENSAJES MÁS RECIENTES (1985-1987)

Por la unión de la Iglesia y por el Santo Padre (1985)

La Santísima Virgen dijo:

–Hijos míos que practican el ofrecimiento de vida: el digno Vicario de mi Santo Hijo está esforzándose fervorosamente en promover la unión de la cristiandad porque lleva en el corazón el anhelo de mi Santo Hijo: “Que se haga un redil bajo un solo Pastor”. Lo que anhela mi Santo Hijo, eso también anhela mi Corazón maternal.

–Si el interés de la unión de los cristianos así lo requiera, hijos míos, su Madre estaría dispuesta a ponerse a un lado con profunda humildad, sólo para que se cumpla el deseo de mi Santo Hijo. Para favorecer la unidad de los cristianos pedía en mis mensajes que la forma de dirigirse a mí, que más me agrada, es ésta: “La Madre de Jesús”, porque esto aceptarían con más agrado mis hijos que están en otro redil. Los primeros apóstoles de mi Santo Hijo también me llamaban así: La Madre de Jesús. Deseo ser Madre amante de los que me aman, pero de aquellos también que no me aceptan porque yo tomo del amor inflamado del Corazón de mi Hijo, el amor maternal de mi Corazón con el que abrazo a todos.

–Hijos míos que hacen el ofrecimiento de vida, ¡sigan el ejemplo de su Madre! Saquen también de esta fuente, a fin de que en ustedes también se inflame el amor, que olvidándose de sí, abraza a todos los hombres. Como fruto de esto se completaría la obra de la redención y se lograría también la unión de los cristianos. Este sería el principio del advenimiento del Reino de Dios que desembocará en la eternidad.

– ¡Oren cada día, hijos míos, con fervoroso corazón por el Santo Padre! ¡Ayúdenlo en su trabajo sobrehumano! Él es verdaderamente digno Vicario, –revestido de Cristo-, de mi Santo Hijo. Él es enteramente mío, y yo soy plenamente suya en mi maternal amor.

Primavera de 1985

La Santísima Virgen me dijo:

– ¡Vengo con un baño de sangre!

Ella me permitió saber en qué país sucedería esto. Unos meses más tarde me volvió a decir:

–Por motivo de los muchos actos de reparación, no habrá un baño de sangre, pero sí sangre. La reparación hecha en Hungría y en todo el mundo ha sido muy agradable a Dios. Le pregunté:

– ¿Cuándo vendrás?

– ¡No voy a venir, ya estoy aquí!

8 de septiembre de 1985

Vi a nuestra Madre celestial en el 2000 aniversario de su nacimiento mientras yo rogaba con Ella para salvar al mundo de una catástrofe nuclear. Se veía hermosa, majestuosa y al mismo tiempo muy afable. Hablaba dulcemente y con amor, mientras sostenía en su mano una estrella que representaba el mundo; me dijo:

–No teman, recibí esta estrella de parte del Padre celestial en el día de mi cumpleaños.

Necesidad de los Grupos de Oración

En el otoño de 1985 tuve una visión sobre el futuro de Hungría. Reconocí la figura de la Santísima Virgen que llena de gloria y esplendor los irradiaba sobre el país. Le pregunté:

–Dulce Virgen Madre, ¿qué estás haciendo en esta tierra?

–Esta tierra es mi herencia, vine a tomar posesión de lo que es mío.

Entonces Ella se dirigió a todo el país:

–Mi pequeño y querido pueblo, ustedes son amados por mi Corazón. Son mi pequeño rebaño. ¡Recen y hagan reparación pues yo estoy con ustedes!

–Querida Madre, ¿somos tan santos? –me atreví a decirle.

–No, ustedes no van a ser salvados porque son santos, sino porque son míos.

La Virgen Madre me mostró luego cómo el espíritu de reparación estaba extendiéndose por toda Hungría. Vi al país como si fuera un desierto que había sido regado con bendiciones que de repente empezaban a brotar como plantas verdes. La Virgen me permitió saber que esos brotes podían crecer solamente en grupos, ayudándose y apoyándose unos a otros. Entendí que en este tiempo de la historia, que es tan hostil a la vida espiritual, las almas que crecen en Dios deberán permanecer juntas formando pequeños grupos de oración. Solamente así es como la vida puede en contra de la muerte. Pero también vi que muchos de estos brotes morían lentamente. La Santísima Virgen me explicó que eso era la consecuencia del pecado. Le pregunté:

– ¿Qué pecados te duelen más a ti y a Jesús?

–Los dos pecados más grandes son la blasfemia y la pereza para hacer el bien. También injurian a mi divino Hijo cuando reciben los sacramentos sin la debida preparación o cuando los sacerdotes los dan con negligencia.

La Virgen Madre aquí me hizo ver que la epidemia más grande que va extendiéndose en estos días por todo el mundo es la negación de la presencia real en la Sagrada Eucaristía. Esta falsa doctrina viene de algunos teólogos modernos que desorientan a la gente y que crean dudas en algunos sacerdotes cuando en la Misa hacen la consagración

–El otro pecado –siguió diciéndome la Santísima Virgen- es la pereza, la cual está ampliamente extendida entre ustedes. Esto significa no sólo la ausencia de fervor sino también la negligencia en el cumplimiento de sus obligaciones. La pereza es el principio de muchos pecados, tanto del cuerpo como del alma; es una enfermedad que sólo el amor de mi divino Hijo puede curar en ustedes. Una vez que el amor de Jesús se ha encendido, jamás podrá extinguirse.

Después de estas palabras, pude ver a Hungría en su futura gloria. Vi que la gente no blasfemaba y estaba llena de fervor. Le pregunté a la Santísima Virgen:

– ¿Cuándo se manifestará esto, ya que ahora estamos viviendo en el peligro de una guerra nuclear?

– ¡No tengan miedo! La paz, que es el regalo de mi Hijo para aquellos que creen en Él, no tardará mucho en venir. Vendrá a través de Mí y está muy cerca de ustedes. La paz que mi Hijo trajo al nacer y que el mundo todavía no tiene estará aquí antes que termine este siglo. Créanme, ¡solemnemente les digo que esta generación no pasará hasta que estas cosas sucedan!

Mensaje a las madres del mundo (1986)

La Santísima Virgen dijo:

–En el corazón de muchas madres arde el dolor. Se les oprime el corazón, por el estado espiritual de sus hijos, por su conducta inmoral, por el destino de su vida más allá de la muerte. Por amor hacia ellas, movida de compasión, alcancé con mis ruegos las cinco promesas. Que se consuelen, que ofrezcan con una entrega total todos los sucesos de su vida, porque el sacrificio ofrecido por los demás produce frutos de salvación para las almas. Además, no es posible aventajar el amor misericordioso de Dios.

¿Qué han hecho de mis mensajes de Lourdes y de Fátima?

La Santísima Virgen dijo:

–Mi Corazón maternal, hijos míos, tiene un profundo dolor. En los últimos siglos, especialmente en el presente, he dejado varias veces la felicidad que “ojo nunca vio y oído nunca oyó” del Reino de mi Padre, para hablarles sobre el arrepentimiento, la conversión del corazón, sobre la unidad de amor, la paz y el nuevo nacimiento que tanto anhela mi Santo Hijo.

–Durante el tiempo de mis apariciones se enfervorizaban las almas, traducían mis mensajes a casi todos los idiomas del mundo y los imprimían en millones de ejemplares. Llegaron a centenares de miles de almas, pero al fervor seguía siempre el enfriamiento, la irreligiosidad. ¿Dónde está ahora el entusiasmo que despertaron los mensajes de Lourdes y Fátima? En varios países llevaban de pueblo en pueblo mis estatuas… Después de unas pocas décadas, ¿qué se ha hecho de ese fervor?

Los hijos más queridos de la Virgen (1986)

La Santísima Virgen dijo:

–Den a conocer, hijos míos, las grandes gracias que aporta el ofrecer la vida por amor: a quienes sufren mucho en cuerpo y alma, a los enfermos incurables, a los que están impedidos de moverse, a los que yacen postrados en el lecho. Anúncienles que no sufren en vano. Divisa de oro es para toda la humanidad, y para ellos mismos, porque alcanza a tener en su alma y en su corazón, paz, fuerza y alivio, al pensar que por la aceptación paciente de sus sufrimientos, gran gozo y felicidad les espera en el cielo.

El alma escogida

Esta petición de nuestra Santísima Madre, por la gracia del Señor, ya la estoy practicando desde hace mucho tiempo, y he experimentado en qué gran medida han sentido alivio los enfermos graves, cuando a la luz de la gracia han podido comprender los grandes beneficios que reciben por la aceptación y la donación de sí mismos.

Visitaba en los hospitales a los enfermos graves, especialmente a aquellos a quienes ni sus propios familiares les iban a ver y a aquellos que han perdido su contacto con los familiares. El mayor sufrimiento lo encontraba en los enfermos que padecían de cáncer o estaban postrados en el lecho. La mayoría de ellos estaban conscientes de que su enfermedad era incurable, y por ello ya no tenía sentido para ellos la vida. Creían que ya no podían ser útiles a nadie.

Pero cuando lograron comprender:

– que son ellos los hijos más queridos de la Santísima Virgen,

– que en ellos el Señor Jesús está buscando compañeros,

– que Jesús los llama a que unan sus sufrimientos con los sufrimientos de su sacrificio en la Cruz continuando su Redención,

– que ellos son los verdaderos tesoros de la Iglesia,

– que con sus sufrimientos pueden salvar almas,

– que pueden alcanzar santas vocaciones sacerdotales,

– que pueden contribuir a que se establezca la paz en el mundo,

– que por medio de sus sufrimientos pueden reparar los pecados propios y ajenos,

– que a la hora de su muerte llegarían –sin pasar por el purgatorio- al reino de los cielos: entonces, al tomar conciencia de esto, la gracia trabajaba admirablemente en ellos. Lloraban de alegría al ver cuánto los ama Dios y la Santísima Virgen. Habían creído que Dios estaba enfadado con ellos y tomaban su sufrimiento como castigo. Había quienes no creían que existe Dios y pensaban en quitarse la vida. Cuando reconocieron qué gran gracia se esconde en hacer el ofrecimiento de vida y que la creatura no puede dar más a su Creador, han experimentado un gran cambio. Se volvieron pacientes y su estado general mejoró. La enfermera no pudo menos de notar la tranquilidad de los enfermos, su nuevo y hermoso comportamiento. Han llegado a ser santos ocultos del Señor y han mantenido su ofrecimiento fielmente hasta el fin. Unos recuperaron la salud, otros murieron santamente.

Oramos cada noche junto con nuestra bondadosa y dulce Madre celestial para que aumente el número de los que tienen la gracia de ofrecer sus vidas por amor, la cual les dará alivio, paz, tranquilidad y fuerza para soportar el sufrimiento de la tierra, y la eterna bienaventuranza en el cielo. Nuestra Madre celestial ora también por aquellos a quienes han llegado ya la gracia de ofrecer su vida, para que perseveren en ella fielmente, con fe viva, hasta la muerte.

Oración recomendada por la Santísima Virgen a los enfermos

Jesús mío, sé que Tú me amas. Aquel a quien Tú amas está enfermo. Si es posible, pase de mí este cáliz de sufrimiento. Pero añado yo también aquello que Tú dijiste en el huerto de Getsemaní: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Fortaléceme y consuélame, Jesús mío. Madre nuestra, Virgen Santísima, Tú que curas a los enfermos, ruega por mí ante tu Santo Hijo. Amén.

Oración a la Victoriosa Reina del Mundo (1986)

“¡Virgen Madre nuestra,

Victoriosa Reina del Mundo,

muéstranos tu poder!”

El Señor Jesús nos pide que recemos con gran fe y con frecuencia esta oración, y especialmente ahora que estamos viviendo en el tiempo de María, cuando la “plenitud de los tiempos” vendrá pronto y Ella podrá darnos de nuevo a su Hijo. Como Dios, el Salvador, redimió al mundo con la asistencia de la Virgen, así será también ahora: a través de María Él salvará al mundo, ahora sumergido en el pantano del pecado, de la merecida aniquilación.

–Repito de nuevo –dice Jesús-, ¡regocíjate, recen y tengan fe! El mundo se inclinará ante la orden de mi Madre Inmaculada, el crimen y el pecado cesarán, las puertas del infierno se cerrarán y el correr de la sangre se detendrá. La felicidad de la legada de la nueva era llenará el cielo y la tierra, la humanidad me adorará y me bendecirá y vivirá en mi amor.

– ¿Cuándo vendrá todo esto, Jesús mío?

–La gracia prometida está muy cerca.

– ¿Cómo vendrá, ya que no se ve que la gente esté mejorando?

–La gracia que ustedes pierden por los pecados del país y de la Iglesia será recuperada abundantemente por los ricos méritos de mi Madre Inmaculada. A pesar de toda esta destrucción, la fuerza de mi Madre Inmaculada, su Reina, vencerá a todos los enemigos. El Padre Eterno le dio este poder como regalo. La victoria será suya aunque el infierno y el mundo la ataquen uniendo todo su poder. La victoria de mi Madre Inmaculada se llevará a cabo como fue decidido en el momento de la Creación por la Santísima Trinidad. Yo doté a mi Madre de mi poder divino y las tres personas de la Santísima Trinidad la bendijeron.

Acerca de la venida de la Santísima Virgen

El 25 de enero de 1986 yo, persona indigna, recibí una gracia inesperada. Como un aviso anticipado, pude ver los acontecimientos celestiales que sucederían más tarde. Lo que vi fue sorprendentemente hermoso pero al mismo tiempo despertó en mí un sagrado temor. El Señor me permitió ver un hermoso globo rojizo, cuyo tamaño era más o menos el de la cabeza de un niño (visto de una gran distancia), el cual viajaba en una nube transparente. Venía del oriente y se detuvo por unos segundos sobre Hungría. La esfera entonces se abrió y de ella salió nuestra Madre como Reina del Mundo. Miró a Hungría, su heredad, y derramó gracias con abundancia sobre sus hijos húngaros. Todos podían verla y eso fue una de sus gracias. Los corazones de la gente ardieron de amor a Dios y al prójimo, movidos a hacer penitencia y con sus almas libres de la carga del pecado. En ese momento todos habían caído en el polvo de sus pecados y sus manos y sus ojos se volteaban hacia el cielo pidiendo misericordia. La gracia tocó los corazones de todos pero no todos la aceptaron.

Repito, esta visión es la precursora del gran milagro prometido al mundo. Por eso nuestra Madre del cielo voló sobre nosotros, viajando luego más lejos, al lugar de la gracia prometida, del gran milagro. El globo viajaba extremadamente lento hacia su destino.

Jesús también fijó la fecha de su venida pero, aunque yo quisiera decirlo, no puedo hacerlo, se me escapa de la memoria. Podría ser algo que puede suceder mañana, pero también en un futuro más lejano. Dios, a través de la Virgen María, irradiaba sus gracias sobre la tierra, cuando el globo siguió su viaje.

Ahora en 1986 Jesús me dijo:

– ¡Confíen, hijos míos, el Padre celestial levantó su misericordiosa mano sobre ustedes para bendecirlos! Yo, la Misericordia de Dios, y mi Madre Inmaculada, “la omnipotencia suplicante”, detuvimos la mano de mi Padre que ya estaba pronta para castigar al mundo sumergido en el pecado. El Padre ha tenido misericordia del mundo a través del Corazón Inmaculado de mi Madre.

– ¡Hijos míos! –continuó Jesús-, ustedes también verán la gloriosa llegada de mi Madre Inmaculada. Deseo que todos mis hijos sepan esto. Dondequiera que estén, de día o de noche, caminando o trabajando, estén pendientes de la llegada de su Madre Inmaculada. Espérenla con alegría, implórenla con amor ardiente. Preparen su entrada con hosannas, cubran su camino con avemarías y sacrificios.

En el cumpleaños de Sor Natalia (31 de enero de 1987)

En la noche de mis ochenta y seis años, di gracias a Dios por mi larga vida. Le dije:

–Si no me hubieras llamado de mi hogar cuando era una niña, ahora mi corazón no padecería, mis lágrimas no brotarían de mis ojos a causa de los muchos pecados que he cometido y que te han causado dolor.

No esperaba ninguna respuesta pero Jesús me dijo:

–Querida hija, tu madre te concibió en pecado. Yo, en mi misericordioso amor y gracia, te di la vida en el sacramento del bautismo. El bautismo fue el sacramento purificador y santificador de tu renacimiento. Tú renaciste en mi espíritu de gracia. Desde este momento, sin saberlo, tú vives en Mí como una niña. Te protejo y te amo porque eres tan pequeña. Todo lo que te ha sucedido durante estos ochenta y seis años fue por obra y gracia de mi divino amor. Por esta obra de mi amor tú tienes que alegrarte y bendecirme. Y si sientes que tu alma se debilita, lee entonces una y otra vez las palabras mías que pusiste por escrito.

“¡Alégrate Conmigo, ya que te di mi Corazón!

¡Ámame, porque he derramado en ti con abundancia mi amor desde tu nacimiento y te he cortejado sin cesar!

¡He infundido mi divino Espíritu dentro de tu alma! ¡Alábame con veneración y vive siempre en Mí con alabanza!

Bendije tu cuerpo, con el que me servirás con amor día y noche. Me di totalmente a ti en mi Divinidad y en mi Humanidad, de modo que nunca puedes tener necesidad de nada”.

Jesús me mandó escribir estas felicitaciones que Él me brindó en mi cumpleaños, quizá el último. No podía expresarlas en toda su belleza celestial, porque el autor es el mismo Dios vivo, y por varios días intenté escribirlas; al escribir y volver a escribir parcialmente pude recordar esta experiencia celestial que no puede ser redactada en toda su integridad y perfección.

Jesús continuó:

–Querida hija, ruega por los sacerdotes, que la gracia cambie su tibieza en mayor fervor y en arrepentimiento, en reparación y en una vida de penitencia. ¡Esperen con el alma renovada la venida de la gran era, que cada día está más cerca!

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